«MILEI EXISTE» por Remedios Sánchez
Con la bronca pegada a los zapatos, el tono de chulo de barrio periférico y ese disfraz perpetuo de Elvis fondón, nos ha llegado, como del rayo, Javier Milei para animar la precampaña
. Es decir, que nada más bajarse del avión empezó a aplicar ese estilo habitual suyo fundamentado en el insulto generalizado. Porque una cosa hay que reconocerle al mandamás porteño: no discrimina a la hora de embestir, como un toro bravo en la plaza. Le da lo mismo una periodista que un obrero o el presidente del Gobierno de España. El propósito ha sido, como siempre con tales personajes, encender la mecha y espabilar a los torerillos patrios con un toque de clarines: quizá don Javier los considere bajos de tono, concentrados en cuestiones casi irrelevantes. A juzgar por el panorama de estos días, el Frente Amplio avanzando para tratar de encontrarse; Podemos perseverando en pegarse un tiro en el pie; Núñez-Feijóo, a lo suyo, como acostumbra; Abascal zascandilea por pueblos y ciudades al son de las manifestaciones antifascistas que tanto lo motivan; y Sánchez disfrutando de lo bien que da en televisión.
Será por eso que ningún cabeza de cartel ultra, de esos que ejercen de paladines de la radicalización en estos lares, consiguió sacar una horita corta para tomar un café con el excepcional anarcocapitalista que ha logrado el más difícil todavía: aumentar la ruina de una nación tan inmensamente rica como fue Argentina. El caso es que, en cuando terminó la recepción que le ofreció Isabel Díaz-Ayuso (qué hermosa es la amistad verdadera), el porteño aprovechó para dar una conferencia y explicar su gran triunfo fundado, como se sabe, en la metáfora de la motosierra. Un éxito que se traduce en recortes feroces de derechos sociales, devaluación de la moneda, aumento del desempleo y unos índices de pobreza que son un río desbordado. Lo suyo funciona como una reinterpretación gubernamental de ‘La matanza de Texas’, aquella película de terror con el delirante Leatherface, pero ahora articulada en torno al caos instaurado por un señor que habla con sus perros difuntos y que, en sus ratos libres, se dedica a desarrollar el ejemplo más acabado del naufragio populista de ultraderecha. Un populismo que acaba siempre por abrazarse con el de izquierdas, con el perfil bolivariano obtuso, o -incluso- por confraternizar con el simpático Bukele, que ha logrado que haya más salvadoreños en las megacárceles de su país que fuera.
Naturalmente, mejor ni hablamos hoy de su gran amigo Trump, valedor de cualquiera que esté dispuesto a dinamitar la convivencia sea donde sea. Milei pasó, pues, como un estallido de ira, como un ángel exterminador de la coherencia, como un relámpago de fuego que destruye lo que roza. Esa es la razón por la cual pocos quiere acercarse a él, so pena de convertirse en ceniza pura. Y así nos dejó, con una lección aprendida: la del disparate feroz de un perdonavidas que utilizó el discurso populista para lograr el apoyo masivo de gentes que buscaban desalojar del poder a una clase envilecida y corrupta; y acabó trayéndoles más de lo mismo, pero con un estilo embrutecido y unas consecuencias imprevisibles. Ese es el plan que sugiere para España con cada intervención, con cada gesto histriónico jaleado por individuos con perfume de alcanfor. Uno que cualquier persona sensata de este siglo debería rechazar con todas sus fuerzas.