«EL PAÍS QUE AYUDÉ A CONSTRUIR SE ESTÁ DESMORONANDO» por Javier Arenas
«¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón».
Mercedes Sosa · Yo vengo a ofrecer mi corazón (1985)
Ayer algo se rompió dentro de mí. No sabría explicar exactamente qué fue. Quizá la tristeza, la impotencia o ese miedo que llevo algún tiempo sintiendo al observar en qué nos estamos convirtiendo como sociedad.
Como tantos españoles, seguí con el corazón encogido las noticias del terrible accidente ferroviario ocurrido en Urda (Toledo). Pensé en las víctimas, en los heridos, en sus familias, en quienes todavía esperaban noticias de sus seres queridos. Pensé en lo frágil que es la vida y en cómo un día cualquiera puede convertirse, de pronto, en el peor de nuestra existencia. Y pensé que, ante una tragedia así, solo podía haber una respuesta:
humanidad.
Por eso acudí a donar sangre. No era gran cosa. Simplemente sentí la necesidad de hacer algo, por pequeño que fuera, para ayudar. Había muchas personas esperando. Delante de mí, una familia. El personal sanitario intentaba atendernos en medio del nerviosismo y la afluencia de donantes cuando una de aquellas personas pronunció una frase que me dejó helado: «Hija, siento tu agobio, pero tenemos que venir a donar
sangre porque los asesinos estos la están derramando».
Se refería al Gobierno de España.
Guardé silencio. No porque aquella afirmación no me doliera, sino porque pensé que aquel no era el momento ni el lugar. Estábamos allí para ayudar a personas que no conocíamos, sin preguntarnos de dónde venían, qué pensaban o a quién votaban.
Pero la tensión continuó.
Ya dentro, un nuevo comentario desencadenó una discusión. Personas tumbadas en camillas, con una aguja en el brazo, increpándose unas a otras por cuestiones políticas.
Recuerdo mirar a mi alrededor y preguntarme: ¿de verdad hemos llegado hasta aquí?
Estábamos haciendo exactamente lo mismo, unidos por un gesto de solidaridad, y ni siquiera aquello parecía suficiente para dejar a un lado nuestras diferencias. La sangre que estábamos donando no tenía ideología. Sin embargo, nosotros seguíamos empeñados en levantar fronteras entre unos y otros.
Y entonces ocurrió algo que no olvidaré.
A mi lado había un hombre mayor que acompañaba a su hijo, algo aprensivo ante la donación. Comenzamos a conversar y aquel hombre se dirigió a los dos y nos dijo que los jóvenes éramos el futuro, que teníamos que hacer algo para volver a unirnos.
Y entonces pronunció unas palabras que me atravesaron por dentro:
«Siento que el país en el que nací, el que ayudé a construir, se está desmoronando en nuestras manos».
Inmediatamente comenzó a llorar y yo me quedé sin saber qué decir. No conocía su nombre, su historia ni sus ideas políticas. Y qué poco importaba todo aquello. Delante de mí había un padre. Un hombre que había vivido lo suficiente para mirar atrás, recordar el país que conoció y sentir miedo por el futuro.
Aquellas lágrimas me hicieron comprender que quizá ese miedo no era solo suyo. Yo también tengo miedo.
Tengo miedo de que hayamos empezado a confundir al adversario político con un enemigo personal. De que estemos enseñando a las nuevas generaciones a desconfiar de quien piensa diferente. Me asusta que estemos perdiendo la capacidad de reconocernos como personas antes que como representantes de una ideología.
Porque esto ya no va solamente de política. Nos hemos acostumbrado tanto a discutir que parece que hemos olvidado cómo hablar.
España ha conocido enfrentamientos mucho más dolorosos que los actuales, y precisamente por eso deberíamos valorar la convivencia que tanto ha costado construir. Defender nuestras ideas, discrepar y exigir responsabilidades es legítimo y necesario, pero nunca debería llevarnos a despreciar a quien piensa diferente ni a convertir el sufrimiento ajeno en un arma política.
Detrás de cada víctima del accidente ferroviario hay una vida, una familia y un futuro truncado que merece respeto. Y ante semejante dolor, deberíamos ser capaces de detener nuestras disputas, aunque solo fuera el tiempo necesario para recordar lo que verdaderamente importa.
No escribo estas palabras desde ninguna superioridad moral. Formo parte de la vida política y sé que quienes asumimos responsabilidades públicas debemos preguntarnos qué poder hacer para reducir esta crispación. Pero cuidar la convivencia es una responsabilidad compartida, que empieza también en nuestras casas, en nuestras conversaciones y en la manera en que tratamos a quien piensa diferente. No podemos pedir respeto si no somos capaces de practicarlo.
Porque cuando se apagan las cámaras, terminan los debates y desaparecen los titulares, seguimos siendo los mismos vecinos, compañeros, padres, hijos y hermanos. Y tendremos que seguir viviendo juntos. Por eso me niego a creer que todo está perdido.
Ayer, en aquella misma sala donde varias personas discutían, había también ciudadanos haciendo cola para donar sangre, profesionales sanitarios trabajando sin descanso y un muchacho que, pese a sus temores, había decidido ayudar a alguien que probablemente nunca conocería.
Esa es también nuestra sociedad. La de quienes ayudan sin preguntar, la de quienes se movilizan ante el sufrimiento y la de quienes todavía comprenden que tenemos muchas más cosas en común de las que a veces somos capaces de reconocer.
Porque el dolor de una madre no es de izquierdas ni de derechas. La angustia de un hijo no entiende de siglas. Y la sangre que puede salvar una vida no pregunta a quién vota la persona que la recibe.
Desde ayer no dejo de pensar en aquel hombre. En sus lágrimas y en cuántas personas de su generación estarán sintiendo que el país que ayudaron a construir se nos está escapando de las manos. Y, sobre todo, me pregunto qué país queremos dejarles a quienes vienen detrás. Y no quiero que aquel hombre tenga razón.
Ayer fui a donar sangre pensando que quizá podía contribuir a salvar la vida de un desconocido. Regresé a casa con la sensación de que también necesitamos salvar algo entre nosotros: la capacidad de mirarnos a los ojos y reconocernos como personas, incluso cuando pensamos diferente.
Ojalá aquel hombre pudiera saber que sus palabras no se perdieron entre las paredes de aquella sala. Que sus lágrimas me acompañaron de vuelta a casa y que hoy me han llevado a escribir estas líneas. Porque me aterra pensar que un día tengamos que explicarles a nuestros hijos cómo fuimos capaces de convertir a nuestros propios hermanos en enemigos.
Aquel hombre lloraba por el país que sentía que estaba perdiendo.Yo escribo porque todavía quiero creer que podemos recuperarlo.