«La Higuerilla» por Miguel Ignacio Prados Osuna
Con estos rasgos históricos, extractados de lecturas y tradición por mí escuchada, quisiera si bien no reivindicar lo que ya hartos de pedir no nos vence, sí inquietar al menos a cuanto espíritu se precie endeudado con la historia triste aquí acaecida, repito triste en su tiempo y triste en el actual, no vale aquí hoy contemplar la historia con ojos del presente.
Me refiero al quizás más trascendental momento en que se inicia el declive del último reino arábigo-occidental. Con la expulsión europea del reino del Islam perdió Andalucía la quintaesencia de su forma de ser granadina, culta y sensual, artística y universal en todas las ciencias conocidas; jamás y en beneficio de la Andalucía europea debió desaparecer el baluarte más sofisticado de las ciencias, artes y letras que laboraba desde siglos el Islam en Granada.
Y aquí a nuestro querido pueblo de Atarfe le toco vivir en primavera y verano del año 1431 la sanguinaria batalla que marcó el hito al declive. Así, para decirlo con nombre de cronistas, a una legua de Granada y al pie de la Sierra de Elvira instaló el condestable su real al servicio del rey Don Juan II de Aragón.
Las crónicas nos hablan de que la batalla se desarrolló en dos fases, la primera, con ciertas escaramuzas, en la primavera del indicado año 1431, en la que la caballería árabe en número de mil jinetes salieron al encuentro de los dos mil quinientos lanceros y tropel que acosaban al reino granadino de Muhammad IX El Zurdo, tan feroz fue la defensa árabe que los invasores hubieron de plegarse al real.
Luego ya posteriormente el día 1 de julio, domingo, del indicado año 1431, habiendo iniciado los aragoneses el destrozo de acequias y barrancos (sin lugar a dudas el Juncaril), salieron a su encuentro cinco mil jinetes árabes y doscientos mil de a pie. Número de infantería tan exorbitante que los cronistas invasores lo han colocado para realzar la victoria o de ser cierto sin lugar a dudas lo componía la población civil traída incluso de otras partes del reino granadino.
El centro de la batalla lo fue en el lugar nominado por los cronistas La Higueruela, mención al efecto de una pequeña higuera cuyo pie se regaba con un nacimiento natural de agua. La fuente de la Higuerilla de nuestros días en el Camino del Pastelero.
La batalla, que duró hasta bien entrada la noche, quedó resuelta con la victoria militar de las huestes de Don Juan II, quienes habían conseguido concentrar a los árabes en una zona muy delimitada en la que fueron acosados por distintos flancos.
Los vecinos ya en su huida a los huertos, a la propia Sierra de Elvira y a Granada, fueron perseguidos y lanceados “hasta infinistos moros fueron muertos” (sic). No hablan los cronistas de las bajas aragonesas, pero sin lugar a dudas hubieron de ser de gran número dado la perfecta instrucción militar de la caballería árabe, que llegó incluso a herir de muerte al espectador o cronista culto del ejército invasor El Doncel de Sigüenza, traído a esta batalla en plena adolescencia al servicio de las letras de batalla del ejército aragonés, herido de muerte fue trasladado a su ciudad natal Sigüenza, en cuya catedral yace bajo la estatua alabastrina que le representa con un libro en las manos y la memoria de esta batalla grabada en piedra.
Desde hace mucho tiempo vengo reivindicando a los responsables municipales de nuestro pueblo que el lugar que las crónicas y tradición describen donde se celebró la batalla, sea dignificado, por un mínimo sentido histórico se lo merece y si no al menos por la trascendencia que supuso para la caída definitiva y posterior del reino de los nazaritas en Andalucía.
No hace falta que describa con fotografía la situación en que se encuentra el mismo, sentí vergüenza cuando unos amigos que fueron me pidieron que les enseñara el lugar de la Fuente de la Higuerilla, no merece este resultado en la historia que ello quede para un vertedero de escombros y basuras.
Artículo editado por Corporación de Medios de Andalucía y el Ayuntamiento de Atarfe, coordinado por José Enrique Granados y tiene por nombre «Atarfe en el papel»