La Granada del siglo XVIII que anticipó el teletrabajo
Cuando la casa era también lugar de producción: la Granada del siglo XVIII que anticipó el teletrabajo.El Archivo Histórico Provincial ha acogido la presentación de un libro sobre el Catastro de Ensenada que estudia las viviendas granadinas donde se vivía, se producía y se almacenaba, un modelo doméstico que hoy vuelve con nuevas formas
Mucho antes de que el teletrabajo entrara en la era internet y postpandemia, hubo un tiempo en el que casa y trabajo no se podían separar. En la Granada del siglo XVIII, vivir y producir formaban parte del mismo espacio: se habitaba, se almacenaba y se trabajaba bajo el mismo techo. No era una elección, sino una forma de organización de la vida. Hoy, cuando el modelo doméstico vuelve a transformarse y las viviendas recuperan funciones productivas, ese pasado reaparece con una fuerza inesperada. Lo que ahora percibimos como una novedad —trabajar desde casa— fue durante siglos la norma. Aquel modo de habitar ha quedado registrado, casi sin quererlo, en uno de los grandes documentos del siglo XVIII: el Catastro de Ensenada. Una encuesta fiscal que, al preguntar por casas, terminó dibujando una radiografía completa de la vida cotidiana en la provincia de Granada. Ahora un grupo de especialistas de distintas universidades publican un minucioso análisis de este documento desarrollado durante años de investigación. Un trabajo colectivo que combina investigación, docencia y patrimonio, y que invita a mirar el pasado desde lo cotidiano.
La vida en las casas del XVIII
¿Qué puede contar hoy una casa que ya no existe… o que ya no es la misma? En Granada, gracias a ese Catrásto, las respuestasa un interrogatorio permite intuir con bastatne precisión qué sucedía hace casi tres siglos. Porque algunas de aquellas casas han desaparecido. Otras siguen en pie, pero ya no son lo que eran. Han cambiado los muros, los usos, las vidas que contienen. Donde hubo un corral hoy hay un salón. Donde se trabajaba, ahora se vive de otra manera. Y, sin embargo, bajo esas transformaciones —o incluso bajo la ausencia— persiste una historia que no siempre se ve.
A mediados del siglo XVIII, la Corona puso en marcha el Catastro de Ensenada, una gran encuesta destinada a conocer la riqueza del territorio. Las autoridades locales respondieron a un cuestionario detallado que preguntaba por tierras, ganados, oficios… y también por las casas: cuántas había, cuántas estaban arruinadas, quién vivía en ellas, qué cargas soportaban. Aquella operación fiscal, sistemática y minuciosa, terminó por registrar algo más profundo de lo que pretendía: una radiografía de la vida cotidiana.
«El proyecto nace como una propuesta de iniciación a la investigación dentro del aula del Máster en Historia: De Europa a América. Sociedades, Poderes, Culturas de la UGR. En concreto de la asignatura Casas, Hogares y Vida Cotidiana en época medieval y moderna que impartían las profesoras Margarita Birriel Salcedo y María Elena Díez Jorge. La idea era que el estudiantado no se quedara solo en la teoría, sino que pudiera trabajar directamente con fuentes primarias, en este caso el Catastro de Ensenada. A partir de ahí, dimos un paso más: plantear una investigación real, con resultados útiles tanto para la investigación histórica como para la sociedad», explica Raúl Ruiz sobre el origen de los estudios que luego han visto la luz en este volumen, que va más allá de la simple sistematización de datos: «Es una fuente extraordinaria porque recoge información de manera sistemática sobre la sociedad del siglo XVIII. Pero lo más interesante es que no basta con extraer datos. Hay que problematizarla: preguntarse por qué se registraron esos datos, cómo se recogieron y qué hay detrás. Ese ejercicio crítico es clave para hacer historia».
Nuevos volúmenes
El Catastro permite saber si una vivienda tenía una o varias plantas, si contaba con patio, corral, caballeriza o espacios de trabajo. Pero también deja huecos: no siempre dice de qué estaban hechas, ni cómo eran sus interiores. Aun así, ofrece algo esencial: una forma de nombrarlas —casa, casa principal, cortijo, choza, cueva— que permite reconstruir mentalmente el paisaje doméstico del pasado.
Ese paisaje no es uniforme. El libro recorre distintas localidades —Agrón, Cijuela, Puerto Lope, Purchil, Alamedilla, Rubite— para mostrar una provincia diversa, donde la forma de habitar cambia según la geografía, la economía y la estructura social. ¿Por qué elegir esos lugares y no otros? «Queríamos ofrecer una visión amplia y diversa de la provincia de Granada. Cada una responde a un contexto distinto, y eso permite comparar realidades y entender que no hay una única forma de habitar el mundo rural en el siglo XVIII. Y podemos anunciar que en los próximos meses se publicarán dos volúmenes más gracias a la labor del estudiantado, y también, al impulso de la Diputación de Granada y la Editorial Universidad de Granada», adelanta el investigador.
Diferencias territoriales
En el Cortijo de Agrón, por ejemplo, las casas hablan de una realidad compleja. Había en torno a una treintena de viviendas, pero no todas estaban habitadas: algunas aparecían arruinadas. Otras muchas no pertenecían a quienes vivían en ellas. Eran propiedad de grandes dueños, y los vecinos las ocupaban pagando rentas, a veces en dinero y otras en especie. Tener casa no significaba necesariamente ser propietario.
En Cijuela o Alamedilla, esa lógica se intensifica. La presencia de grandes terratenientes condiciona la forma de acceso a la vivienda y define la estructura social. Los habitantes poseen sus casas en términos relativos, ligados a arrendamientos y a su condición de colonos. La casa se convierte así en un indicador directo de riqueza, pero también de dependencia.
En otros lugares, como Puerto Lope o Purchil, el foco se desplaza hacia el interior de la vivienda. Allí, la casa no es solo residencia: es también espacio productivo. Se trabaja en ella, se almacena, se transforma. Lo doméstico y lo económico conviven sin separación clara.
Y en Rubite, como en otras zonas de la provincia, el estudio introduce una idea clave: no existe una única forma de vivienda rural. La geografía mediterránea aporta rasgos comunes, pero la diversidad comarcal es evidente. La Vega, los Montes, las Alpujarras o el Temple presentan formas distintas de habitar, adaptadas al entorno.
A través de estos casos, el libro muestra que la casa es mucho más que un espacio físico. El Catastro permite relacionarla con la propiedad, la familia, el trabajo, la demografía. Se pueden rastrear tamaños de hogares, estructuras familiares o la presencia de actividades económicas dentro del ámbito doméstico.

Entre los datos emergen también detalles reveladores: pueblos sin tabernas ni tiendas, donde la vida dependía de otros núcleos cercanos; economías en las que el ganado tenía un peso fundamental; casas que combinaban funciones y que cambiaban de significado según el momento del día o la actividad que acogían.
Y, de forma casi inesperada, aparecen imágenes. Croquis dibujados a mano muestran casas, iglesias, tejados, sin calles ni escala precisa. No son mapas técnicos, sino representaciones mentales del territorio, una forma de ver y entender el espacio desde dentro. Desde la casa. Porque algunas han desaparecido. Otras han cambiado hasta resultar irreconocibles. Pero todas siguen teniendo algo que decir.