«COMPRENSIÓN LECTORA» por Remedios Sánchez
Francisco Umbral, maestro de columnistas, escribió hace veinticinco años que, si, como afirmó Heidegger, «el hombre es el pastor del Ser», resultaba imprescindible que el niño ejerciera como pastor del abecedario.
Es decir, que si los seres humanos tienen la obligación de proteger al «Ser» (entendido como el modo en que se revelan las cosas de manera inteligible mediante un lenguaje no manipulado), los niños deben ser guardianes de la lengua y del valor de las palabras en sus sentidos más hondos y verdaderos. Ya entonces se lamentaba de la falta de dominio ortográfico y de la escasa comprensión lectora de aquella generación que, miren ustedes por dónde, ha acabado siendo la que hoy nos gobierna.
De ahí que este nuevo fracaso en el Informe PISA no coja por sorpresa a casi nadie. Esta debacle del alumnado en competencia lingüística se ha ido propiciando, de manera intencionada, con cada ley educativa que venía a hacer buena a la anterior: cinco décadas de eficacísimo ejercicio de cinismo y dejación de funciones. Digo cinismo y dejación de funciones para delimitar tal disparate, a sabiendas de que ese empeño por rebajar el nivel curricular para favorecer aprobados generales —singularmente en las humanidades— iba a tener consecuencias que trascienden la lamentable imagen que ofrece un país del llamado primer mundo cuando ejerce de subdesarrollado. Porque lo peor no es quedar en evidencia, sino haber engañado sistemáticamente y a sabiendas a las llamadas «generaciones mejor formadas de España».
Basta hablar con cualquier docente para comprender que los sucesivos gobiernos han cometido, progresivamente, dos gravísimas insensateces, con el apoyo incontestable de los pedagogos asesores ministeriales de cada periodo. El primero ha consistido en restar autoridad a la figura del docente (desde Educación Infantil hasta la universitaria) sustituyendo su habilidad vocacional para enseñar por la tecnologización digital que convierte a los chavales en analfabetos funcionales, incapaces de descifrar un texto breve. El segundo, en devaluar lo que implica esforzarse, con el propósito de evitar quejas de padres que creen que se traumatiza a sus hijos si se les pide en un examen que resuelvan un problema matemático o que reflexionen sobre el sentido de un poema, pongamos por caso.
En suma, se ha desatendido lo prioritario, porque pensar, leer o escuchar implica aplicar destrezas de análisis e interpretación; distinguir entre lo esencial y lo accesorio; relacionar ideas, y extraer conclusiones para no dejarse arrastrar por consignas interesadas. Quien no comprende lo que lee difícilmente podrá ejercer una ciudadanía libre y consciente, capaz de formarse una opinión propia y razonada sobre lo que sucede en nuestro tiempo. A corto plazo, esta carencia puede parecer más manejable para quienes ostentan el poder; sin embargo, olvidan el avance inexorable de los radicalismos populistas, que son los principales beneficiarios del desastre educativo. Y ahí radica la mayor perversidad: en robarle al alumnado la posibilidad de nombrar el mundo o formarse una opinión y discutirla con argumentos.
Sin lectura analítica no existe el pensamiento libre y, sin cultura del esfuerzo, las aulas dejan de ser espacios de igualdad de oportunidades para convertirse en fábricas de aprobados inservibles y frustraciones en diferido. Sin embargo, quienes deciden parecen no advertir que están actuando a medio plazo contra sus propios intereses. Están tan concentrados en proteger sus sillones hoy, que han perdido por el camino de la ambición la capacidad de comprensión lectora interpretativa.
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