Relatos de Mary Austin, la mujer que Freddie Mercury e dejó su casa y sus tesoros más personales
El líder de Queen le dejó su casa y sus tesoros más personales. Mary Austin, la mujer a la que Freddie Mercury le pidió matrimonio antes de abrazar su homosexualidad, se basa en cuadernos, letras de canciones y recuerdos para narrar en un libro los detalles de aquella relación.
«El bigote, las pesas, el cuero… Si no veías señales de que Freddie era gay, no sé qué más necesitabas»
«Nadie lo conoció tan bien como yo». Así de rotunda se muestra Mary Austin en el libro A life in lyrics: the official creative legacy of Freddie Mercury, firmado entre ambos ya que se apoya en cartas y letras del cantante, que falleció por una bronconeumonía provocada por el sida en 1991. «Por aquel entonces –cuenta Austin–, era simplemente Freddie, un joven ambicioso, divertido y seguro de sí mismo. Mi primer recuerdo de él es de pie junto a la chimenea en una casa, en Londres, en 1970. Irradiaba convicción. Yo había conocido a Brian May en un concierto de Yes y él, Freddie y Roger Taylor discutían ese día sobre el nombre de su banda. Fue Freddie quien propuso Queen». Austin no lo sabía, claro, pero su vida iba a cambiar para siempre.
Roger, Brian y Freddie dieron su primer concierto como Queen en Truro, la ciudad natal de Taylor, el 27 de junio de 1970. Mike Grose fue el primer bajista de la banda, aunque sólo duró tres actuaciones. La segunda, ese 18 de julio, en el Imperial College de Kensington, cerca de Biba, la tienda de ropa donde Austin trabajaba, fue la primera a la que ella asistió.

No volvió a coincidir con los miembros de la banda hasta que, a finales de agosto, Freddie entró en Biba. Le comentó que tocarían (ya con John Deacon al bajo) en el legendario Marquee Club, en el Soho, el 5 de septiembre, y le preguntó si le apetecía ir a verlos actuar. «La invitación me cogió por sorpresa. Apenas nos conocíamos y no pensaba que tuviéramos mucho en común, pero ese día parecía inseguro, más callado: ‘Es mi cumpleaños’, añadió. Le dije que ese día estaba ocupada, pero que podría ser la noche siguiente».
Fue así como, el 6 de septiembre de 1970, comenzó su relación. «Vi algo diferente en Freddie. Su energía nerviosa se había suavizado; era amable, casi tranquilo. No sentimos una conexión romántica instantánea, pero hubo algo… El caso es que pasamos de ser amigos a novios». Dos meses después, Austin se acercó al caótico puesto del mercado de Kensington donde Mercury y Roger Taylor vendían joyas y ropa vintage. «Me lo encontré muy serio y le pregunté si pasaba algo». Austin, de hecho, pensó en lo peor: ¿lo suyo se habría terminado? Nada más lejos. «Me preguntó si podíamos vivir juntos, y yo le dije que sí».
«Tostadas con queso o sopa de tomate era el límite de su repertorio culinario, y yo no era mucho mejor. Su madre le preparaba sus platos favoritos y los envasaba en táperes»
Se fueron a un piso diminuto en Victoria Road, cerca de Kensington High Street, por cinco libras a la semana, unos 120 euros de hoy, ajustando la inflación, donde compartían la cocina con otros inquilinos. «Construimos un hogar con casi nada: unos cojines para el suelo que Freddie cosió –nunca tuvo máquina de coser, pero era un experto con la aguja, habilidades que, más tarde, pondría al servicio de la confección de vestuario para el escenario–, dos gatos (Tom y Jerry) y un viejo piano que ocupaba buena parte del espacio».
Freddie, prosigue Austin, no era muy creativo en la cocina. «Tostadas con queso o sopa de tomate era el límite de su repertorio, y yo no era mucho mejor. En cambio, las visitas a sus padres en Hounslow, al oeste de Londres, eran un placer culinario. La cocina de su madre era maravillosa, y nos preparaba lo que sabía que le gustaba a Freddie y lo envasaba en táperes».
El 13 de julio de 1973 se publicó Queen, el primer disco de la banda. «No entró en las listas de éxitos y el dinero seguía escaseando», rememora Austin. Lejos de desanimarse, se pusieron a trabajar en el segundo, Queen II, lanzado apenas ocho meses después (8 de marzo de 1974). Para entonces, el viento ya había comenzado a soplar a su favor gracias a un fortuito golpe de suerte y un inesperado benefactor.

A mediados de febrero de ese año, David Bowie planeaba presentar Rebel Rebel, primer single de su álbum Diamond Dogs, en el mítico programa de la BBC Top of the Pops. En el último minuto, sin embargo, todo se canceló. Alguien llamó a la discográfica EMI en busca de un sustituto de urgencia y Ronnie Fowler, su director de promoción, aprovechó para ofrecerles a Queen. No tenían nada nuevo en la calle, pero interpretaron la canción Seven Seas of Rhye, prevista para ser lanzada poco después como sencillo. «En comparación con el Freddie de los conciertos me sorprendió lo decidido y definido que se veía–recuerda Austin–. El impacto fue inmediato. La canción alcanzó el número 10 en las listas: su primer éxito».
El álbum fue incluso más lejos, hasta el numero 5, ola favorable que la banda decidió aprovechar grabando de inmediato el tercero: Sheer Heart Attack. Como adelanto, en octubre, apareció, Killer Queen. Fue directa al número 2, al igual que el disco y, como se dice en estos casos, el resto es historia. «Recuerdo lo mucho que significó para Freddie esa primera onda de éxito –añade Austin–. A medida que aumentaban las ventas, percibía en él una mezcla de alivio y emoción.
«Freddie no quería actuar en Live Aid. Yo le presioné y accedió, pero dejó de hablarme. No me importó, porque al final fue mágico»
Para entonces, la pareja ya se había mudado a un piso algo más grande, dejando de compartir cocina. Fue allí, en el salón, donde el día de Navidad de 1973, Freddie le entregó a Austin una gran caja cuadrada. «Al quitar el papel, encontré otra caja dentro. Era tan típico de él. Siempre era muy considerado con los regalos y disfrutaba de lo lindo al entregarlos. Abrí la segunda caja y encontré otra, y luego otra… En la última, había un pequeño joyero con un anillo de plata con un escarabajo formado por diferentes piedras preciosas. Nunca había visto a Freddie tan nervioso como cuando me hizo la pregunta: «¿Te casarías conmigo?». Nunca habíamos hablado de matrimonio, pero no me lo pensé: ‘Sí, quiero’».
Fueron pareja hasta que, a principios de 1977, Freddie le dijo que era bisexual. Tras cuatro años de intensa convivencia, trufada por canciones como Lily of the Valley o Somebody to Love, en las que el cantante reflejaba algún tipo de conflicto interior y necesidades insatisfechas, esta fue la clarividente respuesta de Austin: «No, eres gay». Austin entendió al momento que su historia como pareja había terminado, aunque aquello acabara por convertir su relación en algo mucho más profundo. Austin, de hecho, rechazó una oferta de trabajo de la CBS y siguió junto a Freddie como asistente personal, viviendo más cerca que nadie el proceso que lo convirtió en una estrella de una magnitud entonces inimaginable.

Cuenta Austin en su libro cómo el líder de Queen se fue a vivir a Nueva York, se cortó el pelo, se dejó bigote, empezó a frecuentar al gimnasio hasta forjarse un físico musculoso y añadir chaleco y chaqueta de cuero a su vestuario. «Fue una imagen cuidadosamente elaborada, y si alguien no lo interpretó como una señal de que era gay, no sé qué más necesitaba».
Austin rememora también la adquisición de la casa que Mercury le dejó a ella al morir y donde, al final de su vida, este halló la privacidad y la paz que tanto anhelaba. «Garden Lodge nos llegó a través de un amigo de Freddie: una preciosa mansión rodeada de muros de ladrillo que, además, estaba en Kensington y a poca distancia de mi piso. Desde nuestra ruptura, su círculo social se había ampliado y no tenía un lugar lo bastante grande para llevar a todos sus amigos a casa –detalla–, pero también le brindó privacidad, espacio y una sensación de control que no había tenido antes. En los días cálidos, sacaba una mesa al jardín y se sentaba allí para almorzar. Fue su verdadero hogar». La mansión, por cierto, fue sacada a la venta en 2024, por 35 millones de euros, pero hasta la fecha su actual propietaria no ha encontrado comprador.
«En 1987 me contó que tenía VIH y lo mantuvimos en secreto. Lo afrontó con valentía y siguió creando música mientras le fue posible»
Austin también vivió de cerca los días del Live Aid, en 1985, una actuación que le devolvió a Mercury la confianza y recordó al mundo el talento irrepetible del líder de Queen. Revela Austin que, en realidad, él no quería ser parte de aquel evento que inauguró la era de los megaconciertos globales. «Yo lo reté. Le dije que era una causa muy noble y no me contradijo, pero tampoco se involucró. No entendí entonces cómo se sentía. Al final decidió participar, pero se distanció de mí y, en los días previos, dejó de hablarme».
Fue así como su gran amiga y asistente personal tuvo que comprar una entrada y ver el espectáculo entre el público. Reconoce, eso sí, que mereció la pena. En medio de la masa, Austin pudo disfrutar con más intensidad que desde el backstage de la apabullante energía con la que Mercury y Queen se apropiaron de aquel histórico concierto.

«El sonido fue pésimo durante toda la tarde –rememora–. Tendría un problema serio si no mejoraba, porque yo había presionado a Freddie para que actuara. Pero cuando Queen subió al escenario, los problemas de sonido desaparecieron de repente. Fue mágico. Curiosamente, nunca volvimos a hablar de Live Aid. Todo se fue solucionando y seguimos con nuestra vida».
Dos años después, de hecho, en la primavera de 1987, Austin fue la primera persona a la que Mercury le contó que tenía VIH. «Lo mantuvimos en secreto, pero lo afrontó con valentía, creando música mientras le fue posible. Freddie murió el 24 de noviembre de 1991. Me dejó su querida casa. Su refugio se convirtió en el mío».
Fernando Goitia
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