Los Cármenes revive el 25J de 2000

Los Cármenes revive el 25J de 2000

La grada, noqueada tras el penalti de Molina, culpa del descenso a la cúpula de mando de la entidad nazarí

Hay una tarde que está marcada en la retina de los aficionados del Granada. El 25 de junio del 2000 el Real Murcia dejó al Granada sin un ascenso a Segunda división que se le resistía durante más de dos décadas. La atmósfera era favorable, el estadio estaba lleno, el Granada dependía de sí mismo en su casa para cumplir con su afición y solo había que esperar a que la pelota entrara. Ayer la grada de Los Cármenes revivió aquella tarde de bochorno de hace casi 22 años. Solo había que ganar. Pero además bastaba que Cádiz o Mallorca no lo hicieran. Demasiadas variables para que aquello acabara y tal como finalizó, mal. Los niños rojiblancos lloraron sin entender cómo se puede pasar de Old Trafford a Segunda división en solo trece meses y miraron a sus padres para que les explicaran lo que no se les puede explicar. Jorge Molina, héroe en tantas otras tardes, falló el penalti igual que Jubera estrelló el balón en el larguero. Se le pueden buscar muchas justificaciones. Pero es incomprensible. Es fútbol.

La grada de Los Cármenes indultó a los jugadores. Como durante toda la temporada señaló al palco. Patricia Rodríguez, directora general del club, aguantó durante varios minutos en su asiento, pero tardó en ocultarse en las oficinas de la entidad. Necesitó ayuda de la seguridad del club para abandonar la grada sin excesivos problemas. Las críticas se quedaron en eso. Al césped bajaron Pep Boada, responsable deportivo de la entidad, y David Comamala, su mano derecha, secretario técnico. Ambos se llevaron un concierto de viento cuando pisaron el verde. Aguantaron el chaparrón junto a Aitor Karanka, que pidió disculpas como el resto de futbolistas sobre el terreno de juego. Torrente, con sus muletas, era uno de los más afectados, mientras que Jorge Molina no sabía donde meterse. La afición lo levantó en varias ocasiones y le pidió a Maximiano que se quedara. Domingos Duarte fue otro de los que lloró sin consuelo durante varios minutos. Yangel Herrera, exjugador rojiblanco, consolaba a sus amigos. Los jugadores, como en el partido ante el Athletic, le dieron la vuelta al terreno de juego para pedir disculpas. La grada cantaba ‘Granada somos nosotros’ para recordarle a la propiedad china del club que no se puede dirigir un club a diez mil kilómetros de distancia y empezaba a buscar un blanco en el que canalizar su frustración.

Acabado el partido, una representación minoritaria de la afición rojiblanca comenzó a concentrarse a las puertas del estadio. Recordó a Diego Martínez, llamó mercenarios a los jugadores y se acordó de la progenitora de Patricia Rodríguez y Pep Boada en varias ocasiones.

El cariño y el apoyo sentido cuatro horas antes se había transformado en rabia. La afición estaba convocada a las seis de la tarde en la calle Pintor Maldonado y respondió. Desde antes de la hora fijada el acceso al estadio era una caldera. La Fan Zone se instaló junto a las taquillas del estadio para que todos los rojiblancos estuvieran aglutinados en torno al autobús del equipo cuando llegara y cerca de dos mil seguidores se estiraron a lo largo de la avenida para cubrir los trescientos metros previos al acceso al campo. Karanka retuvo a los suyos y la llegada fue explosiva poco antes de las seis y media. El autobús se detuvo ante su gente y la megafonía de la Fan Zone puso el himno a todo trapo. Lo tuvo que apagar porque las gargantas de los seguidores nazaríes hacían más ruido. Durante varios minutos, una nube de humo rojiblanca impidió acceder al autobús, en el que Luis Milla veía todo desde el gallinero. Hasta el personal del club se reunió en torno a una esquina desde dentro del estadio para ver cómo llegaban los suyos. Fueron cerca de diez minutos de magia rojiblanca, de ese sentimiento propio de los días grandes en los que el vello se eriza.

No se hizo de rogar la afición para acceder al estadio. Hubo lleno. Casi dos mil personas más que en el partido ante el Real Madrid. 19.333 espectadores. Granada sabe de qué equipo es y lo que había en juego. Hasta la zona de la afición visitante se liberó para que pudiera ser ocupada por seguidores rojiblancos. Los pocos pericos que se dieron cita en Los Cármenes quedaron diluidos en una marea rojiblanca. En la previa del partido Yangel Herrera charló con sus excompañeros antes de completar uno de los mejores encuentros como blanquiazul. Otros exrojiblancos, Rui Silva y Soldado, entraban al palco de los futbolistas rojiblancos para ver el partido con los no convocados.

Mosaico

Sonó el himno y la grada se pintó de rojiblanco con un mosaico aderezado con el canto a capela de los seguidores nazaríes. De nuevo el vello de punta. Estaba ya dispuesto tácticamente el Espanyol sobre el césped de Los Cármenes y el estadio seguía cantando. En un fondo, una de las pancartas desplegadas recordaba que el partido se ganaba con fuerza. Enfrente, otro cartel recordaba que también hacía falta valor. Salió con ambas cosas el equipo rojiblanco. No tardó en tener la primera ocasión. El equipo estaba enchufado y las sensaciones eran buenas, pero el frenesí inicial no se aprovechó. La afición, más metida en el choque que otras tarde, se acordó también de Dani Jarque en el minuto 21 con un aplauso cerrado mientras el Espanyol se activaba.

Acabó en tablas la primera parte y el partido cambió por completo en el segundo periodo. La grada comenzó a ponerse nerviosa y trasladó la inquietud al equipo. Poco antes de la hora de partido una hubo ovación cerrada para activar a los suyos, pero al minuto siguiente el apoyo se transformó en pitos cuando el Espanyol tenía el balón. Sin saber muy bien si las quejas iban para los blanquiazules o para los rojiblancos, la grada trastocó el plan del partido. El Granada ordenado y tranquilo de la primera mitad tornó en un equipo nervioso y temeroso. Incluso antes de entrar en descenso. El guion de la noche que caía en Granada se tornaba en fúnebre. Hasta que llegó el penalti de Cabrera. El desvío del centro de Collado era el momento de la esperanza, pero sin Milla y Suárez sobre el campo surgieron las dudas. La tomó Molina. La grada le cantó y el héroe de tantas tardes falló en el día ‘D’. El guion ya era una broma macabra. No tardó en marcar el Cádiz. Ahora sí estaba el Granada en descenso. Quedaban solo quince minutos para el final y había que marcar. Se intentó, pero la afición ya estaba noqueada. Y el equipo también. El Granada estaba en Segunda.

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