«EL FANTASMA DE LAS NAVIDADES PASADAS» por Remedios Sánchez
La vida judicial española de los últimos años se está convirtiendo en una fusión extraña entre una novela de Dickens, un esperpento valleinclanesco y una película del dúo Pajares-Esteso, con señoritas de escote bajo, tacones de vértigo y entusiasmo indesmayable por el buen vivir que entran y salen de escena con naturalidad, como si su modo de proceder fuera lo más normal del mundo.
Con el inicio de las causas protagonizadas por Ábalos, Koldo y los engominados responsables de los pagos en diferido que vigilaban si el extesorero Bárcenas cantaba ópera, estamos asistiendo a la confección del traje a medida de un modelo de político atemporal que encarna un perfil muy determinado, entre cutre y chungo a la vez. Por eso, no responde ni a lo que nos merecemos ni a la verdad completa de un modo de actuar generalizado, pero sí muestra la obscenidad de ciertos personajes que tienen un serio problema para distinguir entre servir y servirse.
Ahí reside la razón declarada de la desafección creciente hacia la clase política española, como si todo esto fuera nuevo y no una herencia perpetua, casi una constante latente: un fantasma que transita del pasado al futuro pasando por el presente, y que constituye la prueba más acabada de que seguimos sin aprender la lección. Ni nos hemos asustado tanto como aquel Ebenezer Scrooge del ‘Cuento de Navidad’; ni tampoco establecemos conexión directa con el final del hiperbólico Max Estrella, poeta tronado, ciego y desquiciado en un país deforme (tal que este), porque nadie escarmienta en cabeza ajena. Y, claro, repetimos el argumento.
Además, que resulte más fácil que asciendan en el escalafón de los partidos quienes carecen de escrúpulos que aquellos que aportan la dignidad de una trayectoria solvente de trabajo no ayuda a que se valore lo que implica verdaderamente ostentar un cargo público. Ahí reside el error perpetuo: en esa dejación desencantada, en abrir paso sin ofrecer resistencia al chulo de turno que vende a su patria y a su gente o vende su alma por mantenerse en un sillón. Pero, desde los Reyes Católicos hasta hoy, siempre que la podredumbre es insoportable y se roza peligrosamente el cieno del fondo del pozo, los españolitos tenemos el don de resurgir, porque es entonces cuando nos sale el instinto de supervivencia.
En ese instante sublime en que el pueblo se crece, se achantan los sátrapas, los tiralevitas y los Rinconetes tragicómicos. Por eso, porque aquí nunca hay que dar nada por perdido (si exceptuamos el porvenir de la cúpula antañona de Podemos, que para ellos no hay salvación que valga), ha llegado la hora de reconstruir puentes con la sociedad civil y de convencerla para que se involucre activamente en los espacios de toma de decisiones, cada cual desde su conocimiento concreto y su legítimo posicionamiento ideológico, pero todos en defensa del manoseado pero primordial concepto que es el bien común. En lo cíclico de la Historia, cuando se producen estos momentos de imperiosa necesidad, resulta obligado hacer limpieza arrimando el hombro y consensuar desde la sensatez para sacar fuera a tanto arribista venido a más con cargo al erario común. Si ya en la época del asesinato de Viriato, hace veintidós siglos, Roma no pagaba a traidores, no se entiende esta obstinación suya en que se les financie eternamente la juega.