Los olivos llevaban todo el año haciendo su trabajo, pero al llegar noviembre era necesario concretar la faena de la aceituna: dependía de la lluvia recogida, de las temperaturas registradas, del tamaño que las aceitunas hubieran ido alcanzando, para echar a andar la campaña.

Era necesario que un manijero de toda confianza reclutara la cuadrilla, comprometiera a los muleros que transportarían hasta el molino los sacos pringosos de aceitunas, los fardos tenían que estar recosidos y las cribas, capachos y cuartillas, dispuestos. Los vareadores tenían que haber preparado sus piquetas y las mujeres ya habían dispuesto sus refajos, sus mantones de lana tupida y sus mitones. Toda una logística milenaria de la que ya no queda nada.
 
En diciembre el pueblo cambiaba. Las cuadrillas quedaban en las afueras mucho antes de que el sol saliera, pese al frío, en esa época próximo a los cero grados. Los hombres entraban al Bodegón a echar un aguardiente para matar el gusanillo del frío, costumbre vedada a las mujeres, que se calentaban envolviéndose en las sucesivas capas de abrigo. Y llegado el momento, toda una caravana que se oía de lejos, abandonaba el pueblo camino de los múltiples tajos en que se iba a solventar la economía de cientos de familias.
 
Con frecuencia, el tajo estaba a cuatro o cinco kilómetros del núcleo urbano, pues el término municipal era muy extenso. Una caminata como para abrir boca en la jornada de esfuerzo que les aguardaba. Llegados al tajo, encendían varios fuegos de leña de olivo para que la escarcha adherida al terreno se fuera deshaciendo, pues coger la aceituna con la tierra helada suponía eccemas, sabañones y dolores articulares en las sufridas manos. Se empezaba sobre las ocho y media de la mañana, cuando ya llevaban un par de horas de pie. Muchas de las aceituneras llevaban, además a sus bebés porque tenían que amamantarlos durante la jornada. Los acunaban cerca de una lumbre y empezaban a extender los fardos que inmediatamente empezaban a llenarse con las aceitunas que los vareadores hacían caer a base de palos sobre las ramas, faena que requería una técnica especial que no dañara al olivo.
 
Aquella aceituna, llena de ramas, se cribaba para que el molinero la valorara y fijara el precio en función del grado de limpieza, lo que hacía que se tuvieran que quitar los pegotes de barro, los guijarros o las aceitunas más estropeadas. Después se empezaban a llenar y atar los sacos, que se cargaban a lomos de mulos y burros. Para cuando el sol estaba alto, ya habían salido para el molino indicado varias caballerías con los sacos recogidos hasta el momento. Y se paraba la faena un par de veces para que la gente repusiera fuerzas con la comida preparada a las cinco de la mañana. La bota de vino circulaba y alguna mujer con buena voz entonaba alguna jotilla de aceituneros para tomarse la vida de una forma menos esforzada. Cuando el sol estaba casi llegando al ocaso, la caravana regresaba al pueblo. El cansancio de un día agotador quedaba compensado por los jornales que iban a cobrar, que suponían la subsistencia de toda la familia.
 
Esta rutina cambiaba los días en que, tras el madrugón y la caminata hasta el tajo el cielo decretaba lluvia y todo el esfuerzo resultaba baldío. Los hombres blasfemaban y las mujeres volvían a sus casas empapadas y ateridas, maldiciendo la perra vida que les había tocado.
 
Durante los sesenta, cuando la tragedia de la guerra y el hambre ya eran un mal recuerdo, las casas cambiaron las cuadras de las bestias por una cochera donde aparcaban el Land Rover, el tractor, o el volquete y pronto fueron los seat-seiscientos, los Renault 5 y otros utilitarios los que transportaban a los miembros de la cuadrilla, que se ahorraban dos caminatas y ganaban con ello un buen rato de descanso. Y la gente se fue acomodando y se abandonó la costumbre del esfuerzo titánico: ahora la durísima faena de la recogida de la aceituna se dejaba en manos de los emigrantes africanos, que luchaban contra la miseria con el mismo afán, con el mismo denuedo, que habían puesto los nacionales hasta unos años antes, solo que los nuevos aceituneros hacían su trabajo en unas condicione mucho más precarias, con frecuencia próximas a la explotación esclavista, lejos de su entorno y en medio de un clima de desprecio y rechazo.
 
Se abrieron guarderías para que los niños no se vieran obligados a sufrir los rigores del invierno, se decretaron normas más humanas sobre las condiciones de trabajo, se adaptaron naves industriales como albergue para los migrantes que empezaron a llegar masivamente y se vigiló que tuvieran contratos legales de trabajo, aunque también hubo cosecheros que estafaban abiertamente a los africanos, que para eso eran negros y estaban fuera de su ámbito.
 
Varias décadas después, estos migrantes son, según algunos, los causantes de todos los males, aunque las botellas de aceite de oliva virgen, ahora llamado AOVE cuando es de calidad extra, siguen estando en nuestras cocinas y en las estanterías de los supermercados, como han estado siempre en nuestras mismas vidas, en nuestros paladares y en nuestro recuerdo.
 
Publicado en Ideal del 15/01/2026
 
FOTO: https://www.alertadigital.com