«EL DISCURSO DEL PAPA» por Remedios Sánchez
En tiempos de inteligencia artificial, nos salva la palabra.
No es una frase retórica; es la constatación de que la dignidad de la persona se sostiene en la capacidad de nombrar el mundo con sentido y equilibrio, siempre que no desmantelemos el proceso sociohistórico de construcción social que sostiene los valores humanistas. Lo viene advirtiendo, entre otros, León XIV desde hace tiempo, y cada día se revela con mayor claridad como un diagnóstico certero de lo que somos: una comunidad que corre el riesgo de perder su alma en medio del ruido y la polarización.
De ahí que esta visita papal a España haya venido a completar ese discurso no solo con palabras, sino con gestos claros que delimitan un modelo de estar en el mundo. Es decir, su presencia en espacios muy concretos (por su doble cualidad de Jefe de Estado y pontífice católico) ha funcionado como un espejo incómodo que nos incita a todos, católicos o no, a tomar conciencia de la fractura social que están provocando la crispación y la hipocresía exacerbadas. No son problemas religiosos; son puñaladas certeras a los pilares fundamentales de la convivencia. Y en eso debieran estar los verdaderos líderes (caso de haberlos), en regenerar la situación político-social en vez de fomentar la radicalización como acostumbran. Porque la confrontación es ya en un deporte nacional que se practica con maestría desde el Congreso de los Diputados hasta el bar de la esquina, pasando por esas tertulias televisivas que nos devuelven reactualizada aquella sentencia de Hobbes de que el hombre es un lobo para el hombre, con el fingimiento añadido cuando viene alguien de fuera.
El momento culmen lo tuvimos el lunes pasado cuando todos los grupos políticos -salvo el ausente Podemos- aplaudieron vehementemente el discurso del obispo de Roma fundamentado en tres claves: una, “la firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”; dos, “allí donde una persona es discriminada por su origen se vulnera el principio de la igual dignidad de todos los seres humanos”; y, tres, la necesidad de “superar la teoría de la ‘guerra justa’, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto”.
Y este ideario lo han ovacionado durante siete minutos los mismos que han transformado el lugar donde residía la soberanía popular en el campo de batalla del “y tú más”; los que desprecian a los inmigrantes y promueven, sin que se les caiga la cara de vergüenza, esa cosa ignominiosa que denominan “prioridad nacional”; o los que justifican o callan ante conflictos que nunca -jamás- pueden ser justos desde el instante en que se derrama sangre.
Qué brillante ejercicio de hipocresía y fariseísmo, qué oportunidad perdida para algunas de sus señorías de aquí y allá porque, aunque León XIV no haga milagros, sí que nos ha revelado nuestras incongruencias más hondas y nuestras miserias colectivas (también las individuales, conste).
Ahora bien, lo trascendental es que su mensaje interpela a creyentes y no creyentes, a quienes buscan en la espiritualidad un horizonte y también a quienes solo reclaman un mínimo de decencia pública, porque cualquier otro camino es una deriva que aniquila lo que roza. Es decir, a una mayoría ciudadana. Porque lo que afronta ahora mismo España no es una cuestión de fe; es una cuestión de supervivencia ética.
FOTO: EUROPA PRESS