“La historia os juzgará” por Remedios Sánchez
No os entiendo. Os juro que hace tiempo que no comprendo bien adónde queréis ir; si es que de verdad os habéis creído que, tensando la cuerda hasta estos límites, vais a llevar al país a alguna parte.
Unos, liderados por Feijóo, ambicionáis sillones (en el caso de Vox, a cualquier precio, aunque sea aplicando aquello de «muera la inteligencia»); otros, no perder la exigua base de apoyos en vuestras autonomías. Y de fondo, Pedro Sánchez despliega mientras la táctica del instante preciso, evidenciando hasta qué punto se ha fracturado —con la inestimable colaboración de todos— la convivencia en un país que necesita templanza, diálogo y sensatez.
Llevo veinticuatro años escribiendo esta columna cada semana y, en pocas ocasiones, he percibido tal grado de desencanto con vuestro trabajo. O, mejor dicho, con la ausencia del mismo, porque algunos estáis tan centrados en hacerle la guerra al adversario que ignoráis vuestra responsabilidad. Si el otro dice blanco, vosotros respondéis negro, gris, azul o rojo. Y rojo es el color del sufrimiento, tenedlo bien presente. Soy consciente de que la disciplina de partido obliga, pero es que vosotros estáis en esos sillones que representan el mayor honor de la democracia para ejercer como voz del pueblo, para proteger los intereses colectivos. ¿Cuándo olvidasteis que nuestros votos os llevan en volandas al Congreso o al Senado? ¿Cuándo perdisteis la ilusión en el futuro para concentraros únicamente en lo que interesa hoy a vuestras siglas? Habéis asumido la radicalización como algo natural, la confrontación como el pan vuestro de cada día, o la corrupción como un problema «estructural» irresoluble. Cada vez que tenéis una oportunidad de reconducir esta deriva que nos lleva al precipicio, de dejar de insultarospara escucharos, de alcanzar un acuerdo de mínimos como esta semana, la situación acaba de la misma manera: en ruina decepcionante.
Sí, ya sé que coincidís en una cosa: «Que decidan las urnas», «que hable la gente»», afirmáis. Como si no estuviera hablando; como si sus gritos en las calles y sus silenciosamargos no fueran un aldabonazo en la conciencia de quien no la haya perdido por el camino. Y no solo en la calle: todos tenéis –tenemos– familias que están pasando dificultades porque esta hora de España es buena exclusivamente para quienes no tienen escrúpulos y sacan su ganancia del río revuelto. No me refiero aquí únicamente a la crisis de la vivienda, aunque esa haya sido sólo la última gota que ha colmado el vaso de la paciencia ciudadana. Están también la sanidad, que estáis dinamitando impunemente; los teóricamente asentados derechos sociales, que nos obligáis a defender a cada rato por esa afición de privatizar hasta el alma; la crisis migratoria, con Ceuta como epicentro; y los sueldos, que no alcanzan.
No quisiera estar en vuestros zapatos, lo confieso. Muchos (quisiera creer que una mayoría) sois personas decentes y con principios, con legítimas aspiraciones y con ideologías distintas. Unas ideologías que, en otro tiempo, fueron capaces de tener altura de miras y de unirse para lo esencial, de hacernos sentir orgullosos. Sin embargo, estáis fallándonos estrepitosamente y debéis saberlo. Os lo digo sin estridencias, sin intención de ofender, porque lo apremiante aquí es que despertéis y reconstruyáis los puentes cuanto antes. Si no lo hacéis, coincido con Sánchez en una afirmación: la Historia os juzgará. Y a él, el primero.