15 febrero 2026

«Ensayo clínico sobre el amor enamorado» por JAVIER CASTEJÓN Médico y escritor

Ideal ofreció ayer una columna que une el análisis inteligente de lo que supone el amor para la neurociencia y la sensibilidad para tocar el tema del día de los enamorados al margen de lo comercial:

 
Cada 14 de febrero el calendario se ruboriza. Corazones de cartón, flores apresuradas, promesas envueltas en celofán. Pero el amor no nació en una fecha comercial ni en un escaparate. Nació mucho antes, cuando el ser humano descubrió que la soledad no bastaba. Que necesitaba del otro no solo para sobrevivir, sino para desear, para reconocerse en una piel ajena, para verse reflejado en una mirada que se enciende y confirma que existe.
 
La tradición sitúa el origen del Día de los Enamorados en Valentín de Roma, un médico, detalle casi siempre obviado, que desafió al poder casando en secreto a jóvenes soldados. En tiempos del emperador Claudio II, el matrimonio estaba prohibido: se creía que los hombres enamorados combatían peor, que el deseo los volvía vulnerables, más atentos al recuerdo de un cuerpo amado que a la disciplina de la guerra. Valentín sostuvo lo contrario: que el amor no debilitaba, sino que daba arraigo y sentido. Por esa desobediencia íntima fue ejecutado un 14 de febrero del año 269.
 
Desde entonces, el amor quedó ligado a la clandestinidad, a la transgresión dulce y al riesgo. Quizá por eso sigue inquietando tanto: porque amar implica siempre una forma de insumisión frente a lo establecido. Porque amar nunca ha sido un acto inocente.
 
La neurociencia contemporánea ha entrado en el territorio del amor con microscopios y resonancias, y ha confirmado algo perturbador: enamorarse no es una metáfora, es un estado biológico identificable. Cuando deseamos, el cerebro se ilumina como una ciudad en fiesta. Se activan regiones profundas: el sistema límbico y el núcleo accumbens. Y se desencadena una cascada de neurotransmisores que altera la percepción del tiempo, del riesgo y del propio cuerpo.
 
La dopamina empuja, promete, fija la atención en un gesto o una voz. La noradrenalina acelera el pulso, enciende la piel, roba el sueño. La serotonina desciende, y con ella la prudencia. Por eso el enamorado razona menos y siente más. Por eso el amor se parece a una forma benigna de locura. Y la oxitocina, la hormona del apego, sella el vínculo: invita a quedarse, a tocar, a confiar, incluso cuando la razón aconsejaría huir.
 
El cerebro no pregunta si conviene. El cuerpo decide. La razón llega después, si llega.
 
Mucho antes de que la ciencia pusiera nombre a las neuronas espejo o a los circuitos de recompensa, los poetas ya habían cartografiado el amor con asombrosa precisión. Gustavo Adolfo Bécquer lo resumió en una frase imposible de mejorar: «Poesía… eres tú». No hablaba solo de belleza, sino de reconocimiento, de ese instante en que el otro se vuelve centro de gravedad.
 
Federico García Lorca entendió que el amor no es solo gozo, sino herida. «El amor duerme en el pecho del poeta», escribió, porque sabía que amar es exponerse, abrirse a la posibilidad del placer y también del dolor. La neurociencia lo confirma: la misma amígdala cerebral que gestiona el miedo se activa cuando amamos. Por eso el deseo da vértigo. Por eso nadie ama sin temblar.
 
Desde un punto de vista evolutivo, el amor no es un lujo sentimental, sino una estrategia de supervivencia. El vínculo protege, cuida y cohesiona. El contacto reduce el estrés, modula el sistema inmunitario y amortigua el dolor. No es casual que la soledad prolongada enferme y que la cercanía cure. Pero el amor no se deja domesticar del todo. No obedece a algoritmos ni a manuales de autoayuda. En una época obsesionada con el control y la eficiencia, el deseo sigue siendo una zona salvaje. Se cuela por las rendijas de la voluntad y desordena la agenda. Nos vuelve vulnerables, menos productivos quizá, pero más humanos.
 
Amar es perder control y ganar sentido. Por eso San Valentín no es solo un icono romántico. Es el símbolo de una intuición profunda: que el deseo compartido construye humanidad. Tal vez el Día de los Enamorados debería servir para algo más que intercambiar regalos. Tal vez debería recordarnos que estamos biológicamente hechos para vincularnos, que el «yo» aislado es una ficción reciente y frágil. Que amar es también una forma de resistencia frente a un mundo cada vez más frío y fragmentado. La ciencia explica cómo sucede el amor. La poesía explica por qué importa. Entre ambas se tiende un puente invisible: el que une la neurona con el verso, el impulso eléctrico con la palabra, el latido con el significado.
 
Y quizá ahí resida la verdad más honda de San Valentín: que amar no es solo sentir, sino atreverse. Atreverse a salir de uno mismo. Atreverse a depender. Atreverse a vivir con el corazón, ese músculo obstinado y un poco desprotegido. Porque, al final, como intuían los poetas y ahora confirma la ciencia, no estamos hechos para estar solos. Estamos hechos para amar, aun sabiendo que amar siempre comporta un riesgo. Bendito riesgo