Para cuando mi hija Manuela me propuso pintarme las uñas por primera vez, yo ya llevaba tiempo preparado para el momento. Lo hizo con una sonrisa luminosa, no por ello menos cargada de una chispa maliciosa, de quien sabe que está pidiendo algo fuera de lo que la sociedad considera «lógico o normal». Pese a su corta edad, y pese a nuestros intentos por alejarla de estereotipos impuestos, ella sabía que me estaba pidiendo algo que me comprometía. Para su sorpresa acepté sin remilgos, henchido de orgullo, y mientras ella trabajaba, con la concentración minuciosa de quien sabe que está haciendo algo importante, me vino a la memoria aquella escena —por la que, ya digo, me encontraba preparado para aquel momento— la maravillosa escena en la que Nino, el niño protagonista de la novela El lector de Julio Verne, espiaba tras una cortina, en la casa cuartel de un pueblo de la Sierra de Jaén, cómo el temido sargento Sanchís le pintaba las uñas de los pies a su mujer, Pastora. Una humillación, ya de por sí, para cualquier hombre al que se le supusiera recio y viril —hombre de Estado franquista, en una posguerra recién estrenada y en su época más dura—, hecho, se entendía entonces, para imponer el orden y no para arrodillarse ante su propia mujer, ni para inclinarse sobre sus pies con la delicadeza de un pincel entre los dedos, un gesto tan íntimo, tan ajeno a cuanto representaba, que desmontaba de un plumazo toda la autoridad que el uniforme le confería. Como si aquella imagen necesitara todavía una vuelta de tuerca, el esmalte era de un rojo que, según cuenta la propia novela, estaba vedado en aquellos años incluso a la esposa decente de semejante hombre, reservado tan solo a las putas.
El pasado mes de septiembre, el youtuber Iñaki Angulo se dedicó a ridiculizar al futbolista Héctor Bellerín, jugador del Betis, con la misma naturalidad con la que se comenta una jugada: «Hay un tío hoy que se pinta las uñas, que solo lee libros de mujeres, que probablemente sea maricón, que es rojo, que vota socialismo.» Y, por si a alguien le quedaba alguna duda de a quién se refería, remató con otra perla: «‘Elle’ ha parado a Vinicius solo.» En pleno siglo XXI, daba yo por superado que estas cualidades pudieran usarse como motivo de escarnio, como prueba de una falta de masculinidad, pero nada más lejos de la realidad. Por cierto, la novela de la que os he hablado la escribió Almudena Grandes, mi escritora favorita, lo que me convierte, también a mí, en lector de libros escritos por mujeres. Hombre que se pinta las uñas y, lo reconozco, con fuerte convicción progresista. Yo también soy carne de mofa para este youtuber.
Me he criado, como casi todos los de mi generación, en una sociedad machista que a cada paso me ha querido dictar cómo comportarme, qué leer, qué llorar y qué callar. Pero tuve la fortuna de contar con unos educadores que, sin proponérselo como una lección, me instruyeron en algo distinto, y he llegado a la madurez con una percepción del mundo bastante alejada de la que el machismo lleva décadas tratando de imponerme. No sé si eso me convierte en mejor hombre que el que la sociedad esperaba de mí, pero sí sé que me convierte en uno más libre. Uno que puede sentarse frente a su hija y dejarse pintar las uñas sin que nada de eso le reste ni un gramo de la hombría que, en realidad, nunca he tenido que demostrar a nadie.
Con la velocidad a la que transcurren hoy día los sucesos, parece banal que yo traiga un acontecimiento de septiembre, pero es que justo hoy cuando la Fiscalía Provincial de Madrid ha abierto diligencias contra Iñaki Angulo por sus comentarios sobre Bellerín; la denuncia fue presentada por la Asociación Transparencia y Democracia en el Deporte y recibió cerca de un centenar de adhesiones. Pero quizá lo más importante no sea lo que termine decidiendo la Justicia. Por encima de todo, la masculinidad no debería ser una prueba que tuviéramos que superar constantemente delante de los demás.
La cuestión está en que, si Sanchís y yo pintamos o nos dejamos pintar las uñas por amor, y Bellerín se las pinta porque le da la santa gana. ¿Dónde está el problema de lo que haga, lea o vote cada cual? Te lo digo yo: está en la mala educación de ese youtuber, y en su falta de amor, empezando por el propio. Y termino con el deseo de que la justicia, o sus seguidores, le hagan encontrar lo que nunca ha tenido: paz y amor consigo mismo. Y si no, que alguien le haga escuchar la nueva canción de Hombres G, Gilipollas.
Héctor, yo también me pinto las uñas –
Por Fran López