«HABLAR DEL TIEMPO» por Remedios Sánchez
Afirmaba mi abuelo que, en España, lo más seguro para evitarse líos era hablar del tiempo.
Él, que tuvo que luchar en la batalla del Ebro porque allí lo mandaron, que luego regresó andando a su Albox natal para ver morir a cuatro hijos pequeños por enfermedades diversas, comprendió pronto, en los años oscuros de palo y tentetieso, que la función del pobre de campo era aguantar entre siembra, trilla y azada, entre borricos cargados de alfalfa y unas pocas gallinas alborotando la tarde. Es decir, entre el sacrificio y la paciencia infinita de quien espera que, alguna vez, lo alcance la justicia.
De esta manera, los de su generación aprendieron a resistir hasta que, entre todos, alzaron la democracia, que es la oportunidad del pueblo de escoger con su voto un modelo de gestión aplicado por ideologías que asuman el sentido hondo que encierra la Constitución de 1978.
Pero, casi cuarenta años después de que se apagara su voz serena y clara de anciano venerable recordando verdades inmensas de sufrimiento como quien no quiere la cosa, parece que la climatología vuelve a ser el único tema seguro en el que somos capaces de ponernos de acuerdo. Y, mientras, estas últimas semanas llueve y llueve destruyendo el paisaje en los labrantíos y desbaratando las calles ciudadanas de hormigón y prisas; pero antes, mucho antes, un diluvio extremista alcanzó el alma del paisanaje, que está acabando por no comprender nada. Ni siquiera la furia pertinaz de la naturaleza.
Es decir, que esta piel de toro curtida por el sol y las tormentas sigue avanzando a golpes de sequía que asfixia la tierra, o de borrascas que arrasan los pueblos, ahogándolos sin posibilidad de amparo; y también de mutismos que duelen o de gritos que ofenden. Perpetuamente habitando los extremos por la ausencia de capacidad para edificar diálogos respetuosos. Así explicaba Bismarck la fortaleza de esta nación: “Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido”. Entusiasmo no parece faltarnos porque, desde los Reyes Católicos, no hay periodo largo en que no andemos ocupados en confrontar a voces o a palos, en malversar el valor auténtico del concepto concordia, que desde luego no tiene nada que ver con ese uso manipulado que hacen los radicales con voluntad de apropiarse de un espacio de autenticidad, de compromiso, de ética y de memoria. Es decir, de asuntos cuyo significado desconocen.
De nuevo estamos avanzando para ser los “hunos y los hotros”, que diría Unamuno para referirse al odio que se siembra y crece feraz en cada casa. Por eso, quedarse callados equivale a mentir, porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia, que ya dijo también don Miguel en aquel discurso del 12 de octubre de 1936, con Millán Astray vociferando de fondo. Es decir, que nuestros ancianos tenían derecho a callarse y a tener miedo, puesto que les habían aniquilado hasta las palabras precisas. Pero nosotros, hijos de la democracia, herederos de una época en la que ha funcionado el ascensor social y los derechos ciudadanos (sanidad, educación, asuntos sociales y acceso a la cultura), no.
Para ser decentes, tenemos la obligación de proteger su legado asegurándonos de que hablar de meteorología no implica la ignominia de acallar el pensamiento divergente pero constructivo y de sostener cada mañana la urgente reivindicación de una imprescindible libertad sin ira.
FOTO: https://ghmartinez.blogspot.com/2017/04/vencereis-pero-no-convencereis-el.html