«OTRA GUERRA MÁS» por Remedios Sánchez
La guerra, las guerras en general, sólo satisfacen a dos tipos de individuos: a los psicópatas y a los traficantes de armas.
A los segundos resulta fácil reconocerlos siguiendo los regueros de sangre que dejan tras de sí; a los primeros, sentados en despachos a cientos de miles de kilómetros, ni los atisbamos, aunque son siempre los que ganan aplicando una estrategia casi infalible: sitúan al matón de turno al frente, le hacen creer que decide, lo jalean discretamente y lo dejan entretenerse. O sea, que unos ponen los misiles y otros ponen los muertos.
Sucede desde el principio de los tiempos: romanos frente a cartagineses, los mongoles intentando arrasar la cultura china, las dos guerras mundiales, Vietnam, el Golfo Pérsico, Irak o Siria, hasta alcanzar Irán. Y no mencionaremos África para no convertir esto en las Páginas amarillas. Es decir, la ambición de controlar al otro (que normalmente es el malo) es una constante en el proceder humano.
El problema reside en que en ocasiones cuesta distinguir entre ambos bandos a ese malo, al peligro mayor para una sociedad civil que, milagrosamente, sigue horrorizándose con las bombas. Pero no como pose táctica buscando rédito electoral o beneficios en sus acciones del IBEX.
Aquí nos referimos a la gente normal, la que se solidariza con el sufrimiento ajeno: la jubilada con una pensión mínima, el chaval que esta mañana sube a clase, la limpiadora de mi escalera (tres niños, su pareja en paro) o el taxista que me acerca al trabajo. A quienes piensan que el mundo está en manos de unos locos, no como diagnóstico de trastorno mental, sino como forma de expresar que el futuro común está en manos de quienes representan la anormalidad envilecida sistémica, la degeneración que siempre conduce al desastre. Vida o muerte para millones de personas, igual que Nerón haciendo el gesto del pulgar arriba o abajo en el Coliseo romano, pero veinte siglos después, en la era de la civilización más sofisticada, por decirlo así.
Determinados países que ignoran sistemáticamente los derechos humanos (y ahí caben tanto Irán como Israel; antes Siria, Afganistán, Somalia y tantos otros que se olvidan cuando el foco geopolítico cambia de ubicación) encarcelan, humillan o masacran a su ciudadanía y, curiosamente, aquí estamos nosotros, solidarizándonos según el momento.
Cada vez que ha habido una contienda internacional, la que sea, España la ha perdido porque, aunque fastidie, en el tablero mundial somos poco más que una mosca inoportuna en una tarde veraniega (y eso por las bases de Rota y Morón) para los que deciden quiénes debe morir y cuándo. Esto es, para EE.UU., Rusia o China, con la cautelosa pasividad de Alemania, Reino Unido o Francia, mientras otros dan saltitos para hacer notar su existencia (léase Italia).
Evidentemente, posicionarse claramente con un no rotundo a la guerra es lo razonable para cualquiera que tenga un mínimo de dignidad, de ética y de decencia. Precisamente Gloria Fuertes, en un poema de 1954, declaraba que ella quiso ir a la guerra para pararla, pero la detuvieron a mitad de camino. Ahí reside la clave: en quién puede reconducir el caos. Más allá del oportunismo, la cuestión es quién puede frenar esta nueva tragedia global y, sobre todo, cómo lo logra. Porque se ha dejado crecer tanto a las alimañas que erradicarlas ahora es poco menos que una utopía.
FOTO: TELEMUNDO DE NUEVO MÉXICO