Su legado sigue profundamente vivo en la ciencia, la educación ambiental y el activismo global. Y, sobre todo, está en una enseñanza que repitió a lo largo de su vida: comprender es el primer paso para cuidar.

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Uno de los primeros hallazgos de Jane Goodall (Londres, 1934 – 2025) marcó un antes y un después en la investigación ambiental. Al observar cómo los chimpancés utilizaban herramientas –ramitas modificadas para extraer termitas– desmontó la idea de que esa capacidad era exclusiva de los humanos. «Ahora debemos redefinir al ser humano, redefinir la herramienta o aceptar que los chimpancés son humanos», afirmó entonces. Más allá de la provocación, lo que señalaba era algo más profundo:

A lo largo de los años de investigación en Gombe, Goodall documentó comportamientos que hablaban de vínculos, emociones y relaciones complejas entre chimpancés: cuidados prolongados, conflictos, reconciliaciones e incluso conductas asociadas al duelo. En un momento en el que la ciencia evitaba atribuir emociones a los animales por considerarlo poco riguroso, ella defendió lo contrario. «Los chimpancés, los elefantes, los delfines… son seres conscientes, inteligentes, con emociones», sostuvo en numerosas intervenciones. Con ello no solo amplió el campo de estudio de la primatología, sino que contribuyó a sentar las bases de debates actuales sobre bienestar animal y derechos de otras especies.

Su forma de investigar también rompía esquemas. Mientras otros científicos numeraban a los animales para mantener distancia, Goodall decidió ponerles nombres. Esa elección, criticada en su momento por falta de objetividad, le permitió identificar personalidades, relaciones y dinámicas que de otro modo habrían pasado desapercibidas. Su trabajo puso sobre la mesa que la ciencia no es solo acumulación de datos, sino también la capacidad de hacer preguntas distintas y de mirar donde antes no se miraba. «Solo protegemos aquello que amamos, y solo amamos lo que entendemos», afirmaba, condensando una idea que atravesó toda su trayectoria.

Su trabajo puso sobre la mesa que la ciencia no es solo acumulación de datos, sino también la capacidad de hacer preguntas distintas

La propia vida de Goodall fue, en sí misma, una lección sobre los caminos no convencionales. Antes de convertirse en una de las científicas más influyentes del mundo, trabajó como secretaria y llegó a África sin un título universitario. Más tarde obtendría un doctorado en Cambridge, pero su recorrido demostró que la curiosidad, la constancia y la intuición también pueden ser motores de conocimiento. En un contexto donde las trayectorias profesionales tienden a encasillarse, su historia cuestionó qué significa realmente estar preparado para investigar o aportar valor.

Con el paso del tiempo, su mirada se fue ampliando. Entendió que no bastaba con estudiar a los chimpancés si no se abordaban las amenazas que ponían en riesgo su supervivencia. La deforestación, la caza furtiva o la presión sobre los recursos naturales obligaban a ir más allá del trabajo de campo. «No puedes salvar lo que no conoces», advertía, insistiendo en que el conocimiento es el primer paso hacia la conservación.

Pero pronto añadió una segunda dimensión: tampoco se podía proteger la naturaleza sin tener en cuenta a las personas que viven en ella. Esa comprensión dio lugar a un enfoque más integral, en el que conservación y desarrollo humano van de la mano. A través de su instituto y de programas comunitarios en África, Goodall impulsó iniciativas que combinaban protección de ecosistemas con mejora de las condiciones de vida locales. La idea de que todo está conectado –personas, animales, recursos– se convirtió en uno de los ejes centrales de su pensamiento.

En paralelo, su discurso incorporó una dimensión más cotidiana. Lejos de situar toda la responsabilidad en gobiernos o grandes corporaciones, Goodall insistía en el papel de las decisiones individuales. «Cada uno de nosotros marca una diferencia cada día. Tenemos que decidir qué tipo de diferencia queremos hacer», decía con frecuencia. Su mensaje no buscaba culpabilizar, sino activar: la suma de pequeñas decisiones también construye cambios estructurales.

Esa apuesta por la acción individual estuvo estrechamente ligada a su trabajo en educación. Durante décadas impulsó programas dirigidos a jóvenes, convencida de que el cambio cultural debía empezar por las nuevas generaciones.

A pesar de haber sido testigo directo de la degradación ambiental en múltiples regiones del mundo, Goodall mantuvo un discurso esperanzador. Su optimismo no era ingenuo, sino deliberado. «La razón por la que tengo esperanza es porque veo el espíritu humano en acción», sostenía, apoyándose en ejemplos concretos de restauración ecológica y compromiso social. Su esperanza funcionaba como una herramienta narrativa para evitar la parálisis ante la crisis ambiental.

Jane Goodall falleció en octubre de 2025, pero su legado sigue profundamente vivo en la ciencia, la educación ambiental y el activismo global. Su figura refuerza una idea que atraviesa toda su vida: nunca es demasiado tarde para actuar. Y no se limita a sus descubrimientos científicos. Está en la manera en que hoy entendemos la relación entre humanos y animales, en cómo abordamos la conservación y en la creciente conciencia sobre nuestro impacto en el planeta. Pero, sobre todo, está en una enseñanza que se repite, de distintas formas, a lo largo de su vida: comprender es el primer paso para cuidar.

Arantza García  

Diez cosas que nos enseñó Jane Goodall