«La falsa equidistancia sanitaria» por Martín Blanco
«La medicina es una ciencia social, y la política no es sino medicina a gran escala». Rudolf Virchow
Se difunde una idea según la cual, para hablar con seriedad de la sanidad andaluza, hay que repartir culpas por igual entre etapas muy distintas. Esa supuesta neutralidad confunde dos momentos que no son comparables, como si todas las etapas merecieran el mismo juicio y lo mismo fuese ocho que ochenta. No es lo mismo gestionar bajo la austeridad que siguió a la crisis financiera -que algunos quisieron presentar como si hubiera venido sola, cuando en realidad traía mando político, recetario ideológico y firma al pie-, que hacerlo con un presupuesto sanitario de 15.247 millones en 2025, un 55 % más que en 2018, según la propia Junta, y en un contexto además reforzado por las transferencias canalizadas a través del Estado en los últimos años, en torno a 1.400 millones. No distinguir contexto y margen de decisión no es objetividad: es borrar la responsabilidad política del presente.
Desde luego, los últimos gobiernos anteriores al PP en Andalucía cometieron errores y recortes. Negarlo sería absurdo, infantil y, además, inútil para avanzar. Pero una autocrítica honesta no obliga a aceptar la tesis de que todo es lo mismo y de que, por tanto, nada esencial está en juego ahora. Convertir la memoria en coartada es precisamente el truco de la falsa equidistancia.
El problema es que la Andalucía de hoy no puede refugiarse en la excusa de la escasez mientras los resultados empeoran. A 31 de diciembre de 2025, 199.950 personas seguían en lista de espera quirúrgica, con una demora media de 173 días, la peor de España, y otras 852.889 aguardaban una primera consulta hospitalaria. En conjunto el sistema acumulaba 1.052.839 esperas estructurales. Llamar a eso mera “percepción” ya no es interpretación: es una forma de negar la realidad material que viven cientos de miles de familias o, dicho de otra manera, llamar humedad a una gotera.
A la vez, el propio presupuesto del SAS muestra hacia dónde se está desplazando el esfuerzo financiero. La partida de “asistencia sanitaria con medios ajenos” pasa de 405,2 millones en 2024 a 493,0 millones en 2025. Y en paralelo la Federación de Asociaciones en Defensa de la Sanidad Pública (FADSP) sitúa a Andalucía entre las comunidades donde más ha avanzado la privatización sanitaria en los últimos años. No estamos ante un fantasma ni ante una exageración retórica: hay una orientación verificable que traslada actividad, recursos y legitimidad desde lo público hacia lo privado.
Cuando una sociedad empieza a comprar tiempo porque deja de confiar en los tiempos de su sistema público, el problema ya no es sólo asistencial: es político
Y hay otro dato que desmiente bastante bien ese relato de la normalidad: en Andalucía, el aseguramiento sanitario privado ha crecido del 10,4% en 2018 al 27,1% en 2024. Dicho de otro modo: en apenas seis años se ha disparado la idea de que, para no esperar, para hacerse una prueba o para ver a un especialista con algo de agilidad, lo prudente es sacarse un seguro. Cuando una sociedad empieza a comprar tiempo porque deja de confiar en los tiempos de su sistema público, el problema ya no es sólo asistencial: es político.
El problema no es la falta de recursos. Lo que ocurre es que las prioridades del PP van por otro lado
Por eso, el debate de fondo no es sólo de gasto, sino también de fiscalidad y de prioridades, de presupuestos y moral. Mientras se pide paciencia y resignación a la ciudadanía, la propia Junta presume de sus rebajas tributarias: una bonificación autonómica del 100% en el Impuesto sobre el Patrimonio y del 99% en Sucesiones y Donaciones para los grupos familiares I y II, además de un ahorro fiscal anual cifrado por el propio Gobierno andaluz en 1.000 millones. Luego se pretende hacer pasar por inevitable que no hay recursos suficientes para reforzar la atención primaria, retener profesionales o reducir derivaciones. El problema no es la falta de recursos. Lo que ocurre es que las prioridades del PP van por otro lado.
La cuestión, en consecuencia, no es si debemos revisar críticamente el pasado. Hay que hacerlo. La cuestión es otra: si Andalucía debe resignarse a que, con más dinero que nunca, se espere más; a que, con más capacidad presupuestaria, se derive más a la privada; y a que, con más margen político, se normalice un modelo en el que quien puede se protege pagando y quien no puede, aprende a aguantar.
Ese es el gran triunfo cultural de la derecha andaluza: no haber corregido el deterioro, sino haber logrado que una parte de la sociedad lo asuma como si fuera un fenómeno atmosférico, como si las listas de espera las trajera el levante y las derivaciones las descargara una borrasca
Ese es el gran triunfo cultural de la derecha andaluza: no haber corregido el deterioro, sino haber logrado que una parte de la sociedad lo asuma como si fuera un fenómeno atmosférico, como si las listas de espera las trajera el levante y las derivaciones las descargara una borrasca. Pero no lo es. Tiene autores, presupuestos y decisiones. Y justamente por eso hay alternativa.
La alternativa progresista no consiste en pedir amnesia ni en refugiarse en la nostalgia. Consiste en sostener algo bastante más exigente: que la sanidad pública solo se defiende de verdad cuando la financiación acompaña, cuando la atención primaria recupera el centro, cuando la estabilidad del personal deja de ser una promesa y cuando la concertación deja de ocupar el espacio de lo que debería reforzarse dentro. Cuando la gente puede volver a confiar en que una cita, una prueba o una operación no dependan de su cuenta corriente. Nada de eso es una quimera técnica, ni una promesa vacía. Son decisiones posibles, prioridades concretas y opciones reales de gobierno. Porque aceptar la resignación también es una decisión política. Y permitir que este modelo del PP se consolide como si fuera sensato equivale, en la práctica, a asumir como normal un deterioro que no lo es.
Lo demás podrá parecer moderación. En realidad, es resignación con buenos modales.
FOTO: Juan Manuel Moreno, en una visita al Hospital Torrecárdenas de Almería este año. ARCHIVO JUNTA DE ANDALUCIA
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