28 octubre 2026

¿Quién destroza más el patrimonio de Granada: los alcaldes/as, los arquitectos o los promotores? PARTE 2

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En el estribo izquierdo, rematando las edificaciones entre el río y la Carrera, se hallaba el edificio de la pensión Zaida. Fue el frontispicio principal de las postales que enseñaban el idílico paisaje de pequeño arbolado, el Rastro y las torres de las Angustias en segundo plano, con los Basilios y Sierra Nevada al fondo. Su destrucción ya a principios del presente siglo fue el último puñal clavado a esta área urbana tan cotizada. Uno de los pretextos fue tapar la medianería tan exagerada que ya había levantada a su espalda (cine Madrigal); el no develado, uno de los mayores pelotazos financieros.

Saltamos al primer edificio de la acera contraria, la de los números impares de la Carrera, con fachada a la placeta de Bibataubín. Ahí había otro edificio historicista del XIX ─del modelo de huecos simétricos diseñado por Contreras─ que por arte de birlibirloque fue multiplicado en volumen como los panes y los peces. Está incluido en los tratados de arquitectura como el mayor muestrario de losetas de cuarto de baño decorando su fachada.

En sus bajos se cobijaron cafés cantantes, asociación de la prensa, sociedades del liceo, redacciones de revistas

Subimos a la Plaza del Campillo Bajo. Aquí nos encontramos con el imponente edificio Cervantes (en realidad, son dos comunidades de propietarios). Ocupan toda la manzana del que fue Teatro Cervantes, Cómico o Principal. Original de 1810, por lo que durante la ocupación francesa también lo llamaron Napoleón. Aquel edificio fue apodado la madriguera cultural hasta bien entrado el siglo XX; allí se citaron las mejores compañías de teatro, cómicas, de zarzuela e incluso las primeras proyecciones de cine. En sus bajos se cobijaron cafés cantantes, asociación de la prensa, sociedades del liceo, redacciones de revistas, etc. etc. Todavía conservaba en buen estado algunas de las decoraciones que pintó en sus paredes y palcos el escenógrafo Luis Muriel (en 1834).

Parte trasera del teatro Cervantes, a finales del XIX, años treinta y bloque que lo sustituye en la actualidad. La calle Campillo Alto fue rebautizada como Ángel Ganivet. ¡Si el escritor levantara la cabeza!

El Cervantes en los años veinte y en los años cuarenta, cuando ya estaba en marcha la operación Manigua. La amenaza de derribo acechaba, aunque todavía logró sobrevivir un cuarto de siglo.

Hasta que en el año 1966 el Ayuntamiento cedió a las presiones empresariales, con el pretexto de su forzada ruina, y permitió su derribo. Era uno de los últimos vestigios de la Manigua baja; a partir de 1922 se había puesto en marcha una operación de reforma interior de este barrio de soldados, flamenco, baretos y putas, que acabó con la trama urbana del XVI. El arreón final se lo dio el alcalde Gallego Burín a partir de 1939; el resultado fue la calle castellana llamada Ángel Ganivet, con los feísimos remates de los dos últimos bloques de su conexión con la plaza de Marina Pineda. También canta algún esquinazo al lado del Meliá.

Como premio a aquella manía ganivetiana, el alcalde no tuvo mejor forma de inmortalizarlo que poniendo su nombre a una calle ancha y recta; también podría habérselo puesto al embovedado completo del Darro, del que fue tan crítico

Por cierto, el espíritu de Ángel Ganivet tiene que estar liado a gorrazos con el del “mejor alcalde” del siglo XX, allá donde se encuentren. El malogrado escritor era muy crítico con las calles rectas y anchas; así lo dejó bien patente en su artículo de Granada la Bella titulado Luz y sombra, donde menciona concretamente su preferencia para ir desde el Campillo a Puerta Real o el Ayuntamiento echando por callejuelas traseras antes que por la explanada de la Acera del Casino. Como premio a aquella manía ganivetiana, el alcalde no tuvo mejor forma de inmortalizarlo que poniendo su nombre a una calle ancha y recta; también podría habérselo puesto al embovedado completo del Darro, del que fue tan crítico. Una verdadera patada en el bajo vientre del suicida.

El edificio Alameda relevó a partir de 1865 a dos casas de tres y cuatro alturas que cerraban la Acera del Casino. A la zona se la llamaba Alameda por el arbolado que empezaba un poco más abajo; también recibió ese nombre el café junto al palacio de Bibataubín, el que acogió la famosa tertulia del Rinconcillo y hoy restaurante Chikito. El edificio Alameda es uno de los típicos señoriales copiados de la moda de París del XIX. Se mantiene prácticamente intacto a como fue diseñado, a excepción de las dos plantas superiores añadidas, acabada en abuhardillado metálico, muy similar al hotel Juan Miguel de enfrente (obras ambas del mismo arquitecto, años setenta-ochenta).

En medio queda esa muela negra de cristal con sombrilla de que hablaba antes, cuan logotipo representativo de la inmobiliaria que mayores mojones sembró en la expansión de Cartuja

A partir de aquí, esta Acera es la crónica de un sacrilegio. Fueron demolidas todas las edificaciones (excepto una) hasta donde fue abierta la calle Ganivet. A mitad quedó la travesía Comandante Valdés (actual Almona del Campillo). Un bloque de otra capa de cebolla sustituye a la que fue casa de alquiler de la familia García Lorca a partir de 1916; más adelante, otras dieron lugar al solar del nuevo Teatro Isabel la Católica y las tres plantas del todopoderoso Centro Artístico, con su famosísima pecera (hoy desperdiciada en otros menesteres). En medio queda esa muela negra de cristal con sombrilla de que hablaba antes, cuan logotipo representativo de la inmobiliaria que mayores mojones sembró en la expansión de Cartuja.

Edificio del Casino, junto al solar para construir Correos.

Y en la esquina de Almona estuvo el Casino Principal, o de los ricos de Granada, que dio nombre a toda la acera de los números impares. Era un edificio de mediados del XIX, precioso, que se ve en las fotografías del solar antes de empezar a edificar la casa de Correos.

Este triángulo ya era considerado milla de oro desde el último tercio del XIX, cuando fue cubierta la bóveda del Darro

Este triángulo ya era considerado milla de oro desde el último tercio del XIX, cuando fue cubierta la bóveda del Darro. Además del Casino Principal, estuvieron más abajo el Imperial y su gran terraza; en la acera de enfrente se ubicaron Los Girasoles y el Delhi. Al ser lugar tan pasajero, se alternaron grandes comercios, estudios fotográficos, las paradas de las diligencias de Lanjarón y la de la primera Alsina a la Costa. En esas casas vivieron algunos títulos nobiliarios (marqués de Casablanca), banqueros (Miguel José Rodríguez-Acosta Palacios), médicos (Julio Moreno y su larga prole); también estuvieron la famosa tienda de tejidos Moisés, Casa Brieva, la heladería Jocama, etc. Y en el vértice superior, los cafés Suizo, Colón y Maison Doré (ya embocando Reyes Católicos).

Edificio del café Colón (posterior Costales), antes del incendio de 1936. Al otro lado de la calle Reyes estaba la Maison Doré.

Años cincuenta. El edificio del Colón ya era Costales; Reyes Católicos había sido enderezada, ensanchada y conectada con Ganivet a partir de Almacenes Olmedo.

La ciudad que desaparecía… y siguió desapareciendo

Cuando Leopoldo Torres Balbás publicó su artículo Granada, la ciudad que desaparece (Revista Arquitectura, número 53. Año 1923) ni se imaginaba lo que estaba por llegar unas décadas más tarde. Criticó lo que ya se había llevado la piqueta por delante con las obras de la Gran Vía; el Palacio de los Córdova; una casa en la calle Pavaneras, etc. También advertía que estaban en peligro de desaparición el Corral del Carbón, el Bañuelo y las Casas del Chapiz. Coincidía en sus conclusiones con teorías de otros países: “Destruir es fácil y rápido; acabar con la población vieja es cuestión de pocos años; lo difícil es crear una urbe nueva de aspecto agradable…” El director de la Alhambra (1923-36) fue muy crítico con la renovación urbana de entonces. Los urbanistas ingleses defendían que había de crearse mucho y destruir poco. Y de los franceses, que hacían ciudades armónicas, frente a la Granada que empezaba a desafinar demasiado.

Siguieron tres décadas (1940 a 1960) que Granada creció desorbitadamente en las direcciones que la geología ofrecía más facilidades, es decir, invadiendo terrenos agrícolas de entre ríos

Siguieron tres décadas (1940 a 1960) que Granada creció desorbitadamente en las direcciones que la geología ofrecía más facilidades, es decir, invadiendo terrenos agrícolas de entre ríos (Zaidín), en dirección a lo mejor que regaba la Acequia Gorda (Vega), caserías y Vega alta (entre las carreteras de Málaga y Pulianas). Abandonaron la costumbre ancestral de edificar las laderas y sembrar los llanos. Nacieron las barriadas de la Chana, Angustias, Virgencica, las diversas Cartujas, la Paz y finalmente Almanjáyar. No se trató de una planificación ordenada al estilo del Eixample barcelonés, sino para afrontar lo más rápidamente las demandas de clases trabajadoras y matrimonios jóvenes que se apiñaban en el casco viejo. De ahí el resultado más que irregular de cada una de las promociones. Poco que criticar, cada una de esas zonas es hija de su padre y de su madre. Aunque hay algunas edificaciones que tienen más cara de hijastras o de hijas bastardas.

El límite lo marcaron la carretera de Circunvalación, el acceso sur a la Alhambra y el barranco de San Jerónimo. Casi como un cinturón que ciñó un crecimiento que se desbocaba. La solución por agotamiento de suelo fue traspasar ese muro y saltar a los pueblos de la conurbación. En eso se está, rematando el suelo que quedaba en los bordes, sobre todo del Oeste y Noroeste.

Se acentuó el concepto de que había que sustituir lo antiguo por lo moderno; se demolían edificios relativamente recientes para reemplazarlos por bloques impersonales de doble edificabilidad

Pero aquel crecimiento en la periferia no había hecho que los promotores apartaran sus ojos de la sustitución de edificios en lo que consideramos casco histórico, es decir, el suelo consolidado hasta la década de los sesenta. Lo que era el casco viejo cuando Granada apenas superaba los 150.000 habitantes. Se acentuó el concepto de que había que sustituir lo antiguo por lo moderno; se demolían edificios relativamente recientes para reemplazarlos por bloques impersonales de doble edificabilidad. Llegó la moda del ladrillo visto.

El Banco de Granada que tapó la Catedral. Uno de los nueve atentados de segunda generación, años setenta, en la Gran Vía. En ese solar estaba el Palacio de los Infantes hasta el siglo XX, que la cala de la avenida del azúcar se llevó por delante. ¡Una venganza del destino!

Nadie reparó en sus siete décadas de esplendor como protagonista de la cultura y el entretenimiento; nadie supo valorar que la gente también iba a sus sesiones por ver su decoración y sus lámparas

Estábamos en la década de los inmisericordes años setenta; a la Gran Vía le dieron a beber su propia medicina; en ese escaso lapso fueron derribados nueve de sus edificios originales. Habían nacido entre 1900 y 1930 en estilos eclécticos, regionalistas, racionales y un poco modernistas. Nada de eso fue respetado. Incluso no sirvió el mal ejemplo del teatro Cervantes. También al coliseo Olimpia (Gran Vía, 21) se lo llevó por delante la piqueta. Nadie reparó en sus siete décadas de esplendor como protagonista de la cultura y el entretenimiento; nadie supo valorar que la gente también iba a sus sesiones por ver su decoración y sus lámparas. (Ver: Los diez edificios originales derribados en la Gran Vía de Colón).

El pobre Enrique Villar Yebra, en calidad de vigilante del patrimonio, dejó infinidad de informes y dibujos de la ciudad desaparecida en los estertores del franquismo

Esa década de los setenta fue la más mortal para el destrozo de la Granada monumental. Me pregunto qué hubiera ocurrido si se hubiese alargado otra década el periodo franquista, sin normativa urbanística, donde imperaba la ley de la selva. De poco o nada servían las protestas y los informes de los consejeros de Cultura y Patrimonio de entonces (José Manuel Pita Andrade y Vicente González Barerán); los alcaldes y el Tío Cohíba se los pasaban por la entrepierna. Decidieron declarar monumentos histórico-artísticos a toda marcha, pero ni así consiguieron evitar desapariciones sonadas. El pobre Enrique Villar Yebra, en calidad de vigilante del patrimonio, dejó infinidad de informes y dibujos de la ciudad desaparecida en los estertores del franquismo.

Villar Yebra no paraba de denunciar en prensa la proliferación de atentados al patrimonio, desde el bloque del Banco de Granada que tapaba la Catedral a enormes torres que se iban comiendo casillas bajas en el Violón y San Lázaro. El dibujante predicaba en el desierto.

¿Y de todo aquello qué opinaba la ciudadanía? Pues más bien poco o nada. Curiosamente, sólo se movilizó cuando también el arbolado del Bulevar de Calvo Sotelo decidieron arrancarlo

¿Y de todo aquello qué opinaba la ciudadanía? Pues más bien poco o nada. Curiosamente, sólo se movilizó cuando también el arbolado del Bulevar de Calvo Sotelo decidieron arrancarlo. Era un monumento arbóreo. Pero poco más, parecía la lucha de algún verso suelto (Eulalia Dolores de la Higuera, por ejemplo) que del colectivo ciudadano. Lo que al menos sí fue frenada en esa década de los setenta fue la prolongación de la Gran Vía; las presiones las protagonizó un grupo de arquitectos jóvenes y su Colegio. Fue un verdadero momento de lucidez ciudadana.

En 1960 había sido derribado el edificio de Correos en la calle Reyes para quitar el tapón que impedía seguir; la idea y los planos estaban actualizados para prolongar la avenida de veinte metros hasta la Plaza Mariana Pineda. Se estuvieron barajando dos alternativas: la de partir por la mitad lo que quedaba de la Manigua o derribar toda la acera frente a San Matías. Menos mal que no prosperó ninguna de ellas; la Transición política las sorprendió a medio y la operación se quedó frustrada para siempre. La calle San Matías ha conseguido sobrevivir ─cual bicho raro─ como uno de los mejores vestigios originales de los siglos XVI y XVII. El tributo pagado por aquel intento frustrado fue el nacimiento de la manzana que conforman los más que horrorosos edificios del Banco Santander y sus paredaños por detrás (Ver: Crónica de una goleada urbanística y estética).

La justicia falló abundantemente a favor de particulares frente al bien común. Sentencias cuestionadas, incomprendidas e incomprensibles

El Plan General de 1985 catalogó y frenó los desmanes que pudo. No todos. Había muchos derechos adquiridos e intereses creados. La justicia falló abundantemente a favor de particulares frente al bien común. Sentencias cuestionadas, incomprendidas e incomprensibles. Luego llegó la táctica del abandono, del destejado, del supuesto okupa que prende la mecha y desvalija lo de valor. “¡No había más remedio que declarar la ruina!”, se quejaban los propietarios. Y otro gol más colado a la ciudad por un promotor sin escrúpulos. Así desde hace medio siglo.

Por suerte, también existe el promotor sensibilizado. Aunque a la fuerza ahorcan en muchos casos. Que rehabilita, recupera y vuelve a poner en uso. Con muy buen gusto

Por suerte, también existe el promotor sensibilizado. Aunque a la fuerza ahorcan en muchos casos. Que rehabilita, recupera y vuelve a poner en uso. Con muy buen gusto. Asesorado por un puñado de arquitectos preocupados por el patrimonio histórico. Que los hay bastante buenos trabajando en Granada. Han conseguido consolidar o replicar corralas, casas de los últimos siglos que ya corrían peligro, edificios que fueron comerciales, conventos, etc. Gracias también a entidades religiosas, la Universidad y a inversores que han reconvertido ─o están en fase de hacerlo─ monasterios que se caían a pedazos. Nos guste más o menos el cambio de uso de religioso/social a hostelero; pero aceptamos eso o su lenta muerte. Ahí está el buen ejemplo de Santa Paula. Y esperemos que pronto también se sumen San Juan de Dios, la Merced, Santa Inés, Casa Ágreda…

A verlas venir apagando fuegos. Ante la duda, adóptese la arquitectura de compromiso a la italiana, es decir, hacer obras que no destaquen, que no levanten polémica, acomodaticias al momento

El “planchado” de Granada está bastante frenado en este momento. Aunque hay barrios muy tocados: la Magdalena, San Antón y Fígares. Un poco las Angustias, con la Plaza Mariana Pineda como uno de los peores ejemplos; el Realejo se consiguió contener (a pesar de sonados casos). Y el Albayzín, sin orden ni concierto ni norma, con un Plan de protección redactado en 1990 que ha quedado sobrepasado. Las decisiones se toman según quién gobierne y con criterios subjetivos. Aunque lo mejor es no renovar nunca el Plan y así no se actúa en ningún sentido. A verlas venir apagando fuegos. Ante la duda, adóptese la arquitectura de compromiso a la italiana, es decir, hacer obras que no destaquen, que no levanten polémica, acomodaticias al momento.

Las “cebras” en los bordes de Granada

No viene muy al caso la arquitectura que se practica actualmente en la periferia. Pero no limpio la pluma, escribiré unas palabras. De ese sembrado que vemos al circular por la autovía, abundante rebaño de cebras, con sus rayas blancas y negras. Edificios ventilados como los llaman. Diseñado uno, diseñados todos. Con un proyecto podemos replicar ciento. Pero hasta para construir pilas de cajones hay que saber diseñar una caja. Que dejen un poco de creatividad a las nuevas generaciones de arquitectos, fuera el patrón repetitivo. Eso va contra la creatividad de unos peritos cuyos nombres no van a pasar a la historia de lo mejor de Granada. Que recuerden la frase de Rossi: “Las ciudades son lugares para los vivos y los cementerios moradas para los muertos. Pero ambos requieren planificación y estética”.

Rebaño de cebras rematando la ciudad entre Maracena y la carretera de Jaén. Magnífico comité de bienvenida a los visitantes.

Habría que exigir una trayectoria profesional de al menos cincuenta años antes de ser alcalde/sa, ser concejal de urbanismo o responsable del ramo. A ver si la edad les llena de la sensatez y sabiduría de que carecen

En este tipo de nuevas promociones de la futura Granada hay que cargar la culpa menos en el arquitecto y mucho más en el promotor. E infinitamente más en el político y sus técnicos urbanistas por permitirlo. Habría que exigir una trayectoria profesional de al menos cincuenta años antes de ser alcalde/sa, ser concejal de urbanismo o responsable del ramo. A ver si la edad les llena de la sensatez y sabiduría de que carecen. Ese remate de Granada con edificios cebra es un bodrio de toda magnitud. Con alturas medias de diez forjados.

El arquitecto suele ser sensible, pero un asalariado. Al fin y al cabo, un brazo ejecutor del que encarga el delito. Un pobre sicario en acción. Se limita a llevar a cabo el sueño económico del Tío Cohíba. Por eso lamentaba yo antes que en Granada no abunden los promotores con un gusto estético mínimamente parecido a los catalanes o italianos. Ni políticos con talla que  pongan freno a sus ansias. Es lamentable que esas expansiones urbanas tan bien planificadas, con grandes avenidas, jardines y servicios, las acaben emporcando las torres más horrorosas de la Historia de Granada.

Siempre he dicho que el centro histórico de Granada se parece a su Patrona, la Virgen de las Angustias, por los siete puñales que lleva clavados en el corazón desde los años setenta

Siempre he dicho que el centro histórico de Granada se parece a su Patrona, la Virgen de las Angustias, por los siete puñales que lleva clavados en el corazón desde los años setenta. Pero ya no son sólo los siete tradicionales, se multiplicaron por decenas en torres de San Lázaro, Constitución y, ahora, creciendo como setas en los Oestes y remate de Albaida. Y alguno más que están afilando con más de quince plantas.

Un acercamiento a Constitución-San Lázaro. ¿Es esto normal a kilómetro y medio de la Alhambra y a la mitad del Albayzín? ¿Qué hubiera pensado Aldo Rossi de haberla visto en pie?

Así podremos alabar lo bueno y hacerle la cruz al/los que soltaron la cagada per sécula. Nombrarlos hijos acreedores al repudio de la ciudadanía

Más de una vez he comentado que todo edificio histórico debería tener una placa con la firma de su creador. Hoy añado que deberían tenerla todos, incluyendo al promotor y la frasecita de “siendo alcalde/sa…” Así podremos alabar lo bueno y hacerle la cruz al/los que soltaron la cagada per sécula. Nombrarlos hijos acreedores al repudio de la ciudadanía. Hacerles una damnatio memoriae. Para que no siga ocurriendo lo que canta Julio Iglesias: “Y al final, las obras quedan, gente se va, otros que vienen las continuarán. La vida sigue igual”. Efectivamente, las heridas al patrimonio siguen igual en Granada

continuará

Gabriel Pozo Felguera.

https://www.elindependientedegranada.es/ciudadania/quien-destroza-mas-patrimonio-granada-alcaldesas-arquitectos-promotores