20 septiembre 2026

«El día que Granada se quede sin granadinos» por Agustín Martínez

Hay una forma particularmente eficaz de destruir una ciudad sin necesidad de demoler una sola casa y es expulsar de ella a quienes la habitan.

Basta con convertir sus viviendas en mercancía, sus calles en escaparates, sus plazas en decorados y sus barrios en parques temáticos. El resultado puede ser magnífico para Instagram, extraordinario para las estadísticas turísticas y ruinoso para quienes todavía pretenden vivir allí.

El Albaicín se está convirtiendo en el ejemplo más descarnado de una transformación que amenaza con vaciar de ciudadanos los lugares que precisamente hicieron de esta ciudad lo que es.

Granada lleva tiempo caminando peligrosamente por ese sendero. Y el Albaicín se está convirtiendo en el ejemplo más descarnado de una transformación que amenaza con vaciar de ciudadanos los lugares que precisamente hicieron de esta ciudad lo que es.

La noticia de la última vecina de Plaza Nueva que se enfrenta a la pérdida de su vivienda no debería ser contemplada como un episodio aislado, ni como un problema particular de una persona. Es el síntoma de una enfermedad urbana mucho más profunda: la expulsión progresiva de los vecinos de los barrios tradicionales y monumentales, allí donde vivir empieza a ser un lujo mientras alojarse unos días se convierte en un negocio extraordinariamente rentable.

El caso del Albaicín resulta especialmente obsceno. Según datos difundidos por plataformas vecinales, el barrio dispone ya de alrededor de 7.400 plazas en viviendas turísticas frente a unos 7.000 residentes censados. Son cifras que pueden variar según las fuentes y la metodología, pero la imagen que dibujan resulta difícilmente discutible: hay más sitio para quienes vienen de visita que para quienes han hecho del barrio su casa.

Y eso debería hacernos saltar todas las alarmas.

Porque un barrio no es una colección de fachadas bonitas. No es una sucesión de miradores, cármenes, iglesias, restaurantes, tiendas de souvenirs y apartamentos con nombre de fantasía. Un barrio es la gente que baja a comprar el pan, la anciana que conoce a sus vecinos, el niño que juega en la plaza, el tendero que lleva treinta años levantando la persiana, la conversación desde un balcón, la ropa tendida, la persiana que se abre cada mañana. Es decir, todo aquello que resulta extraordinariamente poco rentable y profundamente imprescindible.

Estamos convirtiendo el Albaicín en una postal y expulsando a los personajes de la postal.

La paradoja alcanza dimensiones casi surrealistas. La UNESCO incorporó el Albaicín al conjunto de la Alhambra y el Generalife como Patrimonio Mundial en 1994, después de que la Alhambra hubiera sido inscrita en 1984. La organización destaca el carácter residencial del Albaicín, su arquitectura vernácula y su condición de parte esencial del conjunto urbano medieval de Granada.

Y ahora podemos acabar haciendo exactamente lo contrario de lo que exige conservar un barrio histórico: conservar las piedras mientras expulsamos la vida.

Qué extraordinaria contradicción: proteger el continente y destruir el contenido. Restaurar fachadas para que detrás de ellas ya no viva nadie. Preservar los edificios mientras desaparecen los vecinos. Defender el patrimonio convertido en escenografía mientras el paisanaje que durante generaciones le dio carácter, memoria y autenticidad es empujado hacia otros barrios porque ya no puede pagar el privilegio de seguir viviendo donde siempre vivió.

Habrá que explicar qué tiene de popular un barrio donde cada vez resulta más difícil vivir como vecino y más fácil alojarse como turista

El Ayuntamiento de Granada reconoce incluso que buena parte del encanto del Albaicín procede de que conserva su carácter popular, íntimo y acogedor. Pues bien, habrá que explicar qué tiene de popular un barrio donde cada vez resulta más difícil vivir como vecino y más fácil alojarse como turista.

Y no es solamente una cuestión sentimental. Es urbanística, económica, social y cultural. Cuando desaparece el comercio de proximidad y aparecen negocios orientados casi exclusivamente al visitante; cuando las viviendas habituales se transforman en alojamientos temporales; cuando el precio de vivir se dispara; cuando una familia tiene que marcharse para que otra persona pueda pasar tres noches frente a la Alhambra, lo que se está produciendo no es una simple transformación del mercado. Es una transformación de la ciudad.

Una transformación que tiene responsables políticos, porque el mercado no cae del cielo como una lluvia inevitable. Las administraciones deciden qué permiten, qué regulan, qué inspeccionan, qué incentivan y qué dejan crecer. Y mirar hacia otro lado también es una forma de gobernar.

El problema es que hemos confundido durante demasiado tiempo turismo con desarrollo. Como si cada turista adicional fuera necesariamente una buena noticia, cada vivienda turística una oportunidad y cada persiana convertida en alojamiento un indicador de prosperidad. Nadie parece preguntarse qué sucede cuando la ciudad deja de ser habitable para quienes trabajan en ella.

Porque el turista se marcha. El vecino no debería tener que hacerlo.

Y mientras tanto, Granada aspira a convertirse en Capital Europea de la Cultura. Resulta difícil imaginar mayor contradicción. ¿Qué cultura queremos presentar a Europa si estamos expulsando a las personas que mantienen viva la cultura cotidiana de nuestros barrios? ¿Qué vamos a enseñar: una ciudad habitada o un decorado perfectamente iluminado para que millones de teléfonos móviles puedan fotografiarlo?

Quizá el futuro folleto de la candidatura debería advertir: «Granada, Capital Europea de la Cultura. Se ruega no molestar a los vecinos porque quedan muy pocos».

El problema no son los turistas. El problema es una ciudad organizada para ellos.

Que nadie pretenda convertir esta reflexión en una batalla entre granadinos y visitantes. Granada siempre ha sido una ciudad abierta, mestiza y hospitalaria

Que nadie pretenda convertir esta reflexión en una batalla entre granadinos y visitantes. Granada siempre ha sido una ciudad abierta, mestiza y hospitalaria. El turismo forma parte de su economía y de su proyección internacional. Pero una cosa es recibir visitantes y otra muy distinta entregarles la ciudad.

Porque cuando el visitante empieza a tener más derechos efectivos sobre el espacio urbano que quien vive en él, algo se ha roto.

Y cuando las plazas de alojamiento turístico superan a los vecinos, como sucede ya en el Albaicín según los datos difundidos por las plataformas vecinales, quizá haya llegado el momento de dejar de hablar de éxito turístico y empezar a hablar de fracaso residencial.

Granada no puede aspirar a ser Capital Europea de la Cultura mientras convierte sus barrios históricos en escenarios sin vecinos. No puede presumir de Patrimonio Mundial mientras el patrimonio humano que los mantiene vivos se marcha. No puede vender autenticidad al visitante mientras fabrica artificialmente una ciudad cada vez más falsa para quien vive en ella.

Porque llegará un día en que hayamos conseguido la fotografía perfecta: el Albaicín impecable, la Carrera del Darro abarrotada, San Nicolás lleno, los miradores rebosantes y ni un solo vecino que moleste con sus necesidades cotidianas.

Entonces tendremos una ciudad magnífica.

Y estaremos viviendo en un museo.