‘La bola negra’ y la cultura de la hiperventilación
La crítica de La bola negra era una cosa. Y esta es otra… El stendhalazo sobreactuado, la hiperventilación, el scroll o la escasa memoria cinematográfica
Hay quien ha salido de La bola negra llorando. Otros sollozando. Algunos a gritos. Otros cuentan que vieron gente de rodillas, agarrada a las butacas, temblando, golpeándose el pecho o incapaz de abandonar la sala. Alguno salió, se abrazó con sus amigos y volvió a entrar.
No sé qué decir. Yo solamente vi una película. Una película estimable, además. Ya he escrito sobre ella y no pienso volver a discutir aquí su magnífica fotografía, sus actores o sus problemas de guion. Esto va de otra cosa que ha evidenciado el fenómeno -porque eso es- de esta película. Va de una generación a la que gustarle mucho una película -sobre todo ésta película- se le queda corto.
Te tiene que destrozar. O atravesar. O sanar. O dejar sin palabras. O cambiarte la vida. No hay más opciones. Supongo que «me ha parecido muy buena» proporciona poco engagement.
La hipérbole sería una anécdota si no delatara una manera bastante peculiar de relacionarse con la cultura. Todo tiene que ser un impacto. Mejor aún, una sucesión de impactos. Y La bola negra los sirve generosamente: guerra, sexo, Lorca, fascismo, cuerpos desnudos, represión, transexualidad, muerte, Iglesia, memoria, música, lágrimas. Antes de que una imagen termine de afectarte y de gustarse en su propia belleza grandilocuente ya viene la siguiente a recordarte que debes seguir afectado. Es una película perfecta para un espectador educado en el desplazamiento del pulgar.

Y luego está el pequeño detalle de haber visto cine. Tener una cultura cinematográfica escasa, como generalmente le ocurre a la generación Z o los primeros Alfa, público objetivo inequívoco de esta película, tiene una ventaja formidable: casi todo parece nuevo. El problema de llegar a La bola negra sin haber pasado por Pasolini, Genet o Fassbinder no es no haber hecho los deberes. Afortunadamente, para entrar en un cine todavía no exigen examen. El problema es creer que nadie había entrado antes allí.
El deseo homosexual, los cuerpos masculinos -efebos- convertidos en objeto de contemplación, la marginalidad, la violencia, el poder, la culpa, la provocación religiosa, la belleza mezclada con la sordidez… Que nada de eso nació ayer. Pasolini no es precisamente una novedad editorial. Genet tampoco. Y Fassbinder rodó Querelle en 1982, cuando buena parte de los que anuncian una revolución estética a la salida del cine ni siquiera figuraban entre las posibilidades de sus padres. Quizás sus padres todavía ni se conocían.
No pasa nada por descubrirlos después, o por no descubrirlos nunca. Lo divertido empieza cuando uno confunde su descubrimiento con el descubrimiento, en general, y cinco minutos más tarde anuncia a sus seguidores, muy solemne, que acaba de asistir a la refundación del discurso audiovisual. Porque supuesto que cada generación tiene derecho a descubrir la pólvora. Lo fatigoso es que después convoque una rueda de prensa y haga miles de hilos en redes sociales.
La bola negra, además, proporciona una experiencia particularmente agradecida, pues uno no sólo puede emocionarse muchísimo, sino emocionarse bien. Guerra Civil, Lorca, homosexualidad, represión, memoria, identidad. Encima los Javis te lo ponen fácil, no vaya a ser que la gente piense que no estás en el único lado bueno de la historia. Otro punto a favor de la hiperventilación es este: sentirse moralmente validado.
Y ahora toca publicar el parte de daños. Porque llorar en el cine es más o menos igual de novedoso que las palomitas. Lo curioso es levantar acta notarial del llanto. Este sollozaba. Aquel temblaba. El de más allá no podía levantarse. Dos desconocidos se abrazaron. Y se graban llorando, y abrazados al volante del coche, y sollozando por la calle. Cualquier día nos informarán también de la saturación de oxígeno.
La emoción ya no parece completa sin testigos, al carajo lo genuino. Y, además, compite. Si tú lloraste, yo lloré a gritos. Si saliste conmovido, yo no podía salir. Si te emocionó, a mí me atravesó. Si te pareció magnífica, a mí me cambió la vida. Hemos aplicado a la sensibilidad la lógica de las redes: cada impacto debe superar al anterior porque quedarse en «me gustó muchísimo» puede llevar a un estripitoso fracaso de audiencia y likes.
Así hemos conseguido que decir que una película buena sea casi ofensivo. Todo tiene que ser brutal, devastador, necesario, sanador, revolucionario. Y, por supuesto, histórico. Cada tres semanas cambia la historia del cine y el lunes siguiente cuesta recordar qué película la había cambiado.
Quizás ese sea el verdadero fenómeno de La bola negra. No que haya gente que llore con ella. Benditas sean las películas capaces de hacer llorar. Lo fascinante es esta necesidad de convertir una emoción perfectamente normal ante una obra de arte, mejor o peor, en una experiencia cercana al colapso multiorgánico, al stendhalazo sobreactuado.
Debe de ser agotador necesitar que cada película, cada serie, cada concierto, te cambie la vida. A veces basta con que sean buenos. Pero eso, al parecer, ya no da para un hilo. Hay que salir en ambulancia y con cita en el psicólogo.
El mentidero, de J.M.Beldad
foto: https://mubi.com/es/es/films/la-bola-negra
https://elmentidero.substack.com/p/la-bola-negra-y-la-cultura-de-la-hiperventilacion?utm_source=share&utm_medium=android&r=7x5ty2
El exceso que muestran algunos a la finalizaron de la Bola Negra te puede parecer una pose. No lo dudo, como tampoco dudo que muchas personas homosexuales de cierta edad se sientan tan representadas, que algunas escenas les partan el alma.
Reducir la emoción a un tema técnico, tildando a los espectadores de las nuevas generaciones de ignorantes, es de una prepotencia ridícula. El 90% no son cinéfilos ni tienen porque saber que antes Passolini utilizó esa estética. Ni falta que les hace porque no van a hacer una tesis doctoral.
Quizás no sea tu caso pero la mayoría va al cine a conmoverse y la Bola Negra lo hace.