«NOTICIAS DE LA GUERRA» por Remedios Sánchez
Las venganzas, especialmente en las contiendas fratricidas, sólo se lavan con muerte
Las verdades del mundo, a lo largo de la Historia, no las han dicho nunca ni los estadistas ni los profetas. Las han tenido que decir los poetas, para que no se olvide que las pasiones humanas, la materia prima con la que se construye/se destruye la vida, son sustancialmente idénticas en todas las épocas. Ya avisaba Ángel González, en sus ‘Glosas a Heráclito’, de que “Nada es lo mismo, nada/ permanece. /Menos/ la Historia y las morcillas de mi tierra:/ se hacen las dos con sangre, se repiten”. Así se va avanzando —a eso se le llama progreso— para ir cumpliendo milimétricamente una norma principal del gatopardismo: cambiarlo todo para que nada cambie, ya sea en Venezuela, Irán, Gaza, Afganistán, Siria o en el conflicto Rusia-Ucrania.
La estrategia es de sobra conocida: poner el foco sobre las perversiones de los dictadorzuelos regionales que han dejado de serles útiles a los mandan verdaderamente para que la ciudadanía occidental caiga en la cuenta de que, caudillos de regímenes totalitarios propios de una novela de Vargas Llosa, no pueden seguir conduciendo al desastre a sus conciudadanos sufrientes y extenuados ni destrozando las economías de zonas vitales del planeta. Y así empiezan a llegar noticias de la guerra poco a poco. Porque la guerra invariablemente acaba por convertirse en una consecuencia. Una revolución en defensa de la libertad no se produce lanzando palomas blancas y salvas de confeti multicolor a un cielo azul y sin pegar un tiro, sin lanzar misiles, bombas y demás herramientas asociadas al indispensable gasto militar que crece y crece en este periodo posnavideño que habitamos, tan pleno de serenidad y de equilibrio geoestratégico mundial.
Estas semanas pasadas eran, y eso lo sabemos por experiencia, la calma extraña que precede a la tempestad: a una nueva lucha por el poder que no será ni pacífica, ni civilizada, ni, desde luego, pactada. Las venganzas, especialmente en las contiendas fratricidas, sólo se lavan con muerte. Con la muerte de los otros, para ser más precisos, porque esto funciona así desde el principio de los tiempos, con la dinámica del ojo por ojo redefinido actualmente con la locución nominal “daños colaterales en defensa de un bien mayor”. Ese bien mayor, conste, nunca debe confundirse con el interés legítimo de la gente que ha sido asfixiada durante décadas porque la gente importa lo justo para ser una coartada. Se refiere a los beneficios económicos de las naciones extranjeras que, tras haber apuntalado durante décadas a un régimen en su propio beneficio, deciden ahora, desde su incuestionable superioridad moral, alinearse con el flamante vencedor en defensa de la concordia y del petróleo. Todo sea por hacer caer en buena hora al tirano que hasta ayer legitimaron sin reparo, reconvertido en narcotraficante, terrorista o asesino. Recuérdense, por ejemplo, los casos de Noriega o Pinochet, tan queridos/odiados por los norteamericanos; o, desde otra perspectiva, la “fraternal” amistad —es un decir— de Rusia y China con estadistas de la talla de Fidel Castro, Hugo Chávez o el sirio Bashar al-Assad, por citar solo algunos. Distintas caras de la misma moneda. Y, entre medias, el pueblo. Siempre ha estado el pueblo, que es quien ahora tendrá que propiciar el cambio verdadero, esa esperanza ultimísima de que, por una vez, no se repita la formula ancestral que transforma cada confrontación en un camposanto.
FOTO : RTVE