‘Granada presume de choperas… pero no las apoya’
Un excelente artículo de Antolino Gallego Molina, catedrático de la Universidad de Granada, al hilo de la formidable ilustración de Sergio García en la presentación de Granada 2031. Imprescindible.
Granada ha superado el primer corte en la carrera por convertirse en Capital Europea de la Cultura 2031. Es, sin duda, una excelente noticia para la ciudad y para su proyección internacional. La candidatura presentada ante la Unión Europea se acompañó además de un gesto brillante del dibujante Sergio García Sánchez, que en pocos segundos sintetizó con un dibujo la esencia de la ciudad. Mientras trazaba la escena, resonaban los versos del poeta granadino Luis García Montero: «Esta ciudad se rompe sobre las alamedas, bajo los últimos picos donde la nieve aguarda que suba el mar, que nazca la marea».
No es casual. Las choperas forman parte del paisaje histórico de Granada. Durante generaciones han acompañado acequias, caminos y cultivos, configurando una imagen reconocible del territorio. Son, además, un cultivo singular
En esa imagen aparecen tres elementos que definen el imaginario granadino: las cumbres de Sierra Nevada, el mar como horizonte simbólico y, en primer plano, las choperas de la Vega de Granada.
No es casual. Las choperas forman parte del paisaje histórico de Granada. Durante generaciones han acompañado acequias, caminos y cultivos, configurando una imagen reconocible del territorio. Son, además, un cultivo singular: fijan carbono, albergan una apabullante biodiversidad, protegen el suelo, regulan el agua y proporcionan madera renovable. Pero también tienen un valor cultural evidente, porque ese paisaje vertical de los chopos que tanto inspiró la vida y obra de Lorca es parte de la identidad visual de la Vega y de Granada.
Precisamente por eso llama la atención una contradicción cada vez más evidente.
Las choperas aparecen en el relato cultural de Granada cuando conviene representar el territorio, pero desaparecen cuando se habla de políticas agrarias o de incentivos para quienes las cultivan. Se utilizan como símbolo, pero no como prioridad agraria ni industrial.
La realidad es que el cultivo del chopo atraviesa un momento de positiva transformación gracias al proyecto LIFE Madera para el Futuro abanderado por los propios choperos y choperas como ejemplo de resistencia, ilusión y conocimiento, pero bajo una importante amenaza
En muchas zonas de la Vega su superficie se ha ido reduciendo progresivamente, sustituida sobre todo por el olivar extensivo, un cultivo que cuenta con ayudas directas y un marco de apoyo claro dentro de la política agraria. Frente a ello, las choperas no disponen de instrumentos financieros específicos que reconozcan los servicios ambientales y territoriales que generan.
No se trata de oponer cultivos que tienen su propia lógica económica y agraria. Pero sí de señalar un desequilibrio evidente: mientras algunos sistemas agrícolas reciben apoyo estructural, otros que aportan beneficios ambientales, paisajísticos y que son usados como reclamo propagandístico y cultural, quedan fuera de ese reconocimiento.
Mientras algunos sistemas agrícolas reciben apoyo estructural, otros que aportan beneficios ambientales, paisajísticos y que son usados como reclamo propagandístico y cultural, quedan fuera de ese reconocimiento
Y sin embargo, el valor de las choperas es cada vez más evidente en el contexto actual. Europa habla de bioeconomía, biodiversidad, mitigación de cambio climático, de materiales renovables y de gestión sostenible del territorio. La madera, en particular, se perfila como un recurso estratégico para reducir la huella de carbono y avanzar hacia modelos productivos más circulares. En ese escenario, el chopo no es un cultivo del pasado. Puede y debe ser perfectamente un cultivo de futuro.
Granada, de hecho, tiene condiciones excepcionales para ello: tradición productiva, conocimiento técnico y un paisaje que ya forma parte de su relato cultural. Todo eso constituye una oportunidad para vincular territorio, economía y sostenibilidad.
Por eso resulta llamativo que, cuando Granada se presenta ante Europa como capital cultural, recurra a la imagen de las choperas sin que exista una política decidida para fortalecer su continuidad en el territorio. Si forman parte del paisaje que se quiere mostrar al mundo, también deberían formar parte de las políticas que cuidan ese paisaje.
Las administraciones públicas tienen herramientas para hacerlo: reconocer los servicios ecosistémicos que prestan estos cultivos, facilitar su gestión o promover el uso de madera local en la construcción pública. No se trata de grandes gestos simbólicos, sino de decisiones coherentes con el discurso territorial y ambiental que hoy se defiende en toda Europa.
Porque la cultura de una ciudad no se construye solo con festivales, museos o programas internacionales. También se construye con su territorio, con sus paisajes productivos y con las actividades y las personas que los mantienen vivos. Ya lo cantaba Juan C. Aragón, filósofo, profesor, poeta, escritor, trovador y músico gaditano, “menos rollos de verdes mares, de campiñas y de olivares, que así luego nos luce el pelo”.