«SIGUE SIENDO EL REY» por Remedios Sánchez

Nunca fueron las libertades colectivas, ni la dignidad del pueblo venezolano atenazado por una dictadura, ni siquiera que el autócrata Maduro pudiera ser un narcoterrorista al estilo de Pablo Escobar. Desde el principio, fue el petróleo, esa negritud de la codicia que no tiene fondo.

Y, de esta manera, para empezar el año, Donald Trump tomó posesión de Venezuela como los señores de la guerra medievales que reclamaban lo suyo y lo ajeno por la fuerza de las armas; como sir Henry Morgan, de oficio corsario, que saqueó Panamá y la dejó arder mientras esperaba para recoger el botín. Se veían venir actitudes como esta desde que Estados Unidos reeligió por líder del mundo libre a un magnate chulesco cuyos principios esenciales se resumen en aquella ranchera que Vicente Fernández cantaba con su voz profunda de barítono: “Con dinero y sin dinero, yo hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley”. Nadie se atreve a hacerle frente. ¿Nadie? Nadie, efectivamente.

Por eso puede presumir, sin temor, de haber incautado cuatro mil millones de dólares en crudo, fruto del sudor y el sacrificio de unas gentes humildes, que han pasado de las manos de un sátrapa bananero, bailongo y bravucón, como sacado de una novela de Sergio Ramírez, a la propiedad de una sociedad anónima por tiempo indefinido; esto es: de la autocracia de la orden del machete involucionista a la cláusula contractual escrita con letra pequeña. Si todo continúa según sus planes, los venezolanos seguirán pagando con su miseria la diversión de los poderosos, mientras su petróleo fluye hacia el norte como si obedeciera una norma más antigua que la justicia y más constante que la esperanza. Es decir que, al hilo de los acontecimientos conviene que la ciudadanía vaya haciéndose el cuerpo a que las elecciones, esa fórmula democrática que no parece gustarle mucho al mandamás yanqui, no van a llegar a corto plazo porque se ajustan mal a la explotación extranjera. Los magnates, claro, se sienten más cómodos con los secuaces de un opresor reconocido que con un gobierno libremente elegido porque así la rapiña y el abuso requieren dar menos explicaciones.

Y de Latinoamérica a Groenlandia hay un paso para quienes no distinguen entre integridad territorial ajena, derecho internacional y su santa voluntad, como es el caso. Visto que nada sucede tras su decisión de escoger a Delcy Rodríguez, la número dos del régimen bolivariano, en lugar de los legítimos representantes de la voluntad popular, Mr. Donald ha asegurado esta semana que lleva tiempo rumiando la idea de que, para proteger su imperio, necesita el control total de Groenlandia, allá por el círculo polar Ártico (sea donde sea que quede eso), y que se la queda. Como es natural, quiere explicárselo bien a los daneses y darles, además, opciones para que decidan libremente: o se la venden, o la toma por la fuerza con misiles tierra-aire, lo que prefieran. Cuestión de seguridad nacional, alega, pero en realidad lo que quiere decir es que su subsuelo está repleto de minerales valiosos por explotar, de tierras raras de esas que también -casualmente- abundan en Ucrania. Y el resto es silencio, que decía Hamlet. Un silencio de tormenta presagiada que sitúa a Europa en una encrucijada histórica: o aceptar el vasallaje o enfrentarse al imperialismo embrutecido de este tsunami impredecible de ambición naranja.

FOTO : EL FINANCIERO