No tengo un recuerdo de mi niñez en el que me considere un niño especialmente travieso. O al menos eso me gusta pensar. Pero sí me reconozco en esa persistente habilidad para tensar la cuerda del ánimo de mi madre, lo que en mi pueblo llamaban un niño chumascón o jartible.

Me gustaba acercarme al límite de su paciencia y permanecer ahí, en ese limbo efímero: tantearlo, medirlo y, a veces —inevitablemente— cruzarlo, con las consecuencias conocidas, ya fuera en forma de alpargatazo bien dirigido o coscorrón de los que movían el flequillo.

Recuerdo bien el instante exacto en el que todo cambiaba. No era el primer aviso, ni el segundo. Era cuando mi nombre dejaba de ser Fran y pasaba a ser Francisco José, pronunciado entero, con énfasis en cada sílaba. Después venía la retahíla correspondiente y, al final, como un sello inconfundible, tras una breve pausa, un “coño”, con más volumen y una o final alargada. Aquel “coño” no era una palabra más: era una frontera. Un paso más y la línea quedaba rebasada.

La semana pasada volví a ese recuerdo. No por casualidad. La sesión del pasado 28 de abril en el Congreso de los Diputados me devolvió, inesperadamente, a ese lugar.

Ese día se derogó el decreto que permitía prorrogar hasta dos años los contratos de alquiler y limitaba la subida anual de las rentas. La norma decayó con los votos en contra de PP, Vox y Junts y la abstención del PNV, dejando en el aire a miles de inquilinos que habían solicitado esa prórroga durante su breve vigencia. Otra vez la incertidumbre convertida en política pública. Hasta ahí, una sesión más

. Otro debate encapsulado entre cifras, reproches y argumentarios previsibles. Otra coreografía parlamentaria en la que cada cual parece hablar más para el corte de vídeo que para el problema que dice defender.

Y entonces ocurrió.

Desde la tribuna de invitados, una mujer que hasta ese momento pasaba desapercibida se levantó y rompió el guion, lanzando improperios y rematando con un: “¡Haced algo ya, coño!”. No hubo metáfora, ni cálculo, ni retórica.

Mientras era expulsada por el ujier que minutos antes le había indicado las normas —entre ellas, la que acababa de incumplir—, el taquígrafo anotaba en el Diario de Sesiones lo ocurrido como un inciso incómodo, rematado con un “coño” que no estaba previsto. Un coño y aparte —perdón, quiero decir seguido de un punto y aparte— en mitad de la liturgia parlamentaria.

Hace tiempo que asistir —aunque sea a través de una pantalla— a los debates parlamentarios produce una sensación extraña: la de estar presenciando un espectáculo que ha olvidado su propósito. Intervenciones diseñadas para poner en evidencia al adversario, aplausos sincronizados como si fueran hooligans en un estadio, abucheos que sustituyen al argumento. Gobierno y oposición, en una competición constante por la réplica más viral.
En respuesta al grito de esta compatriota con cuyo ánimo empatizo, mi propuesta es bien sencilla: lanzar una iniciativa popular que prohíba los aplausos y los abucheos en el Congreso de los Diputados; una propuesta en la que se obligue a los diputados a debatir democráticamente y desde el respeto los problemas de la ciudadanía de a pie; una
propuesta que recuerde a sus señorías que el Congreso no está pensado como un plató de televisión ni como un teatro, que no está para escenificar sus egos, sino para resolver problemas.
Y, por último, una propuesta que explique que ese “coño” es el punto exacto en el que la paciencia ciudadana se agota. El instante previo a que la cuerda se rompa. La señal inequívoca de que se ha llegado demasiado lejos. Por tanto, un último consejo a sus señorías, antes de que sea tarde:

¡HACED ALGO YA, COÑO!