Se dispuso a cerrar el año laboral. Rechazaba lo del cambio climático, la realidad es otra. Cerró los asuntos y dispuso convertirse en veraneante.

La autovía, aquella que tardaron varios lustros en diseñar y construir y otros tantos en arreglar los desaciertos de quienes decidieron trazarla por donde mejor les rentaba, estaba atestada de otros aspirantes al veraneo. En apenas un par de décadas se había quedado estrecha, peligrosa, minúscula; y regresaron aquellas milagrosas soluciones de tres por dos -carriles-.

Al llegar e insuflar sus pulmones de los aires que habrían de limpiar cuerpo y mente comprobó que hacía calor, mucha; pensó que siempre había hecho calor en verano, que cuando era chico, lejanos tiempos de piedras y perros en las calles, de cantos de cigarra y polvo en los caminos, también hacía un calor de mil infiernos; pero luego, un baño en el río o en la alberca refrescaba cuerpos y ambientes. Ahora todo parecía diferente.

Serían los años, porque los niños no tenían puntos temporales de referencia, quizás por eso salían poco de las casas y quedaban arrestados con video juegos y otros aparatos, atados a la soledad compartida de las redes. Ahora que todos querían ser Lamine Yamal, y que sus padres les negaban por aquello del color e inmigración, entraban en una contradicción eterna, porque su ídolo no era el ídolo que sus padres querían para ellos; el dinero sí, pero con otro matiz de piel.

Apolonio se puso su traje de veraneante, miró al paseo, vio cáscaras de pipas, puestos de vendedores de camisetas blancas de la selección, gentes paseando sin prisas y se dispuso a respirar hondo para olvidar que cuando regresara ya sería otra temporada laboral, otro año, otros objetivos, pero la misma vida con un verano menos. Apolonio ya estaba de vacaciones.