Las imágenes de un policía empujando, tirando al suelo y partiendo nariz y barbilla a una maestra en Valencia son elocuentes del trato que esta sociedad está dando a la enseñanza pública, en todos sus niveles.

Cualquiera agrede a la enseñanza y sigue su camino, y después vienen los suyos y defienden y justifican a ese o a esa cualquiera. Y ‘palante’. Parece que no percibimos la importancia de lo público en nuestra sociedad, en la que no hay una clase media fuerte, con capacidad de pagarse un sistema privado de enseñanza, sanidad, servicios sociales, pensiones… Parece que todos nos creemos más ricos por agredir a lo público, desde las escuelas infantiles hasta la universidad, desde los centros de salud hasta las consultas de medicina de familia, desde la asistencia domiciliaria hasta la residencia.

Hay quien se considera superior por esas laceraciones hacia lo que entre todos sostenemos garante de igualdad ante el futuro desde un presente en el que vivimos. Pero la necedad no tiene límites, aunque las cuentas corrientes la puedan permitir, y hay quien pensando que estar cerca de ricos, sanos, de guapos sociales, aparentemente se siente más rico, menos enfermo y con una belleza sublime. Pobre ingenuo.

Lo triste no es que no lo sea, lo triste es que manifiesta el retroceso de una sociedad que hasta hace cuatro días pensábamos que iba bien encarrilada, y vemos que los voceros y los aneuronales están ganando la batalla para que cuatro gañanes logren sus propósitos de que más seamos menos. Sí, a esa maestra que enseñó a leer y escribir a los hijos o nietos de usted mismo, a ella ese policía jabato la ha agredido por pedir más medios para trabajar con los de usted, igual que los médicos o los cuidadores. ¡Ay, los guapos sociales!