El incendio de Almería merece toda la ayuda y la solidaridad pero exige también una transformación ante las catástrofes que desencadena el cambio climático

Nada puede seguir igual después del incendio de Los Gallardos (Almería), que ya se ha cobrado la vida de 12 personas y lleva camino de convertirse en la mayor tragedia provocada por el fuego en España. Hay todavía 23 desaparecidos en las peores circunstancias. Es el momento de la solidaridad absoluta con las víctimas y los pueblos y territorios afectados, y la máxima movilización en las tareas de rescate. Pero, sea cual sea el alcance final, esta catástrofe ha de marcar un cambio de fondo en el abordaje de las amenazas climáticas. Ya no basta con seguir incrementando los servicios de extinción o mejorar los mecanismos de alerta temprana y avisos a la población. El nuevo reto exige mucho más: desde la adaptación de los ciudadanos y la sociedad y la innovación tecnológica hasta un consenso político para un pacto de Estado que sea capaz de movilizar los recursos excepcionales y las inversiones necesarias.

La progresión en el aumento de las temperaturas y la frecuencia de las olas de calor indican que las consecuencias del calentamiento global no solo representan una amenaza económica capaz de estrangular sectores clave como el turismo o la agricultura. Como trágicamente vemos, suponen además un riesgo creciente e imprevisible para la seguridad de las personas.

Las condiciones físicas del medio y el modelo de crecimiento urbanístico de las últimas décadas nos hacen especialmente vulnerables. Estamos ante un nuevo patrón climático que hace que las temperaturas extremas ya no sean una excepción sino la nueva normalidad. Se suceden las olas de calor en las que cada día se superan los registros históricos de temperatura máxima en algún lugar, sin apenas intervalos de alivio para poderse recuperar. Y en muchos puntos de la geografía española cada vez hay menos diferencia entre el día y la noche, lo que somete a los organismos vivos a un estrés permanente por mantener la temperatura interna. Este es uno de los factores que incide en la elevada mortalidad prematura asociada al calor. Que en Berlín se alcancen las mismas temperaturas que hace poco eran habituales en Sevilla habla de la magnitud de un cambio que no va a ser fácil revertir.

Durante más de medio siglo, en España, no han parado de retroceder los cultivos agrarios que ahora podrían actuar como un mosaico de cortafuegos. La biomasa acumulada durante décadas en los bosques permite al fuego destruir en poco tiempo zonas extensas en las que se han levantado urbanizaciones, o núcleos habitados que en algún momento se construyeron pensando que estar en medio del bosque les daba un valor particular. Ahora se ha convertido en una amenaza.

Cualquier respuesta debe empezar por asumir que la naturaleza de los incendios se ha transformado. Hoy, en condiciones de altas temperaturas, baja humedad y vientos calientes, cualquier fuego puede generar corrientes internas que hacen que avance de forma incontrolada e imprevisible. Y esto requiere actuar con rapidez, comunicar con claridad las instrucciones a la población y una tarea pedagógica para que los ciudadanos sigan las indicaciones.

Pero la simple gestión de los incendios será insuficiente si no se minimiza el riesgo asociado a las altas temperaturas, y esto solo se logrará con más dinero para controlar las masas forestales y abrir corredores capaces de parar el fuego. El coste de la inacción ya es inasumible. Extinguir una hectárea de bosque cuesta 19.000 euros, según las estimaciones, mientras que gestionar una hectárea de bosque cuesta 2.400.

Todo este esfuerzo demanda unidad de las administraciones, los partidos y los ciudadanos para responder ahora a la tragedia de Los Gallardos y evitar que se repita, y de una vez tomarse en serio la descarbonización. Los efectos del cambio climático son más graves y van más rápido de lo que indicaban las previsiones, pero seguimos quemando combustibles fósiles como si no hubiera un futuro y un planeta que proteger.

EL PAIS

FOTO: Los servicios de emergencia trabajan en la extinción del incendio de Almería.ALFONSO DURÁN

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