28 octubre 2026

¿Cuánta memoria necesitamos para seguir siendo personas?

Un abuelo puede olvidar a sus nietos, pero ¿deja por ello de ser su abuelo? Perder la memoria, la autonomía o la capacidad de reconocerse no significa perder la dignidad

En una conversación familiar, alguien comenta, refiriéndose a un anciano con Alzheimer: “El abuelo ya no está ahí. Ya no es el que era”. Su nieto, que lo observa, parece no comprender aquella afirmación. Para él, su abuelo sigue estando allí aunque ya no recuerde su nombre, apenas pueda conversar y haya perdido capacidades que antes lo caracterizaban.

Esta aparente contradicción nos sitúa ante una cuestión antropológica: ¿qué hace que una persona siga siendo la misma a lo largo de su vida? ¿Qué sucede con su identidad cuando una enfermedad destruye progresivamente la memoria, modifica la personalidad y deteriora la conciencia de sí mismo?

La medicina conoce los mecanismos neurodegenerativos de las demencias y sus consecuencias. Y no debemos minimizar la importancia del cerebro: es el sustrato biológico indispensable para la memoria, la conciencia, el pensamiento y la expresión de nuestra personalidad. Mientras que la condición biológica de ser humano remite al organismo en su conjunto, la vida personal, tal como la manifestamos, depende singularmente del funcionamiento cerebral. Las alteraciones cerebrales pueden modificar profundamente nuestra manera de percibir el mundo, relacionarnos con los demás y expresar nuestra propia identidad. Estas transformaciones nos invitan a reflexionar sobre hasta qué punto la pérdida de determinadas capacidades cognitivas afecta no solo la forma en que una persona se manifiesta, sino también nuestra manera de comprender su identidad.

La respuesta exige distinguir entre lo que una persona es y las capacidades con las que manifiesta quién es.

Desde algunas concepciones filosóficas, la identidad personal se vincula estrechamente con la memoria y la continuidad de la conciencia. Recordar nuestra biografía, reconocernos como protagonistas de nuestras experiencias y proyectarnos hacia el futuro constituyen dimensiones de nuestra identidad. Sin memoria autobiográfica, se altera profundamente nuestra capacidad de reconocernos a nosotros mismos.

Pero de ahí no se deduce necesariamente que nuestra existencia personal dependa de conservar esas facultades. La memoria nos permite reconocernos con el tiempo; ¿es, sin embargo, lo que nos constituye como personas? ¿Dejamos de ser quienes somos cuando perdemos la capacidad de saber quiénes somos?

Desde una concepción antropológica personalista, ser persona no se identifica exclusivamente con el ejercicio de la inteligencia, la autonomía o la conciencia reflexiva. Estas facultades son manifestaciones de la vida personal, pero no su fundamento último. La dignidad humana no sería, desde esta perspectiva, una cualidad que adquirimos al desarrollar determinadas capacidades, sino una condición inherente a cada ser humano.

La distinción tiene consecuencias que trascienden el debate filosófico. Si la condición personal dependiera de la memoria, la racionalidad o la autonomía, tendríamos que admitir grados de personalidad vinculados al funcionamiento cerebral. La dignidad dejaría de ser inherente y pasaría a ser una cualidad variable, susceptible de aumentar o disminuir según nuestras capacidades.

La experiencia clínica nos enfrenta a esta cuestión. Un enfermo con demencia avanzada puede no reconocer a sus hijos, haber perdido el lenguaje o mostrar comportamientos muy diferentes de los que mantuvo durante décadas. Sus familiares experimentan una comprensible sensación de desconcierto. A veces afirman que aquella persona “ha desaparecido”.

Esa aseveración, emocionalmente comprensible, merece una reflexión más profunda. Perder las formas habituales de comunicación y reconocimiento no equivale necesariamente a la desaparición de la persona. Confundir ambas realidades supone identificar nuestra capacidad de reconocer a alguien con la propia existencia de ese alguien. La enfermedad transforma su manera de relacionarse con nosotros, pero no lo convierte en alguien desprovisto de condición personal.

La identidad humana posee, además, una dimensión relacional. Somos quienes somos a través de nuestra historia y de los vínculos que establecemos. El anciano que ha olvidado a sus hijos sigue siendo su padre; quien no recuerda a sus nietos sigue siendo su abuelo. Pero esos vínculos no le confieren su condición personal: permiten reconocerla y mantenerla presente en la vida compartida.

Esta reflexión importa especialmente en una sociedad que otorga un valor extraordinario a la autonomía, la productividad y la capacidad de decisión. Son cualidades valiosas, pero ninguna puede convertirse en la medida de la dignidad humana. Cuando alguien pierde autonomía y necesita ayuda en las actividades elementales, su vulnerabilidad hace que nuestra responsabilidad hacia él sea más exigente.

Cuidar a una persona con demencia no consiste únicamente en compensar sus limitaciones funcionales. Supone reconocer a alguien cuya dignidad permanece intacta, aunque sus facultades estén deterioradas. Significa hablarle como sujeto y no tratarlo simplemente como objeto de cuidados; respetar su intimidad, atender a sus expresiones de bienestar o malestar y, cuando sea posible, preservar su participación en las decisiones que le afectan.

Quizá debamos revisar también nuestro lenguaje. Expresiones como “ya no está”, o “ha dejado de ser él” pueden reflejar un dolor personal, pero transmiten involuntariamente una idea errónea: que la persona se extingue cuando deja de comportarse como esperamos.

Volvamos al nieto que contempla a su abuelo. Es posible que el anciano ya no recuerde quién es aquel niño. Pero el niño sabe quién es su abuelo. Y en ese reconocimiento hay algo más que afecto: la afirmación de una identidad personal que la enfermedad no ha anulado. No somos personas porque alguien nos reconozca; merecemos ser reconocidos porque somos personas.

La demencia puede destruir la memoria de una persona, pero no a la persona que la ha perdido.

Y acaso sea esta una obligación fundamental de una sociedad verdaderamente humana: seguir reconociendo a quienes, por la enfermedad, han perdido incluso la capacidad de reconocerse a sí mismos.

Dr. José María Domínguez Roldán

FOTO: Cuidar a una persona con demencia no consiste únicamente en compensar sus limitaciones funcionales. / Magnific

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