«AQUEL 15-M» por Remedios Sánchez
Nos contaron que eran la juventud que venía a transformar el mundo y hubo mucha gente que los creyó.
Llenaron las plazas de tiendas de campaña, de indignación, de palabras como “regeneración”, “democracia participativa”, “cambio”, “acuerdo”, “casta” (principalmente, mucho “futuro” y mucho “nosotros”, todo el rato), y hubo quien les compró el discurso que, en el fondo, tenía pinceladas de posibilidad remotísima y una parte inmensa de ilusión, y de fantasía, entre huelgas y “rodea el Congreso”, como si todo se pudiera arreglar al estilo hippie, paz y amor, tío, etcétera. No se dieron cuenta de que, en la época de los yuppies repeinados con zapatos de mil euros y oficinas con ventanales de tres metros, los hippies pintan poco. Hacen ruido un tiempo, se indignan, pero queda en nada.
Lo que pasaba es que las calles estaban llenas y la ciudadanía incrédula acudía masivamente a ver el milagro cada mañana, por ver si seguían allí, en modo insurrección popular pacífica. Estaban. Por eso se incorporaban a los debates de ideas de cambio, a las invectivas contra la corrupción, a las críticas al poder inmenso de los bancos y los fondos buitre que habían conducido a una crisis socioeconómica inédita desde el franquismo. Porque no era cuestión solo de España, era un cambio que se buscaba global: de Islandia, pasando por Grecia a la Puerta del Sol, sin olvidarnos de los países árabes que creían que estaban empezando una primavera cuando era un invierno largo y frío. Friísimo, abandonados de los focos rápidamente y sometidos a otros señores igual de perversos que los que los habían sojuzgado hasta ese momento, dictadura tras dictadura, opresión tras opresión.
Pero por estos lares nuestros se vivía el instante: insistían en la necesidad imperiosa de derrocar a los culpables y a quienes lo habían tolerado, a cualquier precio. Lo consiguieron y el resultado (tras las sucesivas mareas) se llamó Podemos, un supuesto nuevo posicionamiento ideológico que afirmaba haber surgido espontáneamente, fruto de las asambleas más reflexivas en torno al modelo de Estado, para devolver a la sociedad civil su lugar decisorio. Al frente, Pablo Iglesias, Monedero, Carolina Bescansa, Íñigo Errejón, Luis Alegre y Tania González, el sexteto de Vistalegre que quiso tomar los cielos por asalto. Como un Ícaro posmoderno, se quemaron las alas pronto, pero el daño estaba hecho porque, naturalmente, frente a Podemos había que articular un contrario, y ahí vio Santiago Abascal su ocasión de liderar algo más que su cuadrilla de pintxos, el hueco de Vox. Es decir, a la izquierda indignada acercándose al precipicio extremo, le responde siempre en los ciclos de la Historia la perpetua derecha retrógrada.
Ahora han pasado quince años. Tres lustros en los que hemos visto más corrupción política que en todo el periodo democrático junto y una radicalización obtusa y negra que recuerda en ciertas cosas -lo execrable- al cuatrienio 1932-1935. Ese es el gran legado de quienes levantaron a la sociedad callada y doliente, de quienes la han ido decepcionando con cada gesto, con cada oportunidad desaprovechada. El presente, para aquellos millones de personas que los siguieron, es una euforia desteñida de frustración y una orfandad de referentes. El desencanto total que obliga a despertarse ya, urgentemente, sabiendo que únicamente desde la serenidad juiciosa y analítica que suma voluntades puede recuperarse progresivamente algo de tanto como hemos perdido por el camino.
FOTO: EL PAIS