7 septiembre 2026

LA GENERACIÓN DEL 27 la vanguiardia que encontró el futuro

En diciembre de 1927, un grupo de jóvenes escritores llegó a Sevilla dispuesto a celebrar a un poeta muerto trescientos años antes. Federico García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillén, Dámaso Alonso y Gerardo Diego estuvieron entre quienes participaron en aquellas jornadas dedicadas a Luis de Góngora. Leían a las vanguardias europeas, frecuentaban el cine y querían transformar la literatura de su tiempo. Para hacerlo, eligieron como bandera a uno de los autores más complejos del Siglo de Oro.
 
Aquella aparente contradicción contiene una de las claves de la Generación del 27. Góngora había sido considerado durante siglos un poeta oscuro, difícil y excesivo. Aquellos jóvenes encontraron en su lenguaje una audacia formal que dialogaba con sus propias búsquedas. Dámaso Alonso estudió y editó las Soledades, Gerardo Diego preparó una antología y distintos autores participaron en una auténtica campaña para devolver al poeta barroco al centro de la conversación literaria.
 
El homenaje llevaba meses gestándose. Desde comienzos de 1927 circularon cartas, ediciones, conferencias y números especiales de revistas como Litoral, La Gaceta Literaria y Verso y Prosa. Las jornadas celebradas en Sevilla terminaron proporcionando al grupo su imagen más célebre: una fotografía donde aparecen Alberti, Lorca, Guillén, Dámaso Alonso y Gerardo Diego junto a otros escritores e intelectuales. El retrato acabaría convertido en una de las fotografías más reconocibles de la literatura española del siglo XX.
 
La historia había comenzado antes de Sevilla. Madrid concentraba una extraordinaria red de espacios donde escritores, artistas, músicos y cineastas coincidían constantemente. La Residencia de Estudiantes fue uno de sus grandes centros. Allí convivieron Lorca, Salvador Dalí y Luis Buñuel; por sus salones pasaron científicos, escritores, músicos y pensadores internacionales. Revistas, editoriales y tertulias completaban un ambiente donde las ideas circulaban entre disciplinas.
 
Por eso resulta limitado imaginar el 27 únicamente como una generación de poetas. Sus integrantes se interesaron por el teatro, la pintura, el cine, la música, el flamenco y los nuevos medios de comunicación. Lorca dibujaba, escribía teatro y trabajó con la música popular; Alberti también cultivó la pintura; Buñuel trasladó la experimentación al cine mientras Dalí construía su universo visual. Aquella generación participó de una cultura que estaba descubriendo nuevas formas de mirar, escuchar y representar el mundo.
 
Tampoco existió una estética única. Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, García Lorca, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Emilio Prados, Rafael Alberti, Luis Cernuda y Manuel Altolaguirre forman la nómina más repetida. Entre ellos convivieron la poesía pura, el surrealismo, el neopopularismo y distintas formas de experimentación. Compartieron amistades, revistas, maestros y conversaciones intelectuales mientras cada uno desarrollaba una voz propia.
 
Su gran hallazgo estuvo precisamente en la convivencia entre tiempos aparentemente distantes. Recuperaron romances, canciones tradicionales y formas del Siglo de Oro mientras incorporaban el surrealismo, las imágenes del cine, la velocidad de la ciudad moderna y los experimentos de las vanguardias. Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset y Ramón Gómez de la Serna también formaron parte del paisaje intelectual en el que se educaron. La modernidad del 27 creció en conversación permanente con la tradición.
 
Durante décadas, el relato dejó fuera a muchas mujeres que participaron de aquella misma efervescencia cultural. Ernestina de Champourcín, Concha Méndez, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, María Teresa León, María Zambrano, Maruja Mallo y Marga Gil Roësset escribieron, pintaron, editaron, hicieron filosofía y ocuparon espacios centrales de la vanguardia española. Su recuperación posterior bajo el nombre de Las Sinsombrero amplió profundamente nuestra comprensión de aquel periodo.
 
El nombre remite al gesto protagonizado en Madrid por Maruja Mallo, Margarita Manso, Lorca y Dalí, quienes decidieron quitarse el sombrero en público y fueron increpados por hacerlo. Más allá de la anécdota, aquella acción condensaba los cambios que experimentaba una generación de mujeres que reclamaba mayor libertad intelectual, profesional y personal. Su ausencia posterior del canon revela también cómo se construyó durante décadas la memoria de la Generación del 27.
Toda aquella vitalidad cultural quedó marcada por 1936. Federico García Lorca fue asesinado al comienzo de la Guerra Civil. Alberti, Cernuda, Salinas, Guillén, Prados y Altolaguirre, entre otros, terminaron viviendo distintos exilios; Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre permanecieron en España. Las amistades, revistas, tertulias y proyectos que habían conectado a aquella generación durante los años veinte quedaron dispersos por la guerra y la dictadura.
 
Por eso aquella fotografía tomada en Sevilla resulta hoy especialmente poderosa. Reúne a varios jóvenes en
uno de los momentos de mayor vitalidad de la cultura española, cuando Góngora podía conversar con el surrealismo, la poesía popular con el cine y el Siglo de Oro con las vanguardias. Rafael Alberti recordaría después aquel momento con una frase que adquirió otro peso con el paso de los años: «¡Fue un gran año aquel 1927! Variado, fecundo, feliz, divertido, contradictorio»

 
CENTRO RICARDO B. SALINAS PLIEGO
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