Padres ‘helicóptero’ y niños en alerta: la otra cara de los relojes con GPS
Analizamos los beneficios y los riesgos del reloj de moda entre los niños
El 41% de los niños españoles de 10 años tiene ya móvil, porcentaje que escala hasta el 76% a los 12. Son cifras recientes, del informe ‘Infancia, adolescencia y bienestar digital’ (2025), elaborado por Unicef. Los que aún no tienen teléfono tienen, casi seguro, un reloj inteligente desde el que llamar y recibir llamadas. Una suerte de «paso intermedio con el objetivo, muchas veces, de retrasar la entrega del móvil», explica Amaya Prado, miembro del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid. La mayoría de estos relojes permiten tener a los niños localizados. No solo porque, en la práctica, hagan la función de teléfono, sino porque incorporan un sistema de geolocalización gracias al cual los adultos pueden saber en qué lugar físico se encuentran los menores en cada momento. Una garantía de seguridad que, en ocasiones, estresa a padres e hijos.
Los riesgos para los niños
¿Saben gestionarlo con 9 años?
«Dar un reloj a un niño de 9 años porque sus amigos lo tienen no es una razón. Tampoco hay que dárselo por miedo o para que no se sienta aislado. Debe haber una necesidad real, por ejemplo, que el menor pase tiempo a diario sin presencia adulta. Por otro lado, hay que valorar si es lo suficientemente maduro para usar un dispositivo así», señala Prado.
Responsabilidad vs. alerta
Reconoce la psicóloga que con el reloj «se puede trabajar la responsabilidad porque implica que el chaval esté pendiente de algo». El riesgo es que la atención mute en alerta. «No sería adecuado que el menor esté continuamente en hiperalerta o pendiente de una posible llamada, porque le impide estar disfrutando o concentrándose en lo que tenga que hacer o incluso en el juego por el miedo a no contestar». Podría ocurrir también lo contrario, advierte Prado, «que al sentirse hipervigilado, se exima de la responsabilidad» y descuide el reloj. De modo que, «si es para momentos puntuales o para algo concreto puede ser una herramienta adecuada, pero para tenerlos controlados continuamente y que haya llamadas inesperadas, no sería una buena opción».
¿No confías en mí?
Insisten los expertos en que fomentar la autonomía de los niños y adolescentes es fundamental en el desarrollo del menor y este tipo de dispositivos, aunque inicialmente estén pensandos para ampliar ese margen de autonomía, pueden generar el efecto contrario. A este respecto, la psicóloga Silvia Álava advierte: «Al chaval le puede quedar la sensación de que tiene que estar vigilado para que confíen en él». Añade otro punto de vista Amaya Prado: «El plan evolutivo del niño implica que adquiera un aprendizaje de saber cuidarse sin necesidad de estar en vigilancia constante».
Los riesgos para los padres
Álava invita a preguntarse antes si el reloj es «una necesidad del niño o de sus padres porque muchas veces la idea parte de la ansiedad de las familias por tener a sus hijos controlados». Mal punto de partida, coincide Prado. «Si el padre o la madre están preocupados, a lo mejor no se debe dejar al niño sin supervisión. Por otro lado, los padres también deben aprender a gestionar su intranquilidad».
El ‘pánico’ cuando falla
«A veces, la tecnología genera una intranquilidad de la inmediatez. Si mi hijo no me contesta o no sé dónde está exactamente se genera una ansiedad anticipatoria o una espiral de pensamientos catastrofistas que no se disipan con estos dispositivos». Y que escalan hasta límites altísimos cuando el reloj falla o el niño se lo deja olvidado, por ejemplo, en la taquilla del colegio, de modo que la geolocalización le indica a los padres que su hijo está en un lugar en el que, en ese momento, no debería.
«Estos fallos son muy comunes y es fácil entender que, cuando así sucede, la preocupación es enorme. De modo que el reloj pensado para tranquilizar a los padres acaba por amplificar su preocupación». De ahí la importancia de que se use solo «para cosas muy puntuales, evitando distracciones u olvidos». Si se utiliza como norma, los problemas podrían agravarse, alerta Prado. «Chequear continuamente a nuestros hijos puede ser estresante y sería una conducta que aumentaría en el futuro porque cada vez esos padres van a necesitar chequear más y más». Convirtiéndose, así, en «padres helicóptero, que se acostumbran a estar controlando continuamente los pasos de sus hijos solo para calmar su miedo y su ansiedad».
Te comparto mi ubicación y así somos más amigos
Al hilo de la inercia actual que nos lleva a saber dónde está y qué hace cada cual en todo momento, advierte la psicóloga Silvia Álava de los riesgos que los dispositivos de control implican entre los más jóvenes. «Hoy muchos adolescentes están adoptando la costumbre de compartir la ubicación con sus amigos. Lo hacen porque creen que compartir algo que pertenece a su esfera de privacidad les convierte en ‘más amigos’. Pero ese no es un vínculo de calidad».