Autosabotajes de la educación
Si lo pensamos con heladora calma, nuestro sistema educativo no ha fracasado, sino que más bien ha alcanzado sus consecuencias lógicas. Y, por lo tanto, ha sido un espantoso éxito.
Llevamos mucho tiempo, a nivel local y global, desvalorizando las humanidades como campos de conocimiento, pese a ser los más transversales, cívicos y útiles para entender nuestra sociedad. Arrinconando la filosofía, madre de todas las inteligencias, hasta borrarla casi de los programas de estudio. Erradicando las lenguas clásicas, base estructural de nuestra habla, de la formación lingüística de la juventud. Subestimando la importancia de las disciplinas artísticas, que podrían transformar las aulas en centros creativos. Y, por supuesto, reduciendo drásticamente las lecturas escolares. ¿En qué demonios consiste entonces la sorpresa ante los resultados del informe PISA, y por qué nos llevamos las manos a la cabeza cuando comprobamos la caída masiva de la comprensión lectora?
Existen, por supuesto, otros factores no menos relevantes. En su momento se sobreactuó la presencia oficial de las nuevas tecnologías en las aulas, introduciéndolas en procesos de aprendizaje que funcionan mucho mejor sin ellas en los años de formación. A la vez, los métodos de evaluación en todos los niveles fingen la inexistencia de esas mismas tecnologías. Qué bien nos vendrían hoy herramientas de larga trayectoria como las clases de retórica o los exámenes orales, al estilo de esa antigua Grecia cuya lengua se olvida en los programas. Que el alumnado viva enganchado a las pantallas no es razón para seguir bajando el listón de la lectura sino, al contrario, para hacer de ella una fuerza compensatoria.
Lo resumió el otro día, con sutil sentido común, el filósofo Peter Sloterdijk: más allá de sus inmensos daños laborales y peligros bélicos, la IA genera una sensación de inutilidad con respecto a las capacidades de las personas. Lo cual provoca y agudiza dichas incapacidades, cuestionando por tanto el sentido mismo del estudio. Habrá quien responda que la IA puede también convertirse en una poderosa herramienta de estudio. Pero, precisamente para utilizar con inteligencia esa herramienta y no ser utilizados por los intereses que la fabricaron, necesitamos una formación previa que no dependa de ella.
Capítulo aparte merecería la esclavización burocrática a la que se somete al cuerpo docente, lo cual redunda en una pérdida de motivación y calidad. ¿En qué momento las administraciones confundieron la transparencia documental con la robotización metodológica, la innovación con la distracción? De nuestro maltratado personal educativo, igual que del sanitario, depende literalmente el futuro. Provoca escalofríos que, en vez de cuidarlos y facilitar sus delicadas tareas, se los siga precarizando.
El futuro no está escrito de antemano. Pero, si queremos escribirlo, hace falta dejar la voz pasiva para ponernos manos, cabezas y palabras a la obra.
Andrés Neuman
foto: Los peques acceden al colegio San José por un arco de globos el día del inicio de curso. (Pepe Marín)
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