«TENER MEMORIA» por Remedios Sánchez
Por eso es tan importante que las verdades compartidas se transmitan, que se expliquen de generación en generación sin miedo
No sé por qué hay gente que no quiere darse cuenta. La memoria y sus espacios que suponen contar lo que ha pasado sin adulterarlo ni endulzarlo, nombrar las cosas con precisión y sin ira, funcionan como herramienta para construir futuro, para edificar lugares de encuentro y concordia bien entendida, tan necesarios para aprender a vivir como un grupo social cohesionado que crece en prudencia y sabiduría haciendo camino machadiano al andar. Quienes olvidan están condenados a ejercer de imitadores perpetuos de Sísifo, empujando siempre una roca hacia la cumbre de la colina para verla rodar y volver a empezar cada día, cada tiempo, cada periodo histórico. Esa es la más acabada definición de fracaso.
Por eso es tan importante que las verdades compartidas se transmitan, que se expliquen de generación en generación sin miedo; que se haga saber a quienes van naciendo después que nuestro mundo no es perfecto, pero que, con el esfuerzo de una mayoría en cada época, hay momentos en que se puede ver con claridad que globalmente avanza (a trompicones, sí, pero avanza) si se pone voluntad y tesón, por el sendero más correcto. Esto viene a cuenta del desconocimiento que tienen nuestros jóvenes estudiantes del horror que supuso ETA. Podríamos decir “horror inenarrable” pero es que puede describirse con la sangre y el sufrimiento de las víctimas y sus familias. No me refiero sólo al casi millar de asesinados y a sus familias rotas, con el dolor grabado a fuego en sus pupilas. Pienso hoy también en quienes sobrevivieron a sus bombas, a sus tiros en la nuca, a sus secuestros y amenazas; en la sociedad civil vasca en su conjunto y, por extensión, en la española.
Cincuenta años de crímenes que nunca han sido protagonistas del tema que aborda este periodo en los libros de texto, que se mantienen ocultos, cuando más, en los pliegues de algún eufemismo deformante. Nuestras leyes, seguramente, han sido demasiado blandas con una banda de homicidas sin alma; pero ahí estábamos todos para haber exigido al poder político el desarrollo de leyes ajustadas a la trascendencia de los delitos cometidos. La mayoría, los que acudimos a las manifestaciones, quienes nos pintamos las manos de blanco cuando supimos de la ejecución del concejal Miguel Ángel Blanco, tenemos imborrable en la retina aquel momento de desolación amarga. Y es sólo un caso.
Los radicalismos son hijos de estos olvidos, de lo que todavía se dice con voz bajita o ni se menciona, como si eso pudiera suponer que no ha pasado. Aplicar esa crueldad perversa no sólo denigra a los damnificados, sino que provoca algo aún más grave: la posibilidad de que se repita, vistiéndolo con otros ropajes pero con el mismo fanatismo ignominioso de fondo.
La maldad es una y diversa a la vez. Va desde los regímenes totalitarios de países lejanos hasta quienes masacran en nombre de la libertad a su población civil, desde el que apuñala a una mujer hasta quienes utilizan su poder para destruir derechos asentados que hay que volver a reivindicar nuevamente. El principal es el derecho a vivir en paz. Por eso me parecen tan peligrosos quienes desprecian y tergiversan la memoria histórica, los que deciden qué hay que recordar y cuándo, los que manipulan. Suya es la inmensa responsabilidad, sí, pero el problema, cada vez más evidente, lo sufriremos todos.
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