2 noviembre 2026

“A las aladas almas de las rosas” por Remedios Sánchez

Nace noviembre y, allá en lo alto, se adivina el blancor minutísimo de las nievesprimeras arropando las cumbres de la sierra. Es pronto, apenas las diez de la mañana, y en el paseo de cipreses todavía persiste un silencio apacible, como de pozo hondo recién encalado, que recibe a los primeros visitantes. En medio del paisaje marmóreo, nadie habla a gritos porque se despierta la necesidad de mirar hacia adentro un rato, quizá para compensar el ruido incesante de las palabras que se lanzan y son daño intencionado, heridas que tardarán en cicatrizar; al entrar, todos parecen haber comprendido la importancia capital del respeto que merece el lugar donde habita la memoria, porque aquí ya no hay grandes distancias; desde un amor que traspasa el tiempo y no se borra, todo se unifica abrazado a la nostalgia, a la remembranza y a una sombra de lo que tal vez pudo ser y no fue.

La luz inaugural de un sol recién levantado se cuela delicadamente entre las ramas de estos surtidores de sombra y sueño (bendita eficacia lírica de Gerardo Diego) que son frescor para el verano y eterno hogar de pájaros. Duermen. Todavía duermen los gorrioncillos, sí, pero al mediodía, discretamente, acompañarán con el trasiego de sus vuelos la paz de los difuntos, rozando los nombres impresos con sus alas, alborotando estas rosas últimas del otoño, las varas de nardos perfumados, los crisantemos amarillos. Pero eso será después; ahora todo el que llega se centra en procurar que sus tumbas resplandezcan porque es la forma de sentir que, la protección que nos dieron quienes aquí yacen ahora, se la devolvemos nosotros con delicada ternura dejando patente que siguen formando parte de nosotros, de nuestra historia pequeña; que su recuerdo, inmensidad azul que a veces se desborda, no lo ha devorado esta manera apresurada de estar en el mundo.

En la lápida de al lado, una mujer joven acompañada de un niño se afana en dejar todoimpoluto antes de poblar de flores los jarrones; mientras, él, sentado en el bordillo, observa cada detalle del mármol gris. De pronto pregunta quién es la señora que sonríe desde el retrato. La mujer se limpia las manos mojadas con un paño seco y se agachadespacio hasta ponerse a su altura. Es tu abuela, aclara, y el chiquillo parece sorprenderse por un segundo. Entonces mira fijamente otra vez el retrato comparándolo con el rostro de su madre, como buscando interpretar secretos que intuye inabarcables con palabras. Y debe de haberlos descubierto porque sonríe afirmando con la cabeza, asumiendo que es algo suyo recién descubierto. Ahora, más interesado aún, continúa indagando: cuándo y dónde se hizo la foto, qué le gustaba hacer, por qué estaba tan contenta… Ella retoma la labor mientras le habla de una casa con limonero lunar, de conversaciones a la caída de la tarde y del timbre de su risa. Mientras todo va quedando impecable, continúan su conversación con naturalidad, dándole su justo sentido a lo que implica ser familia para convertir una ausencia en recuerdo sosegado que se comparte y se preserva generación tras generación. Luego, antes de marcharse cogidos de la mano,ambos acarician el retrato unos segundos. Quizá nunca lo sabrán, pero aquí, por un instante, este noviembre ha alcanzado la dulzura reconfortante de un beso en la frente.