Chorrojumo, el pedigüeño que se autonombró ‘rey de los gitanos
Tuvo tres mujeres, no se sabe cuántos hijos y al morir le salieron imitadores a mansalva
Si hay un personaje excéntrico y pintoresco que ha atravesado la historia de Granada durante más de un siglo y medio y la gente aún sigue hablando de él, ese es Chorrojumo, el que se autonombró ‘rey de los gitanos’ y que tiene estatua propia a la entrada del Sacromonte. Por eso se encuentra en el ADN de la ciudad de la Alhambra.
Dos artistas se encargaron de que su estampa pasara a la posteridad. Uno fue Mariano Fortuny, que pintó al popular pedigüeño con un traje que le compró y que le regaló después para que siguiera exhibiéndose de tal guisa por su escenario preferido: los alrededores de la Alhambra. Un atuendo estilo bandolero andaluz que incluía un pañuelo de colores, el catite de terciopelo cubriéndole la cabeza, la chaqueta de botonadura de plata, una faja encarnada, un chaleco y unos calzones bordados de caireles. Una estampa de lo más peculiar que atraía a los turistas como la miel a las moscas. Con esa pinta de José María El Tempranillo o Diego Corrientes no era difícil conseguir foráneos dispuestos a desprenderse de algunos reales para hacerse una fotografía con él. Después de Fortuny, también sirvió de modelo para otros artistas. Lo veía un pintor y le entraba unas ganas locas de pedirle que posara para él. Chorrojumo jamás se negaba, eso sí, pedía siempre una pequeña compensación económica con el consabido latiguillo: ‘mie uzté, pa los churumbeles na más, que está la vida mu mala’. Le había tomado tanto gusto a la pose, que vendía tarjetas postales con su figura y un texto en francés: “Le roi des gitans. Modèle de l’inmortel Fortuny”. Con un par.
El otro artista que contribuyó a la difusión de su singular porte fue el fotógrafo José Ayola, que lo retrató con su inseparable traje andaluz cuando el famoso pedigüeño estaba ya en las postrimerías de su vida. En la fotografía se ve a Chorrojumo con el ya atavío muy ajado que le había regalado Fortuny.

Se llamaba Mariano Fernández Santiago y había nacido en Itrabo en mayo de 1838, según un trabajo del investigador Gabriel Medina publicado en la desaparecida revista Alhóndiga. Hasta ahora se creía que había nacido en la misma Alhambra, que es lo que él proclamaba. Cuando vino a Granada vivió en la Vereda de Enmedio, Montes Claros, la Placeta de Liñán y, finalmente, en la Torre de los Picos, en el recinto alhambreño. Llegó a convertirse con el tiempo poco menos que el complemento pintoresco indispensable para toda visita turística. Los visitantes a la Alhambra lo buscaban para fotografiarse a su lado. Para muchos extranjeros tener una foto con este personaje tan exótico era más interesante que tener una en el Patio de los Leones. Su mote le venía porque, al parecer, su primer trabajo fue en una fragua del Albaicín y por eso le pusieron el apodo de Chorro de Humo, que el habla castiza lo tradujo después como Chorrojumo. Otra versión dice que es porque su tez era tan oscura como el humo.
Esquilador de profesión
Este personaje era chalán y esquilador de profesión. Con las tijeras hacía dibujos el lomo de las bestias como hoy se los hacen los jóvenes en la cabeza. Al parecer pisó al menos una vez la cárcel por apropiarse de un jumento que no le pertenecía. Tras su paso por la prisión, se dejó unas enormes patillas y se dedicó a la busca y captura del turista. Paseaba por la Alhambra con empaque de personaje famoso, con talante de persona que era frecuentemente requerida. En el anecdotario de su vida, Gabriel Medina cuenta aquella vez que Chorrojumo se encontró en la Alhambra con el príncipe imperial de Alemania, Federico Guillermo. Por lo visto el popular gitano se lo topó de frente y de inmediato quiso quitarse el sombrero.
–No, no se lo quite, por favor –le dijo el príncipe imperial, que observaba con delectación a tan singular personaje y no quería verlo sin su peculiar sombrero. Luego le preguntó:
–¿Y tú quién eres?
–Yo soy al que llaman el rey de los gitanos –le respondió Chorrojumo.
–¡Ah! Entonces somos colegas –le contestó el príncipe alemán.
Este folklórico indiscutible era analfabeto, pero chapurreaba el inglés y el francés, con lo que conseguía que los turistas, además de comprarle postales con su imagen, le siguieran a alguna cueva donde se bailaba una zambra. Luego iba a cobrar la comisión. Al popular gitano nunca le faltó una mujer en la cama. Inmediatamente después de la muerte de su primera esposa, vivió amancebado con una gitana de Sacromonte y a la muerte de esta volvió a casarse con otra. Tampoco se sabe exactamente cuántos hijos e hijastros tuvo. Parecer ser que los últimos años de su vida los pasó ajetreados entre trifulcas familiares y hospitales. Chorrojumo era calmo de espíritu, pero cuando se enfadaba le ganaba la ira. A uno de sus yernos le dio un garrotazo que lo envió al hospital. Y él mismo fue apaleado por un hijo que vivía con él y que llegaba casi siempre borracho a su casa. A consecuencia de la paliza que recibió el pedigüeño, estuvo a punto de palmarla.
Mariano, el de Itrabo, murió en el Hospital de San Juan de Dios en 1906. La edad que tenía ni él mismo la sabía porque no recordaba el año en el que había nacido.
Pero es que, después de su muerte, el personaje siguió vivo. Muchos pedigüeños, al ver el éxito de popularidad que había tenido Chorrojumo, lo imitaron descaradamente: los habían comprobado que a los turistas les encantaba fotografiarse con ese modelo de bandido generoso que había exhibido el itrabeño. Este tuvo un hijo que llevó su mismo apodo y que se dedicó a la guitarra flamenca. De los demás poco se sabe. Con el tiempo llegaría a ser motivo de orgullo para los turistas haberse retratado con el verdadero rey de los gitanos.