«Lavin compae, qué malafollá tienes ni pollas»

«Lavin compae, qué malafollá tienes ni pollas»

GRANADA habla como le sale de la polla. Así de rotundo. Liberados ya de todos los complejos en cuanto a su forma de expresarse, los granadinos han decidido utilizar aquellas palabras que oyeron siempre a sus padres y a sus abuelos.

Es un habla cargada de excepcionales términos que, en muchas ocasiones, conforman el pensamiento local. Hubo un tiempo en el que la suerte del habla granadina en particular y el habla andaluza en general, estuvo vinculada a un cierto complejo de reserva e incluso de inferioridad que ni la propia autonomía política fue capaz de diluir. Pero ese complejo creo que nos lo hemos quitado de encima y un granadino y un gaditano, por ejemplo, pueden expresarse como siempre lo han hecho. Es más, sienten orgullo al hablar como lo hicieron sus antepasados. Ya no nos importa tanto comernos letras, abrir las vocales cuando se pierden las ‘eses’ finales, aspirar jotas o utilizar términos que no se dicen en ningún otro sitio. Así lo hemos hecho siempre y así queremos seguir haciéndolo. De ahí que en los últimos años hayan aparecido varios diccionarios del habla granadina en la que sus autores reivindican dar vida a esas palabras que salen del corazón y que han estado en el habla coloquial de los granadinos desde hace mucho tiempo.

Cuenta el pintor Enrique Padial en su libro 5 de enero, que una tía suya, al rezar una oración decía: «Dios te salve María, elaeres de grasia, el señor es contigo…». Una hermana del pintor, cuando era niña, le preguntó a su tía qué es lo que decía exactamente en el Ave María. Al repetirle la oración, la niña le dijo:

–Tía, querrás decir «llena eres de gracia».

–¡Hay que ver como son estos joíos niños! Aquí en Graná toa la vida se la dicho elaeres de grasia –dijo la tía un tanto molesta por la insinuación de la sobrina.

Portada del diccionario del habla granaína.

Portada del diccionario del habla granaína. / Andrés Cárdenas

Y es que el granaíno, en realidad, siempre se ha mostrado orgulloso de su habla, hasta el punto de creer que si alguien habla mal, siempre son los otros.

De acuerdo, las hablas andaluzas actuales son, casi exclusivamente, el resultado de alteraciones fonéticas dentro del sistema del castellano medieval y muchas localidades andaluzas compartimos rasgos fonéticos comunes, pero hay algunas expresiones o modismos que solo se dan en Granada y que solo pueden entender los habitantes de aquí. Me acuerdo de cuando llegué a establecerme en la calle San Jerónimo escuché en un bar una expresión de esas en las que está contenida toda la esencia del habla granadina. La oí cuando un parroquiano, más tirando a morisco que a cristiano, entró en un bar y le pidió al camarero que le cambiara 5.000 pesetas.

–¿Te crees que esto es un banco? –le dijo el camarero con un tono agrio de voz.

–Lavín compae, qué malafollá tienes ni pollas –le contestó el parroquiano.

Aquel hombre, sin yo saberlo todavía, había buceado hasta la médula de la manera de hablar en Graná y había conseguido unir cuatro palabras o términos claves en su identidad lingüística. Pero aquí no acaba la historia. El cliente, con la retranca propia de los que saben que al final se hará su voluntad, puso encima del mostrador el billete de cinco mil pesetas y en tono de victoria dijo:

–Bueno, pues dame una maritoñi con un pulevín. Y te cobras.

Al recoger la vuelta de las cinco mil pesetas y salir del bar, el parroquiano musitó en forma de confidencia:

–A un greñúo se la va a dar tú, ioputa.

Después de aquello comencé a procesar la información. Lo de la malafollá y lo del ni pollas más o menos lo tenía claro, y más yo que había trabajado dos años en Jaén capital y esa expresión era muy habitual en la tierra del Santo Reino. Pero ‘lavín compae’ no tenía ni idea de lo que significaba. Tampoco sabía que en Granada había un dulce típico que se llamaba maritoñi y que a los batidos de chocolate y vainilla los llamaban pulevines. En cuanto a greñúo, tampoco sabía que era un vecino del barrio del Realejo. Estaba claro que tenía que adaptarme rápidamente al habla de la ciudad que me había acogido. Y lo hice. Vaya si lo hice. Hasta tal punto que al poco tiempo me hice un experto e incluso serví de intérprete, como ya he contado en estas historias, de Rosa López cuando después de ganar Operación Triunfo dio una rueda de prensa a la que asistió una gran cantidad de periodistas que se las vieron y se las desearon para entender a la granadina. Cuando ella dijo a los colegas: «Zi ehto zale mal vuervo al azaero pollos». Yo traduje para mis colegas: «Si esto sale mal, vuelvo al asadero de pollos».

No tardé mucho en saber que ‘lavín compae’ es un metaplasmo de ‘La Virgen, compadre’, expresión que se utiliza para enfatizar cualquier sorpresa o desagrado. En cuanto a las maritoñis pronto me habitué a ellas y no había desayuno en el que no estuviera presente esa confitura que inventó el entrañable y siempre recordado Raimundo Pérez, que cuando fui a hacerle una entrevista porque le había tocado la lotería, me dijo que en los años de la postguerra su dulce había salvado a muchos niños de la desnutrición. Y era verdad.

La mijilla y la mijitilla

Pero es que al poco tiempo de vivir en Granada me di cuenta de que una de las cosas que más se le dificultan al granadino es su concepción del tiempo y del espacio. Parece como si los metros y lo minutos los contara en un sistema distinto a los demás, un sistema más llevadero. Decía García Lorca que Granada amaba lo diminuto. Los diminutivos de los granadinos son cordiales, entrañables y domésticos, a decir del poeta de Fuente Vaqueros. Parece como que no queramos que el mundo no sea tan grande ni el cielo esté tan lejos. Hay necesidad de limitar, de domesticar los términos inmensos. Por eso la estética genuinamente granadina es la estética del diminutivo, la estética de las cosas diminutas. Lorca dixit. De ahí que en el vocabulario granadino esté tan asentadas palabras como mijilla (o mihilla porque aquí también aspiramos la jota), chispitilla o una volá. «Voy en una volá y vengo», dijo mi vecino Prudencio cuando salió a comprar tabaco y regresó a los cuatro años y sin tabaco. Una vez intenté explicarle a mi amigo irlandés Harry lo que era para el granadino una mihilla después de que se llevara un chasco cuando le preguntó a un limpiabotas en Puerta Real en dónde estaba la Plaza Mariana Pineda.

–Ahí, a una mihilla –le dijo el buen hombre señalando hacia la plaza.

Mi amigo le dio las gracias, pero al llegar se extrañó que la plaza que él buscaba estuviera tan cerca cuando el limpiabotas les había dicho que estaba a una milla.

Le expliqué que en realidad el profesional dedicado a lustrar calzado le había día una mihilla, que es un periodo muy corto de tiempo o de espacio que se acorta aún más cuando más ‘tes’ le pongas al vocablo: mihitilla, mihititilla, mihitititilla… y así sucesivamente. Harry alucinaba por lo que éramos capaces de hacer con una palabra.

Aunque a mí lo que más me sorprendía era la capacidad que tenía el granadino para meter la polla (la palabra, se entiende) en cualquier conversación. Por eso al cabo del tiempo me dio para escribir ese libro que se titula Dejaos de pollas, vayamos a pollas y que ha tenido tan buena acogida entre los granadinos. En él explico ampliamente como ese es un término comodín en el lenguaje granadino que se ha convertido en una muletilla. La palabra polla no suena en plan soez o taco en la boca de un granadino, sino como expresión habitual que pasa desapercibida por los lugareños y que puede causar desagrado y cierto malestar anímico en los foráneos.

Cuento en el libro que el título viene de aquella expresión de un alcalde de la provincia que se enteró de que sus propios concejales les estaban preparando una moción de censura. Los reunió a todos y les dijo:

–Me he enterao que estáis de pollas, dejaos de pollas vayamos a pollas.

No hizo falta hablar más. Los ediles se enteraron enseguida del mensaje.

En ese texto le explico a mi amigo Harry que la palabra polla es polisémica y se puede utilizar en una gran cantidad de contextos. Él me dio la idea de escribir el libro cuando me dijo que le explicara una situación que él había vivido y que no había entendido. Resulta que él contempló un pequeño incidente en el que se vieron envueltos dos coches y una moto. El accidente no tuvo consecuencias graves, sólo unas pequeñas abolladuras en los tres vehículos implicados.

–¿Y ahora qué pollas hacemos? –preguntó el conductos de uno de los coches afectados.

–Yo qué pollas sé –contestó el del otro coche.

–Pues rellenar el parte ni pollas –dijo el de la moto.

Como digo en el libro, mi amigo Harry se quedó a cuadros. Su mente intentó captar el diálogo entre los tres, pero no llegaba a entender lo que hacía el órgano reproductor masculino tantas veces en medio de un diálogo tan corto como improductivo.

Antonio Alcalá Venceslada, autor del Diccionario del habla andaluza.

Antonio Alcalá Venceslada, autor del Diccionario del habla andaluza. / Andrés Cárdenas

En el citado libro le explico a uno que no es de aquí el porqué, cuando y como los granadinos utilizan esa palabra y el significado que tiene en un contexto. Si en Granada hay una palabra tan polisémica como aclaratoria, esa es polla. Se puede meter en cualquier pregunta como reafirmación de que quién la hace es uno nacido en la ciudad de la Alhambra. Así por ejemplo un granadino no pregunta qué haces, qué necesitas o qué te pasa, sino qué pollas haces, qué pollas necesitas o qué pollas te pasa. Tanto es así que un almuñequero ideó un portal de Google que preguntaba: ¿Qué pollas estás buscando?

Diccionarios

Fue el jienense Antonio Alcalá Venceslada el primer estudioso que se le ocurrió hacer un diccionario del vocabulario andaluz, un referente ya indiscutible a la hora de analizar y valorar el gran caudal léxico de nuestra habla. En ese diccionario, que comenzó en 1930 y culminó en 1951, el iliturgitano (era de Andújar) certifica el carácter genuino de nuestra habla y su volumen sirvió para que muchos andalucismos fueran incorporados por la Real Academia de la Lengua. En su diccionario aporta muchas palabras típicamente granaínas porque él estuvo en Granada estudiando Filosofía y Letras y dedicó algunos viajes a distintos lugares de esta provincia en busca de esos giros gramaticales que le pudieran servir para su ambiciosa obra. Hasta entonces, como decía antes, la suerte del habla andaluza había estado vinculada históricamente a cierto complejo de inferioridad. Para todo el que no vivía en nuestra región, el andaluz no era ni siquiera un dialecto, sino una caricatura del habla castellana que a veces incitaba a la risa. Sirva el ejemplo de que si algún andaluz quería trabajar en la radio o en cualquier medio de comunicación en el que estuviera de por medio la palabra, lo primero que tenía que hacer es erradicar su acento andaluz, que sólo servía para si en alguna película o serie televisiva el guionista quería incorporar a alguien gracioso. Faltaba pues, la reivindicación de nuestra habla o de nuestras hablas, ya que lo que sí está claro es que un gaditano no habla igual que un granadino o un jienense y que un cordobés tampoco hablan como uno de Huelva o de Almería. Y esa reivindicación, como decía antes, ha culminado porque no creo que haya hoy un andaluz o un granadino que se avergüence de su manera de hablar.

Hace unos años prologué el libro Diccionario del habla granadina, escrito por Alfredo Leyva Almendros, un granadino que vive en Málaga y que tiró de la memoria para acordarse de todos esos términos que él oía tan a menudo en la ciudad que le vio nacer. Su obra es un compendio de esos términos que se oyen mucho aquí y nada en otros lugares. El diccionario, a mi parecer, no es sólo una recopilación de palabras de uso cotidiano, es mucho más. Por lo pronto es una de las reivindicaciones más serias que conozco de nuestra habla y la muestra más inteligente de la variedad léxica de nuestra tierra. Alfredo Leyva utiliza el humor y la ironía en las definiciones de esas palabras y tal fue su pasión por nuestro vocabulario que le llevó a traducir al granaíno Los cuentos de la Alhambra. Ahí es ná.

Alfredo recuerda que cuando era niño oía a una mujer gorda que se ponía en una de las esquinas de la plaza Bibrrambla para alabar a gritos los higos chumbos que vendía:

–¡Qué goooordos y que durseh! ¡Niña, vamos a los jigooooohhh! ¡Ay, qué jigo tengo!