6 noviembre 2026

Silencio, miradas perdidas, pensamientos alejados de los vagones de nuestro metro. La gente se movía, nos movíamos, afectados por la brutal noticia. En este caso no se buscaban culpables, si acaso se asignaban culpas.

La suerte, la mala, se sigue cegando con Andalucía. Ya sé, no ha sido aquí, pero ha sido con muchos de aquí, de nosotros. Un accidente, no un atentado ni una maldición divina, aunque lo parezca. Un accidente.

Los ultras han seguido con sus vidas, con sus lanzallamas o motosierras alimentando a quienes necesitan un culpable. Los otros, poco a poco han ido cayendo en la misma trampa. No se tiene en cuenta que la sociedad no se construye ni en un día ni con designios bíblicos. Pero da igual. Los muertos, que podíamos haber sido nosotros, porque nosotros pasamos por ahí con una frecuencia que ahora se nos antoja desmesurada, son nuestros muertos, de todos los que hemos sentido un latigazo en el corazón, de todos los que hemos ido a ofrecer nuestra sangre, porque tal vez sea lo único que podemos hacer para quienes la necesitan.

Son nuestros muertos y nuestros heridos más allá de que podríamos haber sido nosotros o nuestros hijos. Ya sé que todos tienen derecho a exteriorizar su dolor como su naturaleza les permita, pero ahí no puede entrar la rentabilidad política ni social ni económica.

Todos hemos perdido y ahí estamos todos, en enero y en octubre, y cada vez que ocurre algo así, en una DANA o en la caída de un avión, porque somos una sociedad, y como tal somos un solo cuerpo y por tanto lo que le ocurre a una parte lo sufre, o así debe ser, el todo, usted y yo, cada cual a su manera, y ni la mía es mejor ni la suya tampoco. Y los culpables del accidente deberán expiar esa culpa, pero no al modo religioso, al modo social, al que esta sociedad que es la nuestra ha decidido, no como a algunos les interesa o a otros les gustaría.