«La Tarasca y los invasores» por Juan de Dios Villanueva Roa

El dragón pasea hoy por las calles nazaríes.

Domado por Santa Marta, la tradición recuerda la simbología de esta figura, el bien dominando al mal, que a tantos atrae y que otrora marcaba el cambio, desde el comienzo del Corpus, rozar las vacaciones con la yema de los dedos, el verano imponiendo su rigor como estaba mandado, los lugareños arremolinados en tono a las calles del verdadero centro capitalino, las gentes venidas desde los pueblos de alrededor para celebrar el inicio de estas fiestas compartidas con todos, y algunos forasteros que habían decidido pasarse por esta ciudad para disfrutar de unas fiestas que hasta ese momento les eran ajenas.

Gigantes y cabezudos, carocas, altares y oficios, la juncia y el verde por los suelos, y los toldos, pocos, protegiendo de los rayos que mandaban los cielos, completaban imágenes reforzadas en el esplendor religioso al día siguiente, con la procesión y hasta la guardia civil desfilando entre las gentes. Era la fiesta más grande de esta ciudad, en la que vestían de nuevo, paseaban y se tomaban lo que fuese en familia, con los amigos. La música y el festejo invadía las calles y el verano tocaba clarines anunciando su llegada.

Hoy es tal día como entonces, hace unas decenas de años, tal vez más, quizás menos, y aquí está de nuevo la Tarasca vestida para la ocasión, con sus críticas y sus admiradores, con tanto calor como siempre, con risas y sudores, con Granada llena de gentes, turistas que llegan y llenan las calles que ya son suyas, que buscan la fotografía, el selfie, que preguntan los porqués de algunas de las cosas que ven y que atestan los bares y terrazas mientras los lugareños se retiran a los barrios buscando esa cerveza que celebre el comienzo de las que fueron sus fiestas y los jóvenes se examinan de selectividad.

FOTO: Pepe Marín