«No todo vale contra quien piensa distinto» por Manuel Martín
Hay debates que enriquecen la democracia y otros que terminan degradándola. Cuando la discrepancia se convierte en insulto y, además, incorpora el machismo como forma de humillación, conviene detenerse y preguntarnos qué clase de convivencia estamos construyendo
Hay asuntos sobre los que uno siente la necesidad de escribir. Lo ocurrido estos días con María Márquez es uno de ellos. María Márquez, vicesecretaria general del PSOE de Andalucía y portavoz socialista en el Parlamento andaluz, ha decidido volver a acudir a la Justicia después de denunciar nuevos insultos y vejaciones de carácter machista recibidos a través de las redes sociales. No es la primera vez que lo hace. Ya en 2025 presentó una denuncia ante la Fiscalía por ataques de esta naturaleza, que posteriormente fue archivada. Ha dejado claro que no está dispuesta a asumir este tipo de comportamientos como una consecuencia inevitable de dedicarse a la política.
Creo que merece la pena detenerse un momento en esto.
No para entrar a valorar las posiciones políticas de María Márquez, ni para anticipar lo que corresponde determinar a la Justicia. No me corresponde hacerlo. Una denuncia no es una sentencia y las garantías deben funcionar para todos.
Pero tampoco creo que la prudencia institucional deba llevarnos a mirar hacia otro lado cuando una persona que ejerce una responsabilidad pública denuncia que está siendo objeto de insultos y vejaciones de esta naturaleza.
No sé qué pensará quien lea estas líneas de María Márquez, de su partido o de su manera de hacer política. Tampoco necesito saberlo. Precisamente ahí está, para mí, una parte importante de la cuestión.
Podemos discrepar profundamente de una persona y, al mismo tiempo, considerar inaceptable que sea objeto de determinadas formas de humillación. Podemos criticar sus decisiones, discutir sus palabras, cuestionar sus planteamientos y no compartir una sola de sus ideas. Todo eso forma parte de la democracia. Lo que no deberíamos hacer es confundir la discrepancia con el desprecio.
Porque una cosa es asumir la crítica que inevitablemente acompaña a quien ocupa un espacio público. Otra muy distinta es aceptar que la crítica pueda convertirse en humillación personal.
Y aquí aparece la pregunta que, a mi juicio, este caso nos coloca delante y que va mucho más allá de una persona o de un partido: ¿somos capaces de respetar al que piensa distinto cuando ese respeto no nos resulta fácil?
Quienes tienen responsabilidades públicas están expuestos a la crítica. Deben estarlo. Un político tiene que aceptar que sus decisiones sean discutidas y que, en ocasiones, la crítica sea dura. Una democracia en la que nadie pudiera cuestionar a quienes gobiernan o representan a los ciudadanos sería una democracia empobrecida.
Yo no quiero una sociedad sin conflicto político. Quiero una sociedad en la que podamos tener mucho conflicto político sin perder por el camino el respeto por quien tenemos enfrente.
Porque una cosa es decirle a alguien que se equivoca y otra muy distinta tratar de humillarlo. Una cosa es combatir una idea y otra convertir a la persona que la sostiene en el objetivo del insulto. Y cuando eso se repite, se comparte o incluso se celebra, el problema empieza a tener que ver con aquello que estamos dispuestos a tolerar entre todos.
Hay algo más en el caso de María Márquez que tampoco deberíamos pasar por alto. Ella habla de ataques machistas. Y merece la pena detenerse ahí, sin exageraciones y sin generalizaciones.
No toda crítica a una mujer es machismo. Las mujeres que ejercen responsabilidades públicas no deben estar sometidas a un nivel menor de exigencia ni necesitan un trato distinto ante la crítica. Tienen que poder ser cuestionadas por lo que hacen y por lo que dicen, exactamente igual que cualquier hombre.
Pero también creo que debemos hacernos una pregunta: ¿qué ocurre cuando quien piensa diferente es una mujer?
Porque, en ocasiones, al desacuerdo político se añade algo que va más allá de las ideas: el recurso al machismo, a la sexualización o a la descalificación personal precisamente por ser mujer. Entonces el ataque adquiere otra dimensión. Ya no se está cuestionando solamente lo que esa mujer dice o hace, sino que se está utilizando su condición de mujer para intentar rebajarla.
Y eso no debería formar parte de las reglas del debate público.
No significa que una mujer que ocupa una responsabilidad pública deba ser tratada con menos exigencia. Significa que debemos exigir lo mismo a todos: que se juzgue a cada persona por sus decisiones, por sus palabras y por su actuación, y no que se utilice su condición personal como una forma de degradarla.
Creo que también aquí tenemos una responsabilidad colectiva: aprender a distinguir. No todo insulto es machismo, pero tampoco todo insulto dirigido a una mujer debe quedar automáticamente protegido bajo la etiqueta de «debate político».
Y esto no va solo de María Márquez. Va de cualquiera que decida participar en la vida pública y tenga que enfrentarse a un clima en el que el insulto termina pareciendo el precio inevitable de tener una opinión. Va de quien escribe un artículo, de quien ocupa una concejalía, de quien representa a un partido o, sencillamente, de quien expresa en las redes sociales algo que a otros no les gusta.
Desde mi responsabilidad como Defensor de la Ciudadanía, esta cuestión me preocupa especialmente.
Mi responsabilidad no es defender a un partido ni entrar en las disputas entre formaciones políticas. Tampoco decidir quién tiene razón en cada controversia. Mi responsabilidad es recordar que hay unos principios de convivencia que deben servir para todos, también cuando no pensamos igual.
Por eso creo que, en este caso concreto, podemos escuchar lo que María Márquez está denunciando sin necesidad de compartir sus ideas políticas. Y lo mismo diríamos si quien sufriera estos ataques fuera cualquier otra mujer, con independencia del partido al que perteneciera. Podemos esperar a que la Justicia determine lo que corresponda y, al mismo tiempo, decir que la humillación, el acoso y los ataques de carácter machista no deberían formar parte de la vida pública de nadie.
No hace falta llevarnos bien. No tenemos que estar de acuerdo. Ni siquiera tenemos que entendernos siempre.
Pero sí tenemos que poder convivir.
Y para convivir necesitamos algo tan básico que a veces parece necesario volver a decirlo: podemos pensar diferente y tenemos que respetarnos.
No sé qué determinará finalmente la Justicia sobre los hechos denunciados por María Márquez. No me corresponde anticiparlo. Sí sé, como Defensor de la Ciudadanía, que no me gustaría que ninguna persona tuviera que abandonar la vida pública porque otros hayan decidido que discrepar significa insultar, humillar o acosar.
Y tampoco me gustaría que defender ese límite significara ponerse del lado de unas siglas. No.
Significa ponerse del lado de algo que está por encima de ellas: el derecho de cada ciudadano a pensar distinto sin dejar de ser tratado con dignidad.
Ese, al menos, debería ser un límite que pudiéramos compartir todos.
MANUEL MARTÍN DEFENSOR DE LA CIUDADANÍA
FOTO: IDEAL
https://www.ideal.es/opinion/manuel-martin-garcia-vale-piensa-distinto-20260913232754-nt.html