«SONATA DE DICIEMBRE» por Remedios Sánchez
Entre confuso y errante, viajero de un tiempo que no se detiene, se nos aleja este 2025 dejando tras de sí una memoria de sal y de penumbra con rebordes de espinas de acanto.
Nos disfrazamos estas semanas para despedirlo y levantamos entre todos una ceremonia de asistencia obligada aunque nos cueste, un ritual para ir cerrando una puerta lentamente y respirar hondo, esperanzados, conforme se abren las ventanas. Con el frío desnudo de diciembre, el aire se hace pájaro y la luz, poco a poco, va despejando las veredas para encender otra vez la vida, para iluminar el año nuevo que se viene dibujando ya en el horizonte, niño dorado al sol de la ilusión, revestido de ingenuidad, pero arropado de algunas certezas con una mantita limpia, perfumada de membrillos, de esas que estuvieron guardadas en el arcón de las abuelas, que le cubre los pies para que no se le enfríen tanto como a los de aquel otro del poema dulce de Gabriela Mistral.
Porque somos una mezcla del ser de lejanías umbraliano que se va despidiendo de las cosas con un pañuelo blanco de nostalgia y una suerte de inocencia inasequible a desalientos que es el oxígeno para reconstruirnos cada vez que pasan doce meses. Nos sucede un poco como al ave fénix: resurgimos misteriosamente de nuestras propias cenizas, nos multiplicamos por todo lo vivido y volvemos a aprender a elevarnos despaciosamente en el precario equilibrio del viento de enero, con la infinita paciencia que requiere lo que es primordial; después, cuando hayamos tomado fuerzas y crecido en edad y sabiduría, retornarán las aventuras: ir por la ciudad de rama en rama escuchando conversaciones en los parques, sobrevolar el prodigio de alturas imposibles en las cumbres nevadas o retornar para descansar a los acantilados, cerca de las arenas cobrizas del eterno mar de los fenicios. Seguir, seguir siempre, porque cantar y contar sencillamente lo que pasa es una forma de renacer, de mirar al cielo y pregonar –por ejemplo- junio en la rosa, nube que pasa, trigo creciendo, estrella latiente o manantial sereno. Da igual: lo importante es nombrar insistentemente pronunciando cada sílaba con la urgencia gozosa y maravillada de quien desvela un secreto, como si nuestro universo recobrara aquel primer temblor desconocido y grato.
Todos los eneros debieran ser así: sorpresa de fuego que pusiera freno a la añoranza, un cascabeleo constante de descubrimientos por designar y una mano que nunca nos suelte, arriesgándose a compartir esos sueños que habrá que regar cada mañana con templanza y esmero. Quiero decir que tendrían que propiciar una armónica manera de estar en este mundo, de perdonar y perdonarse para restañar heridas, de saberse querido empezando por uno mismo y de comprender que, saber querer a los demás, supone respetar sus espacios y sus etapas de silencio con la discreción del ruiseñor, voz escondida y prudente emergiendo desde la sombra de un almez para sostener con su trino delicado el bosque entero. Tal vez no será nunca un camino de perfección al estilo de Santa Teresa, pero sí de perfeccionamiento, de legítima ambición de paz de alma que se alce libre y esplendente entre el ruido incesante y los pucheros, entre las prisas y las tardes esbeltas del verano. Como una fuente alegre de agua fresca y cristalina. Como un beso de mar. Como una brisa.
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