‘¡Que viva España!… Incluidas las españolas’ por Agustín Martínez
Mientras este país enloquecía con la victoria de La Roja en el Mundial de Fútbol, cuatro mujeres eran asesinadas en esta arcadia feliz en apenas unos días.
Tres de ellas en Andalucía. Cuatro vidas segadas por hombres que creyeron tener derecho a decidir sobre la existencia de quienes un día dijeron querer. Cuatro nombres que, durante unas horas, han ocupado un titular antes de ser sustituidos por la siguiente urgencia informativa. Cuatro tragedias que dejan hijos huérfanos, familias destrozadas y una sociedad que parece haber aprendido a convivir con el horror.
Imaginen por un momento que las cuatro víctimas hubieran sido cuatro diputados, cuatro policías o cuatro militares asesinados en apenas cuarenta y ocho horas
Imaginen por un momento que las cuatro víctimas hubieran sido cuatro diputados, cuatro policías o cuatro militares asesinados en apenas cuarenta y ocho horas. España estaría paralizada. Se convocarían gabinetes de crisis extraordinarios, sesiones parlamentarias, minutos de silencio en todas las instituciones, especiales informativos durante días y un debate nacional sobre la amenaza que se cierne sobre nuestra democracia.
Pero eran mujeres.
Y eso, por terrible que resulte escribirlo, parece situar la tragedia en una categoría distinta, casi rutinaria. Como si la violencia machista hubiera acabado convirtiéndose en una lluvia persistente que ya apenas obliga a abrir el paraguas. Nos escandaliza durante unas horas y después seguimos adelante mientras el contador continúa avanzando con una obscenidad insoportable.
Estos días han vuelto los análisis. Que si el calor sofocante, de las vacaciones, el estrés, del alcohol, incluso la influencia que determinados acontecimientos deportivos pueden tener sobre hombres predispuestos a ejercer la violencia. La literatura científica estudia esos posibles factores desencadenantes. Pero conviene no perder nunca de vista la cuestión esencial: quien mata no es el verano. Quien mata no es el fútbol. Quien mata no es una ola de calor… Quien mata es un machista.
Todo lo demás son circunstancias que, en algunos casos, pueden actuar como detonantes. La pólvora, sin embargo, ya estaba allí.
También convendría preguntarse cuántas de estas muertes pudieron evitarse
También convendría preguntarse cuántas de estas muertes pudieron evitarse. Entre las víctimas había mujeres que habían pasado por el sistema VioGén y cuyos casos ya no estaban activos. Seguimos encontrando resoluciones judiciales que levantan órdenes de protección o permiten recuperar la convivencia con agresores que acaban consumando el crimen. No se trata de señalar indiscriminadamente a jueces o fiscales, cuyo trabajo es extraordinariamente complejo, pero sí de asumir que cada fallo del sistema merece una reflexión profunda. Porque detrás de cada expediente archivado puede esconderse una sentencia de muerte.
Y mientras tanto, asistimos al inquietante avance político de quienes niegan la propia existencia de la violencia machista. De quienes reducen los asesinatos a simples episodios de violencia intrafamiliar o rechazan el consenso científico, jurídico y social construido durante décadas. Resulta estremecedor comprobar que partidos con opciones reales de gobernar sostienen discursos que banalizan esta realidad y cuentan incluso con responsables institucionales, como el flamante vicepresidente andaluz, que cuestionan derechos tan elementales como la incorporación plena de la mujer al mercado laboral. Las palabras nunca son inocentes, porque cuando se niega un problema, se debilitan las herramientas para combatirlo.
La violencia machista no empieza con una puñalada. Empieza mucho antes
La violencia machista no empieza con una puñalada. Empieza mucho antes. Comienza cuando se normaliza el control, cuando se justifica la dominación, cuando se ridiculiza el feminismo, cuando se cuestionan las políticas de igualdad, cuando se presenta a las víctimas como exageradas y cuando se convierte la evidencia en una batalla ideológica.
Cada asesinato debería representar un fracaso colectivo. No solo del asesino, que es el único responsable penal de su crimen, sino también de una sociedad incapaz todavía de reaccionar con la contundencia moral que exigiría una masacre continuada. Porque eso es exactamente lo que estamos viviendo. Una masacre.
Y mientras no sintamos el mismo escalofrío que sentiríamos si las víctimas fueran representantes públicos, agentes de policía o militares, seguiremos enviando un mensaje devastador: que hay vidas cuya pérdida todavía no consigue detener el país.
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