«Gloria Steinem, la verdadera influencer» por Javier Arenas
A veces quienes más influyen en nuestra vida pertenecen a otra generación. Nos dejan algo mucho más importante que una tendencia: una manera diferente de mirar el mundo.
Hace unos días murió Gloria Steinem, a los 92 años, y con ella desaparece una de las grandes voces del feminismo contemporáneo, una mujer que dedicó su vida a cuestionar aquello que parecía inamovible y cuya influencia consiguió atravesar generaciones y fronteras hasta alcanzar también a quienes nacimos muchas décadas después de que ella comenzara su lucha.
Yo la descubrí como se descubren muchas cosas hoy: casi por casualidad. Un día apareció en Instagram un fragmento de una entrevista suya. Me detuve a escucharla y después busqué otra, y otra. Empecé a leerla, a escuchar sus discursos y a conocer su historia. Vi The Glorias, vi Mrs. America y fui descubriendo a aquella mujer de gafas enormes que llevaba más de medio siglo diciendo cosas que, sorprendentemente, seguían interpelándonos.
Fue entonces cuando pensé que Gloria Steinem era, para mí, la verdadera influencer. Utilizamos esa palabra para hablar de quienes consiguen nuestra atención, acumulan seguidores o marcan tendencias, pero influir debería significar algo más: conseguir que una idea sobreviva a su tiempo, que llegue a personas que ni siquiera habían nacido cuando fue pronunciada y que sea capaz de cambiar su manera de entender el mundo. Eso fue lo que Gloria hizo con millones de mujeres y, salvando todas las distancias, también lo que hizo conmigo.
Gloria Steinem fue periodista, escritora, activista y una de las figuras fundamentales de la segunda ola feminista en Estados Unidos. En 1963 se infiltró como trabajadora en un Playboy Club y publicó un reportaje sobre las condiciones laborales de aquellas mujeres. Años después cofundó Ms., una revista que contribuyó a situar las experiencias y los derechos de las mujeres en el centro del debate público. Participó también en la creación del National Women’s Political Caucus para impulsar la presencia de las mujeres en la política y dedicó décadas a defender la igualdad salarial, los derechos reproductivos y la lucha contra la discriminación.
Sin embargo, quizá su aportación más importante sea mucho más difícil de medir. Gloria ayudó a cambiar lo que millones de mujeres creían posible y, de alguna manera, eso también cambia la historia. Muchas de las libertades que mi generación ha recibido como normales fueron, para la suya, territorios que hubo que conquistar, porque antes hubo mujeres que se atrevieron a decir que aquello que parecía normal no tenía por qué seguir siéndolo. Gloria fue una de ellas.
En 2021 vino a España para recibir el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades y yo tuve la inmensa suerte de conocerla. Nuestro encuentro fue breve, pero me dejó unas palabras que desde entonces me acompañan. Mientras intentaba explicarle, entre los nervios y la emoción, cuánto había significado para mí descubrirla, ella me dijo: «Los jóvenes no tenéis que continuar con nuestro pasado, sino crear con todo ello vuestro propio futuro. No bajéis los brazos, nunca». Con los años, aquellas palabras han ido adquiriendo para mí un significado cada vez mayor y hoy, después de su muerte, vuelvo a ellas y creo comprender aún mejor lo que quiso decirme.
Nuestra generación dispone de herramientas que la suya nunca tuvo. Podemos denunciar una injusticia desde un teléfono móvil y conseguir que miles de personas la conozcan en unas horas, pero tener voz no significa necesariamente transformar la realidad. Gloria y tantas mujeres de su generación tuvieron que reunirse, escribir, organizarse, salir a las calles y sostener sus reivindicaciones durante décadas. Quizá ahí esté una de las lecciones que podemos aprender de ellas: indignarse no basta; hay que participar, implicarse y estar dispuesto a defender aquello en lo que creemos incluso cuando hacerlo resulta incómodo o deja de ser tendencia.
Ahora que Gloria ya no está, creo que el mejor homenaje no consiste en convertirla en una estatua ni en colocarla tan lejos de nosotros que olvidemos que alguna vez fue simplemente una mujer joven que decidió que había cosas que no estaba dispuesta a aceptar. Su legado tiene sentido si nos sirve para mirar hacia delante y preguntarnos qué nos corresponde hacer a nosotros con el camino que otras personas ayudaron a abrir.
Guardo en mi despacho una fotografía que Gloria me firmó aquel día. En algunos momentos de duda, o cuando defender algo parecía demasiado complicado, la he mirado y he pensado: si ella pudo enfrentarse a todo aquello, ¿cómo voy yo a bajar los brazos ahora?
Algún día Gloria Steinem será estudiada simplemente como historia. Se hablará de sus artículos, de Ms., de sus discursos y de aquella generación de mujeres que decidió que el mundo podía organizarse de otra manera.
Pero hay personas que no se van cuando mueren. Se quedan en las ideas que sembraron, en los caminos que abrieron y en quienes, muchos años después, seguimos encontrando en ellas una razón para no conformarnos.
Para mí, eso es influir de verdad.
Gracias por abrir camino, Gloria. Ahora nos toca a nosotros.