14 octubre 2026

La riqueza de la izquierda radica en su pluralidad, pero esa diversidad se convierte en suicidio político cuando se antepone la soberbia de las siglas a la utilidad social

La convocatoria de elecciones generales anticipadas ha vuelto a activar el implacable mecanismo de las calculadoras políticas. En provincias como Granada, con un número intermedio de escaños a repartir, el veredicto de las matemáticas es viejo y conocido: el sistema d’Hondt no perdona la fragmentación, y la dispersión del voto progresista se traduce de inmediato en una penalización en escaños. La realidad es todavía más sangrante en el Senado, ese territorio de listas abiertas donde, si la izquierda acude dividida, la derecha suele llevarse por inercia el premio mayor del tres a uno.

Sin embargo, reducir la imperiosa necesidad de candidaturas unitarias a una mera cuenta de supervivencia electoral sería un error estratégico monumental. Si las izquierdas se unen solo porque no les salen los números, transmitirán resignación y oportunismo. El verdadero reto no es matemático, sino un cambio de cultura política.

El escenario sociopolítico actual exige que las fuerzas progresistas aprendan, de una vez por todas, a conjugar el verbo cooperar. Cooperar no es sinónimo de uniformidad, de absorción ni de renuncia; no se trata de que nadie disuelva su identidad en una marca única y gris ni de que se abandonen las legítimas diferencias ideológicas. La riqueza de la izquierda radica en su pluralidad, pero esa diversidad se convierte en suicidio político cuando se antepone la soberbia de las siglas a la utilidad social. La madurez política consiste precisamente en saber sentarse a la mesa manteniendo el perfil propio, pero con la generosidad suficiente para trazar una hoja de ruta común y una unidad de acción inquebrantable en lo fundamental.

Para que esta unidad de acción sea creíble ante el electorado granadino y no un simple simulacro de despachos, las listas no pueden convertirse en un refugio de cuotas partidistas ni en un tablero de ajedrez para colocar a los fieles de cada organización

Para que esta unidad de acción sea creíble ante el electorado granadino y no un simple simulacro de despachos, las listas no pueden convertirse en un refugio de cuotas partidistas ni en un tablero de ajedrez para colocar a los fieles de cada organización. El perfil idóneo de quienes encabecen este esfuerzo unitario exige hombres y mujeres con una contrastada capacidad de permeabilidad social. No necesitamos guardianes de las esencias de las siglas, sino figuras puente: personas con prestigio social, solvencia profesional o trayectoria activista, capaces de suscitar el respeto de las distintas sensibilidades y de hablarle directamente a esa ciudadanía desencantada que asiste perpleja a las disputas internas. Especialmente en el Senado, donde el ciudadano vota nominalmente, se requieren rostros que sumen por su propio peso específico y que la provincia asocie a la defensa de los servicios públicos o la sostenibilidad del territorio, y no meros soldados de la disciplina de partido.

Unirse por miedo a la calculadora es propio de supervivientes; cooperar para transformar la realidad y ofrecer un horizonte de certidumbre es propio de políticos con mayúsculas. La ciudadanía progresista de Granada no pide milagros ni la desaparición de las identidades de cada partido; lo que exige es inteligencia política para gobernar la diversidad interna. Si las izquierdas muestran que son capaces de cooperar entre ellas, demostrarán que están preparadas para seguir gobernando un país plural. De lo contrario, la derecha se encargará de seguir leyéndonos la cartilla de los escaños.

FOTO:Prensa Senado