«Fallece el atarfeño Mariano Poyatos Augustín» por José Enrique Granados
El atarfeño Mariano Poyatos Augustín colaborador de este periódico digital ha fallecido y le recordamos son este artrtículo que ha publicado José Enrique Granados en su Gacetilla y curiosidades Elvirenses. Descanse en paz
Me comunican que, en el dia 1 de Febrero, falleció en Almería el atarfeño Mariano Poyatos Augustín, en donde hoy se ha celebrado su sepelio.
En la actualidad jubilado, Mariano trabajaba en la Organización Nacional de Ciegos. Vivía en la ciudad donde ha muerto, aunque anteriormente lo hizo en Cádiz y Sevilla. Muy activo en redes sociales, Atarfe siempre estaba en su horizonte. Aunque mayor que yo, de él recuerdo sus visitas al pueblo, siendo la barbería de mi padre uno de los lugares en donde recalaba para departir con los amigos. Con sutil escritura, Mariano nos ha regalado en los últimos años bellos escritos, algunos autobiográficos como el que vamos a publicar en esta gacetilla en su memoria. Que la Tierra te sea leve.
<<Fue en esta madrugada de hace setenta años, cuando sucedió, lo aquí relatado.
Ante todo, mi reconocimiento y admiración a mi madre, qué, con su esfuerzo y sentido común supo conducir con acierto una discapacidad en condiciones desfavorables.
Atarfe, 14 de noviembre de 1953
En esa noche, la madrugada no quería definirse. Por el Temple llegaban aguaceros tan frecuentes que las madres del Rao anegaban los Partidores. El número uno de la calle Gran Capitán estaba muy inquieto; las mujeres no paraban de calentar agua en la chimenea. El tejado de madera y caña resistía bien la fuerza de la lluvia, aunque el frío no quería perderse el espectáculo y penetraba suavemente por los tablones grises de la puerta. En la habitación que daba a dos calles, la joven, de veinticuatro años, yacía en un colchón blandeado con hojas de maíz:
– ¿Y la partera?… ¡Éste ya está aquí! -.
La lluvia repiqueteaba con intensidad en los cristales; de alguna forma también deseaba llamar la atención. Tres mujeres tenían preparadas las zafas con el agua caliente. Una de ellas, la más decidida, comenzó a impartir órdenes a la joven que se retorcía de dolor:
– ¡Respira…aprieta con todas tus fuerzas! –
La habitación franqueada por una cortina azul con arabescos iba cediendo el paso a las vecinas:
– ¡Velas…vamos a necesitar velas, la luz parpadea y la tormenta no cesa! -.
Otra mujer, envuelta en una toquilla, tomó las tenazas de la chimenea y con un tizón iba encendiendo las velas que se depositaban en las palmatorias. Después de unas interrupciones cortas en el fluido, la luz se fue definitivamente.
En uno de los esfuerzos, por fin apareció la cabeza. Entonces la mujer fue sacando, con cuidado el resto del cuerpo. Con el nerviosismo propio del momento, pronunció, involuntariamente esta sentencia:
– ¡Al menos, este niño se manejará muy bien en la oscuridad! -.>>
Gacetilla y curiosidades elvirenses