«SI SE CALLASE EL RUIDO» Por Fran López
Hay canciones que uno lleva consigo durante años sin saber muy bien por qué, hasta que un día, sin buscarlo, encuentran su ocasión exacta. Eso me sucedió el pasado 24 de septiembre, mientras seguía en streaming el Pleno Ordinario Municipal, y empezaron a resonarme, cada vez con más insistencia, los versos con los que Ismael Serrano abre esta canción que da título al artículo: «No te dejará dormir este estrépito infinito que intenta llenar los días de tinieblas y enemigos».
Y fue entonces cuando comprendí, con una mezcla de tristeza y de hastío, que algunos de quienes ocupan nuestros escaños municipales llevan tiempo empeñados en dar el salto a la política nacional, y que han decidido que esta institución, la más cercana y la más nuestra, sea el escenario de ensayo de esa ambición. Y yo me pregunto: ¿en qué momento hemos dado por normalizado que en el Pleno Municipal de Atarfe se dedique más tiempo a debatir asuntos de índole estatal que a abordar aquellos problemas que preocupan y ocupan diariamente a los atarfeños y atarfeñas?
No creo que podamos normalizar que se presenten cuatro mociones en apoyo al pueblo ceutí, cada una con su particular visión de lo ocurrido. Su debate convirtió el Salón de Plenos —y me permito continuar parafraseando la canción— en «una estruendosa jauría que se empeña en hacer callar las preguntas, los matices y el murmullo de ojalás». No puedo evitar seguir cuestionándome si, ahora que han pasado algunos días y la temperatura emocional de aquella tarde se ha enfriado, alguien piensa realmente que el esfuerzo al que se sometieron algunas cuerdas vocales, las venas hinchadas en determinados cuellos, las críticas al Gobierno central y las alternativas planteadas desde cada bancada han servido para acercarnos, aunque solo sea un paso, a la solución de la crisis que atraviesa Ceuta
¿Puede alguien sostener seriamente que, tras más de media sesión dedicada a este asunto, Atarfe ha contribuido de algún modo a resolverlo?
Me tomo el atrevimiento de contestarles. No, no creo que el Pleno Ordinario de septiembre haya contribuido a resolver la crisis de Ceuta. Lo que sí me dejó fue la amarga sensación de que hasta nuestro Salón de Plenos está llegando ese —y me permito continuar con el uso de nuevos versos— «ruido de patriotas que se envuelven en banderas» y «confunden la patria con la sordidez de sus cavernas». La portavoz socialista ya advirtió, al comienzo de aquel espectáculo, del hartazgo de una ciudadanía cada vez más desencantada con la política. Y no puedo estar más de acuerdo. A quienes, como yo, todavía disfrutamos de la buena política, lo ocurrido nos produjo una profunda decepción, mayor si cabe porque esperaba encontrar un debate político y me encontré con otra cosa.
En la primera de las mociones, el concejal que tomó la palabra para responder a la propuesta convirtió su intervención en un batiburrillo de reproches que poco o nada tenían que ver con la búsqueda de soluciones para Ceuta. Me sorprendió especialmente porque, en alguna que otra ocasión, había visto a esa misma oposición defender posiciones con las que podía discrepar profundamente, pero cuyos argumentos podía respetar.
Aquella tarde, sin embargo, escuché afirmaciones que me resultaron especialmente desafortunadas: desde exhibir como hazaña cívica no haber insultado a nadie en una concentración de la que él mismo era responsable —mérito que dábamos incluido de serie en el comportamiento humano básico— hasta mofarse de que, mientras jóvenes magrebíes se ahogaban en las costas de Ceuta, el presidente de la nación nadaba con escoltas por debajo de él para no ser picado por las medusas. Y no quedó ahí: mencionó con frivolidad tragedias como la DANA de Valencia o el accidente de Adamuz; reprochó a vecinos de nuestro municipio que se concentran, tanto en defensa del pueblo palestino como en defensa de la sanidad pública, a las puertas de nuestro centro de salud; y llegó a hablar de «montones de violaciones» que, según sus propias palabras, se están produciendo en Ceuta desde la «invasión», para preguntarse después dónde estaban las feministas de izquierdas. ¿De verdad este es el debate que merecen nuestros vecinos y vecinas? ¿Esta es la altura política que debemos exigir a quienes nos representan? Porque utilizar el dolor ajeno como munición partidista, o convertir tragedias humanas en argumentos para desacreditar al adversario, no es hacer oposición: es contribuir a ese ruido que tanto daño está haciendo a la política y a la convivencia.
El resto de intervenciones se fueron sucediendo, unas sobre otras, con esa vehemencia tan propia de quien cree estar salvando algo, sin que ninguna añadiera al debate lo único que este necesitaba, sosiego, respeto y soluciones. Mientras aquel Salón de Plenos seguía batiendo su propio récord de decibelios, en una suerte de competición acústica no convocada oficialmente, pero disputada con enorme convicción, la canción seguía resonando en mi mente, y sus versos parecían escritos para aquella misma tarde: «Si se callase el ruido oirías la lluvia caer limpiando la ciudad de espectros, te oiría hablar en sueños y abriría las ventanas». Fue entonces cuando intervino el secretario, que leyó el correspondiente dar cuenta, y fue como una tregua efímera: lo hizo en un tono sosegado y terminó pidiendo disculpas por su atrevimiento, aunque advirtiendo que, si a él se le había escuchado en ese tono, dense cuenta de que no era necesario otro, pues a veces resulta penoso estar allí por el nivel de decibelios que se alcanzan.
Sus palabras me sirvieron para salir de la absorción de los gritos y las intervenciones y darme cuenta de que también hubo, entre los escaños, quien, pese a recibir ataques personales que habrían justificado perfectamente perder los papeles, se mantuvo firme, y con una elegancia en la mesura que a otros les faltó por completo.
Fue en uno de los últimos turnos de palabra cuando otro de los concejales de la oposición dejó una reflexión que resume bien este sentir que aquí expreso. Cito literalmente: «El secretario ha lanzado un guante maravilloso en relación al volumen de las intervenciones y no hemos sido capaces de cogerlo. Yo llevo once años de concejal y lo más parecido a un circo ha sido lo que estamos viviendo esta noche. Vamos a ser respetuosos con nuestros vecinos, porque por eso los representamos». Con esas palabras terminó el pleno, y con ellas me quedo yo también, no sin antes dejar constancia de que necesitamos verlos en otras posturas, porque los vecinos y vecinas que los hemos colocado en sus escaños no merecemos espectáculos como el que presenciamos aquella tarde.
Vaya esta última reflexión de la mano de la canción que nos ha acompañado durante todo el artículo, con la esperanza de que alguien, en algún escaño, sepa todavía escuchar e interpretar estos últimos versos: «Si se callase el ruido quizá podríamos hablar y soplar sobre las heridas, quizás entenderías que nos queda la esperanza».