Qué es exactamente renaturalizar una ciudad
Va mucho más allá de plantar árboles: implica repensar el espacio urbano como un ecosistema conectado, con infraestructura verde y azul integrada en su planificación.
El término renaturalizar se ha instalado en los planes municipales, en los informes de la Comisión Europea, en el vocabulario habitual de cualquier ayuntamiento con aspiraciones climáticas y, cada vez más, en los barrios y ciudades. Se trata, en principio, de un concepto técnico, surgido en el ámbito de la ecología urbana para describir la reintroducción planificada de elementos naturales en el tejido de las ciudades. Se aplica, por ejemplo, tanto a la plantación de unos árboles en una rotonda como a la transformación completa de una avenida en un corredor ecológico, pasando por la instalación de un jardín vertical en una fachada o la recuperación de un tramo de río sepultado bajo el cemento durante décadas.
Plantar árboles es una acción puntual, renaturalizar, en cambio, implica planificar una red conectada de espacios verdes y azules que funcione como un sistema, no como una colección de elementos sueltos. Esa red incluye parques y arbolado, pero también ríos recuperados, tejados y muros vegetales, pavimentos permeables, jardines de lluvia que reducen la escorrentía y corredores biológicos que enlazan la ciudad con el territorio circundante. Cada uno de estos elementos, considerado por separado, aporta más bien poco, y es la conexión entre ellos la que multiplica su efecto.
Salvador Rueda, ecólogo urbano y fundador de la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona, lleva desde finales de los años 80 desarrollando lo que llama urbanismo ecosistémico. Su propuesta parte de una idea incómoda para buena parte del urbanismo del siglo XX: una ciudad funciona como un ecosistema y, por tanto, debe evaluarse con los mismos criterios de eficiencia metabólica, biodiversidad y proporción que se aplican a cualquier sistema vivo. De ahí nacieron las supermanzanas, que Rueda concibió como una célula urbana capaz de liberar espacio público del tráfico rodado y devolverlo a la vegetación, al peatón y al encuentro social. El razonamiento tiene, además, una lógica sencilla. Si la movilidad motorizada ocupa una parte desproporcionada del espacio, cualquier intento serio de renaturalizar tiene que empezar por replantear ese reparto, en lugar de añadir jardineras a lo que ya existe.
La Estrategia Nacional de Infraestructura Verde, Conectividad y Restauración Ecológicas de España recoge, precisamente, esta misma lógica sistémica. El documento identifica y clasifica los espacios verdes del territorio para después trazar cómo conectarlos, ya que un parque aislado presta muchos menos servicios ecosistémicos que una red de parques enlazados entre sí. La Comisión Europea llega, por su parte, a una conclusión parecida en su informe sobre infraestructura verde continental. Invertir en naturaleza urbana no es un gasto estético comparable al de un aeropuerto o una autopista, sino una apuesta funcional por servicios que, de otro modo, habría que sustituir con obra gris, desde la regulación térmica hasta la depuración del aire o la absorción de agua de lluvia.
El urbanista estadounidense Timothy Beatley, profesor en la Universidad de Virginia, añade una capa adicional al debate en su libro Biophilic Cities. Beatley lleva años defendiendo que las «ciudades verdes» han centrado sus esfuerzos en el transporte público, la eficiencia energética y los edificios sostenibles, dejando de lado, en el proceso, algo esencial. Los seres humanos tienen una necesidad innata de contacto con formas de vida no humanas, la hipótesis de la biofilia que da nombre a su propuesta. Una ciudad biofílica no se limita, entonces, a alojar biodiversidad en sus márgenes. Integra la naturaleza en cada escala, desde el edificio individual hasta la planificación regional, y trata de restaurar lo que la urbanización ha degradado en vez de conformarse con conservar lo que queda.
Esta perspectiva desplaza, así, el argumento habitual, centrado en el cambio climático y la resiliencia, hacia el terreno del bienestar cotidiano. Fuentes, jardines verticales, corredores de sombra o simples franjas de vegetación silvestre entre los edificios cumplen, en este sentido, una función que ningún indicador de temperatura recoge del todo. Actúan, sobre todo, como reencuentro entre habitantes urbanos y procesos naturales de los que la vida en la ciudad los ha ido alejando progresivamente.
Quedan, con todo, motivos para la cautela. Varios especialistas advierten del riesgo de que la palabra se vacíe de contenido a fuerza de usarse como reclamo publicitario, aplicada a proyectos que apenas modifican una fachada o instalan césped artificial disfrazado de sostenibilidad. La renaturalización auténtica exige, en cambio, especies autóctonas adaptadas a cada clima, continuidad ecológica entre espacios y, sobre todo, una redistribución real del espacio público que hasta ahora ha pertenecido casi en exclusiva al asfalto. Plantar es el gesto más visible, pero repensar quién y qué ocupa la calle, en cambio, es la parte difícil, la que distingue una política urbana seria de un simple lavado de imagen.