«LA DECEPCIÓN» por Remedios Sánchez

Esta semana no queríamos hablar de Venezuela, pero la realidad -que es santa- manda y marca los temas el hilo de los acontecimientos de los que somos meros cronistas. Los columnistas somos los notarios de la malversación de la esperanza y, claro, esto obliga a referirse a quienes detentan el poder ahora en Norteamérica, con esa soberbia inherente que aplican a todo, llámese el petróleo venezolano, el caos infinito de muerte y destrucción que son Gaza o Irán, o la soberanía de un territorio como Groenlandia, que oficialmente todavía pertenece a Noruega si el señorito no manda otra cosa.

Podríamos sentirnos orgullosos si los garantes de los derechos constitucionales hubieran mantenido la dignidad, pero basta con ver a María Corina Machado regalándole a Donald Trump la medalla acreditativa de su premio Nobel para darnos cuenta de que aquí no es que se hayan perdido las formas y la cordura; es que parece que nunca hubo un fondo moral verdadero que los habilitara para ejercer como pilares de las libertades frente a un régimen dictatorial perverso. Ahora la Academia sueca comprende que nunca fueron solo las convicciones, sino la ambición de poder lo que subyacía en esa voluntad de liderazgo. En medio, el pueblo llano que sufre esta dejación de funciones frente a un tipo convertido en un emperador posmoderno adicto al autobronceador. Si Calígula nombró cónsul a su caballo Incitatus, mister Donald, cualquier día designará presidente de la nación que se le antoje (Canadá, por ejemplo) a Mickey Mouse, sin tener en cuenta el pequeño detalle de que sea un dibujo animado. Pero el gran mérito no estará en el nombramiento, sino en que el resto de líderes empezarían a hacerle genuflexiones y a darle tratamiento de jefe de Estado al ratón de Disney a los quince minutos de la ocurrencia trumpiana.

Es curioso ver hasta dónde ha llegado el temor de los que se consideraban paladines del mundo libre como Inglaterra, Francia o Alemania frente a Estados Unidos. Se podía estar de acuerdo con ellos o no, pero al menos eran capaces de confrontar desde occidente eso que suponen China o Rusia y sus doctrinas tan alejadas de la democracia y los derechos humanos. Pero sucede que, en pocos años, hemos pasado de un escenario donde sabíamos quiénes defendían (más o menos) los valores esenciales asociados a la soberanía popular, a este otro orden donde la situación resulta tan rematadamente absurda, tan patéticamente delirante, que una acaba por pensar si verdaderamente estamos acercándonos a la reformulación del inicio de una tercera Guerra Mundial, con este modo de comportarse que recuerda al bandolerismo español del diecinueve (a medio camino entre lo urbano cañí y la serranía andaluza, entre Luis Candelas y José María el Tempranillo), o si simplemente han perdido todo el pundonor a fuerza de hacerle la pelota al señorito anaranjado. Porque no se trata de declararle la guerra sino de ponerle límites a un señor con un botón nuclear que se comporta como un niño caprichoso porque desconoce los principios elementales que se sustentan en el respeto. Si no, nadie podrá dormir tranquilo en adelante. Máxime si tiene petróleo, tierras raras o una posición geoestratégica como España. Es la consecuencia de depender de una clase política global que ha perdido la decencia y los ideales éticos fundamentales que siempre fueron la base del verdadero servicio público.

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