«Hay una tendencia por parte de determinados políticos a desprestigiar a las ONG»

Ignasi Carreras (Barcelona, 1957) es uno de los más destacados representantes del ámbito social en España. Ha desarrollado la mayor parte de su carrera en Oxfam Intermón, entidad de la que fue director general y que posteriormente presidió hasta 2025. Fue también director del Instituto de Innovación Social de ESADE, que él mismo fundó, entre 2006 y 2018; y actualmente es el presidente de la Fundación Equitat.org. Reflexionamos con él acerca de los desafíos a los que se enfrenta el tercer sector en medio de un panorama sociopolítico cambiante y amenazado por la desinformación y los discursos de odio.

Por contextualizar, ¿cómo le explicamos a alguien que es totalmente ajeno al mundo social qué es el tercer sector?

El tercer sector es aquella parte de la sociedad civil, estructurada normalmente en organizaciones, que tiene una voluntad de contribuir al bien común. Y eso puede significar desde ayudar a colectivos que están en una situación desfavorable, transformar la sociedad para que haya menos desigualdades, o luchar para preservar la buena calidad del medio ambiente. Todas aquellas organizaciones que, de alguna manera, son no lucrativas, es decir, que no tienen una finalidad de lucrarse a partir de esa actividad, sino una finalidad de contribuir a la mejora de la sociedad, son las que conforman el tercer sector.

¿Cree que la sociedad española entiende bien lo que hacen las ONG y las fundaciones?

Pues yo creo que se entiende menos ahora que antes, lo cual tampoco quiere decir que antes se entendiese demasiado. El problema es que ahora hay mucho ruido y también mucha desconfianza, no respecto a este tipo de organizaciones, sino en general. Hay una tendencia por parte de determinados grupos sociales y políticos de desprestigiar a las ONG, principalmente porque trabajan con personas que vienen de otros países, que no tienen una situación regularizada, pero que necesitan todo el apoyo por parte del tercer sector. Se genera mucha desinformación que no contribuye precisamente a que la gente entienda la labor real que desempeñan estas organizaciones. Paralelamente, hay que reconocer que el tercer sector también tiene la obligación de clarificar su lenguaje, que es muy propio y, muchas veces, difícil de entender por parte de la sociedad. Ese es uno de sus grandes retos.

Con la que tenemos encima a escala global, ¿cuál cree que es el mayor desafío al que se enfrentan las entidades sociales y la sociedad en general?

Creo que fijar un solo reto es difícil, pero probablemente el primero de ellos sería dejar de ser una sociedad del miedo. Con tanta inestabilidad, con esta situación de policrisis, con algunos actores políticos que ponen las cosas realmente muy complicadas… la sociedad está encerrada en sí misma y las personas tienen miedo, incertidumbre y una sensación de que el futuro no puede ser bueno. Y ese es un reto difícil para el tercer sector, porque tus causas, que muchas veces van contracorriente, necesitan de una fuerte implicación de la sociedad, y con miedo eso es muy difícil. Un segundo reto importante que tiene el tercer sector son, a mi juicio, las desigualdades crecientes, que pueden ser por razones económicas, de género, de raza, de origen, de orientación sexual, de acceso a la tecnología… Si las desigualdades no son superadas y se siguen acrecentando, van a generar irremediablemente una sociedad donde unos pocos controlarán el poder económico y político, y en la que grupos crecientes de la sociedad, como la clase media tal y como hoy la conocemos, pueden pasar a ocupar situaciones de mayor vulnerabilidad, mientras que aquellos que ya están en una situación desfavorable no acabarán de salir de esa situación. Y el tercer reto, desde mi punto de vista, tiene que ver con los recursos. El tercer sector tiene que ser la expresión de solidaridad de la sociedad, y como tal necesita un apoyo por parte de los ciudadanos, de las empresas y de las administraciones públicas para poder desarrollar su actuación. En cuanto a la captación de recursos privados, cada vez hay más organizaciones luchando por conseguir fondos, pero el número de ciudadanos y de empresas donantes no crece de forma sustancial. Y, en relación con las aportaciones de las administraciones públicas, es evidente que vamos hacia una situación de declive del Estado del bienestar por lo que la colaboración pública con el tercer sector está en un enorme interrogante.

«El primer reto es dejar de ser una sociedad del miedo»

Precisamente en relación con esa falta de crecimiento de donantes privados, ¿es necesario disponer de una economía saneada a nivel particular para poder colaborar con una ONG de forma periódica, o tal y como está la cosa, con los sueldos tan bajos y la dificultad de acceso a la vivienda, solo faltaba tener que destinar parte de su presupuesto a una entidad social?

Hay que aclarar que colaborar con una organización social no solo supone realizar donaciones económicas. También se puede colaborar en acciones de voluntariado, o donar de forma puntual. Puedes colaborar igualmente dando apoyo a alguna campaña de alguna entidad que quiere conseguir algún objetivo para un colectivo específico a través de una iniciativa de firmas, por ejemplo. Puedes colaborar adquiriendo bienes o servicios de proyectos de comercio justo, difundiendo a título personal una idea relacionada con una causa impulsada por una ONG… Yo creo que las ONG han experimentado durante años un crecimiento en socios, personas que deciden comprometerse con una cuota periódica, pero actualmente atraviesan un momento de estancamiento. Es cierto que la sociedad española se caracteriza, respecto a otros países de la Unión Europea, en que en nuestro país hay menos personas que realizan aportaciones regulares a las organizaciones sociales. Sin embargo, cuando se produce una emergencia puntual, y la Dana de Valencia es un gran ejemplo, surge una mayor explosión de solidaridad. Eso está bien y es una muestra de que la gente es muy sensible a la situación de dolor de otras personas, pero también es importante saber que buena parte de las causas que impulsan las ONG requieren de esfuerzos muy continuados, más allá de estas situaciones de emergencia, y eso hace que sea necesaria la captación de donantes regulares que les aseguren esa estabilidad y esa continuidad en su actuación. Ante la caída de recursos públicos que se atisba en el horizonte, todo apunta a que va a ser la única solución para la supervivencia de muchas organizaciones. Y para el impulso de sus misiones y causas.

«Buena parte de las causas que impulsan las ONG requieren de esfuerzos continuados, más allá de las situaciones de emergencia»

Llevamos seis años de una década muy convulsa, envuelta en discursos de odio desacomplejados y con la sensación de que la ciudadanía se bambolea entre titulares de prensa alarmantes. Comentaba que en las donaciones privadas reside la sostenibilidad de muchas entidades sociales pero, más allá de eso, ¿qué papel puede desempeñar la ciudadanía activa para conseguir cambios estructurales?

Realmente, la ciudadanía activa es fundamental. Siempre he pensado que el 20% de la gente movilizada es capaz de conseguir grandes transformaciones. El problema es que a las ONG muchas veces les cuesta salir de ese 20% de gente motivada. Luego, podríamos hablar de otro colectivo, que podría suponer un 30% de la sociedad, que se moviliza en función de la causa que le estés planteando, y lo hace a veces con un voluntariado puntual, por ejemplo, apoyando campañas a través de la red, o compartiendo una idea en sus redes sociales. Pero existe otro 30% de personas que se mueve en función de cómo sopla el viento y que son un poco escépticos, y hay un último 20% que, a mi juicio, son una gran dificultad para el avance de las causas que impulsan las ONG. Y son un problema porque realmente se convierten en barreras que obstaculizan enormemente los cambios. Yo creo que el cambio climático, por ejemplo, debería ser algo transversal a cualquier ideología política, como también deberían serlo los derechos de la infancia, pero lamentablemente la fuerte polarización en la cual nos movemos y el hecho de que a veces solo escuchamos a quienes piensan como nosotros, provocan que nos abramos muy poco a las ideas que deberían ser troncales para todo el mundo. Lo más determinante es, desde mi punto de vista, tener alegría por vivir, una visión positiva de la vida, saber que cualquier contribución suma, que no todos los discursos que te llegan tienen sentido y, especialmente, desarrollar un sentido crítico y cultivar un espíritu solidario. Esa debería ser la fórmula para generar una ciudadanía activa eficaz.

«El 20% de la gente movilizada es capaz de conseguir grandes transformaciones»

¿Hasta qué punto son importantes ingredientes como la educación o la información a la hora de construir este tipo de sociedades más comprometidas?

Son fundamentales pero, sobre todo, es esencial ir más allá de ver vídeos cortos. La gente muchas veces prefiere no acceder a según qué tipo de noticias, según qué tipo de mensajes, porque o les cuestionan o les hacen sufrir. A mí me hace sufrir saber que hay gente que sufre y no enterarme de que puedo contribuir a intentar solucionarlo. No nos queda más remedio que convivir con la desolación y el desastre muchas veces, porque están ahí. Lo que tenemos que conseguir es que eso no nos hunda, sino que nos proyecte hacia el futuro y hacia lo que queremos hacer. Pero claro, no se trata solamente de tener información, sino también de tener la capacidad de discutir las cosas con otras personas, y a veces con personas con las cuales no coincides en todo. Eso es lo que te va a permitir desarrollar esta capacidad crítica y esta dimensión un poco más profunda que es necesaria para tener una conciencia cívica, que después de todo es lo que ayuda a ser personas solidarias.

«La gente muchas veces prefiere no acceder a según qué tipo de noticias porque les cuestionan o les hacen sufrir»

¿Estamos más o menos comprometidos como sociedad que hace 20 años?

Pues es difícil decirlo. Parece que estamos menos comprometidos que hace 20 años, pero solo lo parece. Estos son los indicadores que hay y, en parte, porque hay mucho miedo, como comentaba antes, mucha incertidumbre, y la gente se recluye en lo suyo. No es que estemos menos comprometidos, lo que pasa es que las formas de comprometerse son diferentes. Antes la gente se comprometía con una causa mucho más a largo plazo, mientras que ahora las formas de comprometerse son más cortas, pero mucho más explosivas. Antes nos comprometíamos más a través de las ONG y ahora nos comprometemos de formas más diversas. Me acuerdo cuando comenzó la guerra de Ucrania, y hubo una fuerte migración hacia otros países de Europa, que mucha gente joven hizo los casi 4.000 kilómetros desde España hasta la frontera ucraniana en coche, y los 4.000 de vuelta, solamente para recoger a personas refugiadas. Ahora la gente hace cosas más intensas, quizás mas puntuales, pero siempre necesarias. Las generaciones jóvenes de antes, cuando hablaban de compromiso, pensaban en gente vulnerable, en ayuda humanitaria internacional y seguramente en situaciones muy difíciles que afectaban a personas dentro o fuera de España. Ahora los principales compromisos en los que piensa la gente joven están más relacionados con la vivienda, la salud mental y el empleo. Con lo cual hay mucha más conexión entre lo que son situaciones de dificultad de la sociedad con lo que son situaciones propias. Hoy, el compromiso es mucho más doméstico que internacional, mientras que hace 20 años era más internacional quizás que doméstico.

Si pudiera pedirle una sola cosa a la ciudadanía para mejorar la sociedad en la que vivimos, ¿qué sería?

Yo creo que pediría a la ciudadanía que realmente estuviese más abierta a escuchar lo que no es capaz de oír, que estuviese más abierta a dejarse sorprender por cosas positivas que pasan en la vida, que estuviese más abierta a dar un paso de voluntariado o a contribuir económicamente con causas sociales. Quizá sea demasiado intangible, pero yo pienso que todas las personas llevamos dentro una semilla de bondad que estamos obligados no solo a cultivar, sino también a proyectar hacia afuera. Y eso solamente pasa cuando somos capaces de captar lo que está pasando en otro sitio, cuando somos capaces de abrir los ojos y los oídos, la mente y el corazón.

José Sanz Mora

«Hay una tendencia por parte de determinados políticos a desprestigiar a las ONG»