23 febrero 2026

«TEORÍA DEL PSICOPATA» por Remedios Sánchez

Buenas palabras de cara a la galería y retorcidos los gestos en las distancias cortas, que es cuando se revela la verdad de una persona, la figura del psicópata no es ni novedosa ni infrecuente.

Existe desde el principio de los tiempos, y en ella se funda la distinción entre el bien y el mal: la esencia de las dos formas de afrontar la vida. Esto es, que puede hacerse desde la responsabilidad, aprendiendo a gestionar las frustraciones y a comprender que nuestros deseos no pueden imponerse sobre los de los demás, o desde la perversión manipuladora, que arrasa con todo a su paso, como Othar, el caballo de Atila. Los psicópatas campan a sus anchas con un halo de carisma, hasta que se les ponen límites. Entonces revelan su auténtica naturaleza, siempre dispuesta a consumar sus ambiciones o apetencias, eternamente dispuestos a herir con la ruindad propia de la negritud de su alma.

No son dementes, conste; lo suyo es una actitud vital: considerarse el centro del cosmos. Narcisistas y ambiciosos, son proclives al servilismo ante los poderosos y a la tiranía frente a los débiles. Así pueden conquistar espacios de dominio, pero, como carecen de medida y autocontrol, los pervierten hasta el extremo: destruyen el trabajo y el esfuerzo ajenos, practican el maltrato psicológico o físico, y despliegan su avasalladora agresividad en todas sus variantes. Es en ese instante cuando desnudan la ira que tenían escondida tras una sonrisa almibarada que nunca llegaba a los ojos.

Porque en la mirada (en alerta constante, vigilando cada movimiento, nunca sostenida) es donde empieza a evidenciarse cómo proceden. Lo suyo no es la brutalidad cotidiana del matón reconocible sino algo mucho más siniestro, más oscuro, más sutil. De esta manera la presa no intuye el peligro hasta que ya es demasiado tarde y está atrapada, sometida su voluntad. Es decir, hasta culminar la vileza pretendida que, para ellos, nunca lo es, porque su amoralidad les permite perpetrar cualquier ignominia para alcanzar sus fines y, naturalmente, culpabilizando después a la víctima. Cazadores al acecho, están en todas las profesiones imaginables: del que rotura la tierra moviendo las lindes para apropiarse un metro más, al empresario exitoso, pasando por políticos, aristócratas, médicos, panaderos, docentes o juntaletras. Y también policías, claro.

El masculino aquí es el genérico de la RAE, conste, porque el rol pueden ejercerlo ellos y ellas, tanto da. Aunque sean mayoritariamente varones. Por tanto, no depende de un estrato social, cultural ni de género; es de conducta aprovechando su prevalencia cuando trata de impedírseles que se salgan con la suya. Por eso se les suele identificar tarde, una vez que la perfidia está consumada y la víctima ha quedado marcada para siempre. De ahí que, en ocasiones, los agresores triunfen ratificándose en su omnipotencia; pero, en otras, se produce la denuncia con pruebas y llega el escándalo.

En este momento es cuando se descubre que siempre hubo conocedores de sus hábitos que, o bien cooperaban, o bien miraban para otro lado. Es decir, que hay muchos canallas cómplices por acción o por omisión de socorro, hasta que alguien valiente, aún a riesgo de inmolarse, dice basta y pone fin a la depravación. Y ahí es donde reside el problema, en quienes han legitimado la impunidad  para sembrar el terror y convertir la existencia de otros en un infierno.