«Siervos del wifi» por Isabel Coixet
Hay palabras que, como el amor en las canciones de Rocío Jurado, se gastan de tanto usarlas: ‘capitalismo’ es una de ella. Explica el insomnio y también el sueño, los incendios y las inundaciones.
Sirve para justificar que tu hija no conteste los mensajes y que el barrio donde naciste sea hoy un decorado para despedidas de soltero. Leo estos días un texto del filósofo Gérard Bensussan, que le pone nombre latino al fenómeno: reductio ad capitalismum, una llave maestra que abre todas las puertas y que, precisamente por abrirlas todas, ya no abre ninguna. Spinoza fue más descriptivo: llamaba a ese mecanismo «el asilo de la ignorancia».
Confieso que yo también he usado a destajo la palabra. Es cómoda. Cabe todo debajo. Pronunciarla produce, además, un pequeño placer moral, la sensación de haber entendido el mundo y de saber contarlo. Pero la comodidad intelectual es como los pantalones de chándal: una se acostumbra y luego ya no hay manera de ponerse otra cosa.
Nosotros vivimos en sus tierras, que ahora se llaman ‘plataformas’, y pagamos la renta en una moneda que ni siquiera vemos
Y, sin embargo, cuando miro alrededor, lo que veo no se parece a los manuales de economía y materialismo histórico que leí en la universidad. Veo a Mark Zuckerberg comprando media isla de Kauai y excavando debajo un búnker, por si acaso. Un yate tan desmesurado que en Róterdam se llegó a plantear desmontar un puente histórico para dejarlo pasar. Una boda que alquiló media Venecia. Y cuatro señores, siempre los mismos, repartiéndose la inteligencia artificial igual que los reyes medievales se repartían las tierras conquistadas, con la diferencia de que algunos de aquellos reyes al menos tenían que presentarse en el campo de batalla y mojarse. Y éstos sólo mojan a destajo sus centrales de IA.
El capitalismo clásico, con toda su ferocidad, presumía de competencia y de una promesa (casi siempre falsa, pero promesa al fin): la de que cualquiera podía prosperar. Los nuevos señores no compiten ni prometen ni dejan resquicio a la esperanza: abruman. Compran al rival antes de que crezca, como el señor feudal compraba el molino del pueblo de al lado. China compra África. Musk compra Marte. Bezos te mete las estanterías más baratas del mundo en tu casa y ese libro «que no se encuentra en ningún otro sitio». Nosotros vivimos en sus tierras, que ahora se llaman ‘plataformas’, y pagamos la renta en una moneda que ni siquiera vemos: nuestros datos y nuestras horas de vida mirando una pantalla que nos mira a nosotros. Ya no poseemos casi nada. La música se alquila, igual que las películas, los libros y las apps que se pagan por suscripción: el diezmo.
A eso hay quien lo llama ‘tecnofeudalismo’; yo prefiero ‘neofeudalismo’, porque la tecnología es solo otra palabra vacía. Lo genuinamente nuevo es la inmensa desvergüenza con que se exhibe.
Quizá por eso me irrita tanto la palabra comodín. Decir ‘capitalismo’ ante todo esto es como diagnosticar ‘fiebre’ a un enfermo de peste: técnicamente cierto, perfectamente inútil. Nombrar mal o imprecisamente las cosas, escribió Camus, es añadir desgracia al mundo. Y nombrarlas bien o intentarlo, sospecho, es lo único que todavía está a nuestro alcance mientras decidimos qué hacer con los castillos: si asaltarlos o si seguir pagando la renta con la cabeza gacha y la red wifi a tope, esperando que algún día el señor se asome a las almenas y nos lance un mendrugo con forma de descuento.
https://www.ideal.es/xlsemanal/firmas/isabel-coixet/siervos-del-wifi-20260803103811-ntrc.html
FOTO:https://www.acrylicwifi.com/blog/10-consejos-para-mejorar-el-rendimiento-del-wifi/